Capítulo 5

3.7K 135 23
                                        

¿A dónde nos dirigimos señorita? me preguntó el taxista.

Me quedé pensando en qué decir.

Ehh.. Espere deme un segundo saqué mi celular del bolso y traté de encenderlo, recordé que no traía pila y me quería morir. No podía llamarle a nadie, seguro se volverían locos Chicho y mamá. Perdón, a Palermo 1506, por favor. le dije la dirección y en menos de 15 minutos estábamos ahí.

Me bajé y el portero no estaba, así que subí por el elevador al piso 6 y ahí estaba yo, enfrente de la puerta con la letra B.
No podía creer la locura que estaba por hacer, no sé si era lo correcto o no. Hace mucho tiempo que no pasaba por aquí y menos en su departamento pero creo que lo tenía que ver después de lo sucedido. Toqué tres golpecitos y tardó un poco en abrirme pero lo hizo. Abrió y estaba parado con unos bóxers nada más y un café en la mano, su cara fue de sorpresa total, ni se imaginaba que yo fuera la persona detrás de la puerta pero fue un impulso mío venir hasta acá y hablar con él.

Lali dijo con cara de sorprendido ¿Que haces acá? se le notaba un poco de miedo

Quiero hablar le dije seria ¿No me vas a invitar a pasar, Mariano? le dije aún más seria alzando mi ceja.

Se quitó de la puerta y me dejó entrar, por más seria y enojada que me veía estaba muy nerviosa, sentía que todo esto iba a terminar peor.
Nos sentamos en su sala y seguía el pobre con cara de asustado.

– ¿Todo bien? – intentó decirlo muy inocente el pendejo

– Todo perfecto – sonreí irónicamente – Mirá Mariano, vos sabes perfectamente para qué vine, tu audio "filtrado" está causando problemas en donde no los hay, no sé si es porque realmente me odiás o porque sólo quieres llamar la atención y estar en boca de todos. – le dije dura – Me vale un pepino lo que digas de mí, vos sabés que no es verdad nada de lo que decís y entiendo si estabas enojado o en caliente, aunque no tengas ninguna razón para decirlo. – suspiré – Yo lo que menos quiero es pelear con vos pero te pido por última vez que me dejes en paz. – le dije parándome del sillón – No me llames más y por favor evita que mi nombre salga de tu boca. – me di la vuelta para irme y me tomó del brazo.

– ¿Quién te crees que sos Mariana? – me dijo aún tomándome del brazo – ¿Sabés que me emputa de vos? ¡Que vengas a mi casa a insultarme y a gritarme! – él es el que estaba ahora gritándome y sólo me llegaba su olor a alcohol – Me emputa que te hagas pendeja diciéndome que no tienes nada con nadie, cuando te estás tirando como una puta a Lanzani o a cualquier otro. – en ese momento le lancé una cachetada y me miró terrible.

Ahora sí el miedo me ganaba.

– No vuelvas a hablarme así en tu vida – se me dificultaron esas palabras por el nudo de la garganta que tenía – Vos no tenés derecho a hablarme así, ni de mí ni de otra mujer. ¿Y sabes qué es lo que más te molesta? – le dije mirándolo a los ojos – Que yo tenga los cojones para venir, enfrentarte y decirte todas tus putas verdades porque tú no tienes eso que se llaman huevos – solté – Ni se te ocurra hablar en los putos medios de mí, ni con tus pendejos amigos ni con nadie. Y si te llegás a acercar a mí, te juro que te pongo una orden de restricción por quinientos metros. ¿Entendiste? – lo último lo dije casi gritando para asegurarme que entendía y que no estaba bromeando.

Me dirigí hasta la puerta y me siguió, antes de que pudiera abrirla y salir, me acorraló y me sostuvo de las dos manos muy fuerte, me estaba lastimando.

No Es ImposibleDonde viven las historias. Descúbrelo ahora