un juego complicado

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-Capitulo 8-



-¿El póquer? -terminó él.
-¿El póquer? -¿era la palabra póquer un término codificado para denominar el tema sobre el que estaban hablando?
-Sí. Me gusta organizar partidas que a veces duran toda la noche.
-¿Toda la noche?
-Sí. Rondas de cinco partidas.
De repente, la situación se aclaró. ¿Qué le pasaba? Louis estaba hablando realmente sobre el póquer. Era evidente que aquella situación y todos aquellos cambios la estaban abrumando, y estaba usando la atracción física como válvula de escape. Pero aquello era contraproducente. Tenía que concentrarse en su objetivo, no en besos, ni en el póquer, ni en dobles sentidos.
-¿Así que sólo llevas aquí tres semanas y ya tienes amigos para jugar al póquer durante toda la noche y comer comida mexicana?
-Conozco gente de Playa Linda, y he vivido bastante tiempo por la costa. El puerto deportivo donde trabajo está muy cerca. Y hago amigos con facilidad.
Amigos... y amigas, como por ejemplo Heather. Amigos y amigas que _________ no quería durmiendo en casa.
-Estoy segura de que eres muy sociable y de que cocinas muy bien, Louis, pero eso no resuelve el problema.
Entonces él dijo con acento de John Wayne: -Esta ciudad no es lo suficientemente grande para los dos, forastero. ¿Es eso lo que quieres decir? -Exactamente.
-¿Hago que te sientas incómoda? ¿Es eso? - le preguntó, clavándole los ojos Azules claros en la cara. No tenía sentido mentir.
-Sí. En realidad, sí.
-No es mi intención. No tienes que preocuparte. No creo en las relaciones entre compañeros de piso.
-¿Disculpa? -ella notó que le ardían las mejillas.
-No es nada personal. Sólo que es demasiado complicado.
-Oh, ¿sí? -preguntó ella. Por alguna razón se había sentido molesta porque él lo hubiera dicho tan deprisa, como si ella ni siquiera representara una tentación.
-Alguno de los dos siempre quiere convertirlo en algo que no es -añadió Louis.
-Y ese alguien, supongo, nunca eres tú.
Louis se encogió de hombros.
-Vivir juntos exacerba el instinto de anidar de las mujeres, me parece, y empiezan a reunir ramitas y palitroques.
-Así que tú piensas que todas las mujeres que vivan contigo intentarán atraparte en una relación permanente. Qué arrogancia...
Él sonrió.
-Buena observación. No todas, pero ¿por qué arriesgarse? Una buena compañera de piso vale su peso en oro...
-Dudo mucho que tú creyeras que soy una buena compañera de piso. Me gusta que todo esté impecablemente limpio y ordenado, y la paz y la tranquilidad. Y la música clásica.
-La música clásica está muy bien. Y no te infravalores.
-No me infravaloro. Sólo estoy intentando decirte que... -entonces se interrumpió, al darse cuenta de que él le estaba tomando el pelo.
-Está bien, _________. Encontraré algún sitio donde quedarme durante una temporada. Quizá en el barco de un amigo. Aunque... ¿puedo dejar mis cosas aquí?
-¿Tus cosas?, Si puedes meterlo todo en el armario del cuarto de invitados... -entonces, recordó las tablas de surf y el banco de ejercicios. Aquello no cabría de ningún modo en el armario. Suspiró-. Tómate un par de días para encontrar un sitio para ti y para tus cosas.
-Estupendo -dijo él, en tono de alivio. Demasiado aliviado. Ella tendría que mantenerse firme hasta que él se marchara.
-Gracias por la comida -dijo ella mientras recogía la mesa. Fregaría los platos en agradecimiento.
-Yo recogeré cuando vuelva del partido de voleibol -le dijo Louis-. ¿Por qué no vienes? Saldré dentro de un par de horas.
-No, gracias -jugar al voleibol era lo último que tenía en la cabeza-. ¿Qué te parece si sacas todas tus cosas de mi habitación mientras yo friego los platos?
Antes de que él pudiera contestar, hubo un golpe en la puerta, y Louis fue a abrir. Lucky entró con cara de «¿me echabas de menos?».
-Así que has olido la comida, ¿eh, amigo? - le dijo al enorme perro-. Ella se ha comido tu parte -dijo él, señalando a _______, pero Lucky no apartó los ojos de Louis-. Muy bien, muy bien, te haré algo.
-Yo creía que las sobras de la mesa no eran buenas para los perros.
-Pero los huevos hacen que les brille el pelo-respondió Louis, acariciando a Lucky-. Le gusta como cocino, ¿verdad, amigo?
________ fregó los platos mientras Louis hacía los huevos para el perro. Cuando él terminó, deslizó la sartén en el agua jabonosa.
-¿Vas a vaciar la habitación ahora? -le recordó ella.
-Sí, señora -respondió él, y saludó militarmente-. Vamos, Lucky, acatemos las órdenes.
Mientras él salía de la cocina, con el perro detrás, _______ se quedó mirando su estupendo trasero. Los músculos se le flexionaban y relajaban poderosamente. Dio un respingo al darse cuenta de que el agua se estaba saliendo del fregadero y le estaba cayendo sobre los pies. «Concéntrate en la tarea», se ordenó. Al menos, había conseguido que Louis se mudara de su habitación. Lo próximo sería que se mudara de casa.
Sin embargo, cuando diez minutos después asomó la cabeza por la puerta de su habitación, el único cambio que vio fue una pila de camisas hawaianas encima de su cama, recién sacadas del armario, donde además había botas de montaña y zapatillas de ciclismo. Y otra tabla de surf.
Louis estaba al lado de la cómoda mirando una revista mientras hacía giros de muñeca con una pesa.
-¿Qué tal va la mudanza? ¿Te ayudo? -le preguntó ella.
-Muy bien -él sonrió.
Ella iba a objetar algo, pero el comentario murió en sus labios al observar cómo su bíceps y su tríceps se movían al compás de la muñeca. Desvió la mirada y se fijó en una fotografía que había sobre el mueble. Había cuatro personas: un hombre de aspecto severo con un uniforme de la Marina, una mujer muy guapa, una niña y un adolescente de unos dieciocho años. Era Louis, con el pelo por los hombros, ropa que le quedaba muy grande y una expresión malhumorada en el rostro, que no tenía nada que ver con la expresión despreocupada y sabelotodo de aquel momento.

a stranger at homeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora