Fase I - Juicio decisivo

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Aclaración: la imagen no me pertenece. Créditos a su respectivo autor/a.



Miércoles 23 de agosto de 2071 

—¿Cómo te has sentido con el aumento de la dosis?

—¿Sabes? Mi piel está morada, odio que resalte tanto el color —se quejó, recostado en la camilla dentro del laboratorio—. Hay calor y yo tengo que usar ropa con manga larga para que no lo noten.

—Bueno, no sabíamos cómo ibas a reaccionar con el medicamento —respondió la científica desde su silla, frente a una computadora conectada a varios aparatos—. Lo tendré en cuenta, no te preocupes.

—Ah, también debes reducir las dosis —ordenó, recordando el poco tiempo que le quedaba con sus actividades diarias—. Es difícil inyectarme y Yuri se molestará.

—Bien —asintió, comenzando a oprimir las teclas para escribir las indicaciones de su caprichoso paciente—. Tus estudios de sangre no mostraron alteraciones, así que vamos por el camino correcto.

—Cuando me digas que ese maldito virus ya no está en mi cuerpo, te haré un altar en la casa de Yakov —admitió, cerrando los ojos con la intención de descansar.

—Oh, ¿en serio? ¡Qué apasionado! —exclamó burlándose. Claro que Viktor no cumpliría con su promesa porque Yakov primero lo asesinaría, pero era divertido.

Saki, treinta y cinco años, fuera del sistema y sin pareja ni amor platónico. Científica, consejera, doctora, paramédica, viróloga y lo que su líder quiera que sea. Inteligencia y audacia eran las cualidades que la caracterizaban, pues su trabajo le había brindado un hogar con Los Desertores. Podía pasar sus días encerrada en el laboratorio investigando y no se aburriría.

—Otabek está agotando a tus chicos muy rápido —murmuró concentrada con la lectura que hacía de su pantalla—. Van a huir antes de que terminen su entrenamiento —sentenció, pero el silencio se hizo presente una vez más—. Descansa, pequeño Vitya.

Sábado 21 de octubre de 2071

Dos meses habían transcurrido. Los rumores del fugitivo Phichit Chulanont cesaron pronto y los pedazos de aquel reloj de pared yacían en el patio trasero de la casa, junto a los restos quemados de una carta. La rutina era su manera de vivir; una rutina aburrida, sin sentido y vacía.

La escuela no era lo mismo sin Phichit y no sólo él lo extrañaba, pero quizá nadie preguntaba por miedo. Miedo a la incertidumbre, a la duda, al rechazo, a recibir un juicio por decir algo del caso Chulanont. Sus compañeros de clases ni siquiera habían intentado investigar, el niño de las fotografías desapareció.

¿Por qué callaban? No era malo que comentaran el tema en el aula o con aquéllos que osaron llamarse amigos de Phichit, pero los chicos se miraban raro y las chicas agachaban la cabeza. Le tenían lástima, ¿a quién? ¿A él por ser el mejor amigo, al delincuente que escapaba o a ellos que temían?

En esos momentos se fijaba en detalles que nunca había descubierto. El gobierno era como una moneda. Una cara expresaba paz, armonía y tranquilidad; la otra gritaba peligro, sumisión y presión. Los muros que rodeaban a la ciudad no eran los barrotes de una cárcel porque la verdadera prisión la vivía cada persona en su hogar, en las relaciones amorosas y en lo que estaban obligados a hacer.

—Yuuri —llamó su hermosa madre a sus espaldas—, hoy hicieron limpieza y se llevaron la basura que dejaste en el patio. Sé más cuidadoso.

—Sí —afirmó con un ligero movimiento y se encaminó al área detrás de la construcción, donde deberían estar los fragmentos del reloj y la carta—. Perdón —balbuceó, arrodillándose en el pasto húmedo.

Mortys #PausadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora