Fase IV - Elecciones

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Lunes 06 de noviembre de 2071

Yuuri Katsuki había decidido abandonar a su familia por tres razones: la primera, porque quería un mundo más brillante para ellos; la segunda, porque todo en lo que creía eran fantasías construidas con mentiras, y la tercera, porque Viktor le causaba intriga. Tal vez debía permanecer en casa y dejar que un pequeño grupo de personas se opusieran al gobierno. Habría sido mejor no auxiliar esa noche a un fugitivo del sistema.

Desde que Phichit se integró a Los Desertores y se conocieron cuando eran un par de adolescentes, su destino era estar ahí; en el subterráneo, rodeado de más traidores. Sabía que terminaría cayendo. Ahora no podía negarse porque no sólo su amigo se lo impedía ni el amor que le tenía a sus padres y hermana, también estaba aquel hombre que con una sonrisa fingida lo desbarataba.

Los chicos le ayudaban con su entrenamiento diario; le enseñaban a boxear, a defenderse y a mentir. Al final de la dura jornada, los nudillos de sus manos se coloreaban en un intenso rojo carmesí, aparecían moretones en piernas y abdomen, y descubría restos de sangre en su camiseta blanca. A veces, simplemente no podía levantarse porque Otabek lo golpeaba en las costillas o le sacaba el aire. Era difícil y agotador.

Sin embargo, Yuuri era observador. Phichit se había ido y no entendía si tenían otra guarida, quizás sí, debían ser muchos. Yuri lo odiaba, lo miraba con furia y resentimiento. Otabek le hablaba si era necesario. Seung no salía de la Sala de Vigilancia porque, de acuerdo con la poca información que había recaudado, era el hacker y se entretenía armando sus juguetes.

Entonces, faltaba Viktor. El líder tenía más trabajo; se encargaba de un papeleo que era innecesario, no se ejercitaba ni comía con ellos y la mayor parte del tiempo estaba encerrado en su oficina. A su oficina no entraban sin permiso o sin que él los llamara. Y ése era el verdadero objetivo del japonés.

—Katsuki, el jefe quiere verte en su recámara —anunció Altín, quien reingresaba al cuarto de entrenamiento. Una toalla blanca cubría su cuello sudoroso y un bote de agua era sostenido por su mano derecha.

El pelinegro asintió e interrumpió sus patadas en el saco de boxeo para agacharse a tomar su suéter azul. Plisetsky gruñó detrás de él, haciendo notar cuán frustrado y celoso se encontraba, pero esas tontas señales hacían sentir feliz a Yuuri.

—Volveré después —mencionó a sus compañeros mientras se dirigía al pasillo, y recordó lo acontecido hace una semana.

—Si sigues aquí, acatarás mis órdenes —advirtió el de cabellos platinados que, sentado frente a su escritorio de madera, firmaba unos documentos—. Nada de peleas ni discusiones con los demás.

—¿Qué hay de Yuri Plisetsky? —cuestionó en el extremo opuesto a la silla de Viktor.

—¿Qué con él? Sé que está enamorado de mí, pero nuestros sentimientos son diferentes. Yo lo quiero como un hermano —explicó, y plasmó una última firma antes de alzar su vista para buscar la contraria—. He pensado en mandarlo a una misión, pero tampoco es como que pueda separarme de él.

—¿Por qué?

—Crecimos juntos, es el único "familiar" que tengo y las misiones son de un riesgo alto —respondió, apoyando su espalda en el asiento para acomodarse—. Él va si yo estoy para protegerlo.

—¿No crees que eres muy sobreprotector? —inquirió con una voz un tanto seria e irritada—. A pesar de que no lo amas, lo acaparas y provocas que él continúe creyendo que hay una oportunidad.

Mortys #PausadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora