CAPITULO 10
El amanecer
Estoy con Sergio en el salón de su casa. Los dos acurrucados en el sofá vemos la película Grease. Me encanta esta película, es mi preferida. Me sé los diálogos de memoria, pero nunca me cansaré de verla.
Mientras en la pantalla Danny Zuko prueba a jugar al baloncesto por primera vez, Sergio se inclina hacia mí y rodea mi cuerpo con sus brazos. Me besa en el cuello, me empuja hasta tumbarme sobre el brazo del sofá, mete sus manos bajo mi camiseta y el roce de sus dedos en mi ombligo me hace sentir un cosquilleo. Hago un movimiento brusco y mi bolso cae al suelo. Yo no le doy importancia, y apuesto a que Sergio tampoco lo hará; pero entonces él se inclina. ¿Qué le ocurre? Alarga el brazo y coge del suelo una de las cosas que se han salido del bolso al caer: mi chocolatina Mars.
- ¿Qué fue lo que hablamos sobre el chocolate? – Me reprende, y yo me limito a agachar la cabeza. – Contéstame. – Me ordena y puedo notar cómo su cabreo aumenta por segundos.
- Te prometí que no tomaría ni una chocolatina más. – Recuerdo sintiéndome culpable. – Lo siento. – Suspiro mientras Sergio recoge mi bolso del suelo.
- Tranquila, no pasa nada. – Me dice, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja. – Cómetela. – Me ofrece la chocolatina, que yo miro con desconfianza.
- Pero, Sergio, ahora no…
- Cómetela. – Me repite.
De acuerdo, no necesito que insista demasiado. Tomo la chocolatina de su mano, rasgo el envoltorio y doy el primer mordisco de delicioso chocolate y caramelo. Siento la imponente mirada de Sergio sobre mí, pero intento concentrarme en la película. Danny Zuko se esconde detrás de la carta de ese divertido restaurante de los años cincuenta, buscando un poco de intimidad con Sandy. Me acabo la chocolatina mientras aparecen todos sus amigos y deciden acompañarles durante la cena.
- ¿Estaba rica? – Inquiere Sergio, y yo me giro hacia él intentando adivinar qué va a hacerme.
- Sí. – Contesto con un hilo de voz bajo su miradaimpasible.
En ese mismo momento, Sergio se levanta del sofá, me agarra con fuerza del pelo y tira de mí.
- ¡Ah! ¡Sergio, me haces daño! – Me quejo, y no me queda otra opción que ir con él. - ¿Qué estás haciendo?
No me contesta. Entra en el baño, enciende la luz, me lleva hasta la taza del váter y me obliga a arrodillarme frente a ella. Sube la tapa dando un golpe.
- Vomita.
- ¿Qué? – Me giro para mirarle con los ojos abiertos como platos. Después de ciertas experiencias, puedo esperarme cualquier cosa de Sergio, pero ni siquiera se me había pasado por la cabeza que pudiera llegar a esto. – Sergio, no voy a… - Se agacha frente a mí, aún sujetándome el pelo, y me mira fijamente.
- Te estoy diciendo que te metas los dedos y vomites ahora mismo todo ese chocolate. – Me deja helada. Está más serio que nunca, y eso ya es decir mucho. – No me hagas repetírtelo.
Vuelve a ponerse en pie. Dios mío, quiere que me provoque un vómito. Se me empieza a formar un nudo en la garganta, voy a echarme a llorar. Quiero protestar, quiero intentar convencerle de que esto es demasiado para mí, pero no sé de qué sería capaz si no vomito aquí y ahora mismo. ¿Podré hacerlo? Con mi mano temblando, me llevo dos dedos despacio a la boca. Los introduzco hasta la campanilla, y aún más, y noto una arcada, pero no consigo vomitar.
- Mételos más dentro. – Me gruñe Sergio.
Con los ojos ya llenos de lágrimas, hago lo que me dice, y no me rindo hasta que finalmente consigo devolver. Es chocolate, pero aun así tiene el sabor más amargo del mundo.
- Vuelve a hacerlo.
De repente, me despierto de un sobresalto, incorporándome en la cama. Mis respiraciones y mis pulsaciones van a mil por hora, tengo el cuerpo empapado en sudor y las lágrimas me resbalan realmente por las mejillas. Me llevo las manos a la cara tratando de calmarme. Ha sido una verdadera pesadilla. Odio soñar cosas que realmente me ocurrieron, cosas que Sergio me hizo; es tan real… Cada vez que me ocurre, respiro hondo, me seco las lágrimas y vuelvo a tumbarme, con la esperanza de conseguir volver a dormirme. Por lo general, suelo acabar observando el amanecer, repitiéndome que tengo que olvidarle.
Me dejo caer de nuevo sobre la almohada y me quedo mirando al techo. Lo pasé fatal aquella noche, fue la primera vez que vomité. Sin embargo, me di cuenta de que Sergio me había enseñado una forma relativamente fácil y efectiva para adelgazar, así que volví a hacerlo, y volví a hacerlo, y volví a hacerlo… ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Por qué consentí llegar a esos extremos? Y, lo más importante de todo: ¿por qué no soy capaz de olvidarle de una maldita vez por todas?
Miro por la ventana. El color del cielo está empezando a aclararse. Sí, ahí está el amanecer.
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Si te enamoras, pierdes
Teen FictionMe incliné hacia el edredón que había quedado a los pies de mi cama, me tapé hasta el cuello y me quedé ahí sentada. Pronto empecé a llorar. "Tengo que librarme de él, pero,¿cómo?" "Le quiero". "Debería contárselo a alguien". "¿Cómo puedo ser tan es...