Hay una palabra perfecta para definir la vida de Elsa Arendelle y esa es; lujosa. Ella es una soltera muy exitosa que vive en New York. Por supuesto que no piensa en casarse o en formar una familia propia, como últimamente hacen todas sus amigas; qu...
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✖ Anna ✖ El presente.
Un día después...
La mañana del domingo había resultado algo agitada para Anna Arendelle. Su día había empezado con un desorden en la sala de estar, manchas de pintura roja en el sofá y juguetes esparcidos por todo el pasillo del segundo piso. Sus hijos eran un par de torbellinos, dejando caos a su paso, dándole más y más trabajo a su joven madre.
Vivir en Malibú era encantador, con el mar cerca y la vitamina del sol al salir. Anna era feliz ahí, adoraba la arena blanca, el sonido de las olas golpeando entre si al anochecer y el cantar de las gaviotas cruzando el océano. Al principio estaba un poco escéptica ante la idea de una casa en la playa y por primera vez en cinco años de matrimonio no estuvo de acuerdo con Hans, luego piso la arena y respiro la calma y la calidez del lugar, solo eso basto para enamorarse y entender que era el lugar perfecto para criar a sus hijos. Y no se arrepentía.
—Oh, Hannah —resoplo Anna restregando el trapo húmedo contra la tela color crema del sofá. La mancha creció sobre el inmueble y Anna sintió que su nuca dolió.
Amaba a sus hijos, eso no lo podía negar y le gustaba estar con ellos. Pero eso no significaba que Hans podía relegar por completo su papel de padre de familia. Anna asistía a todos los recitales, ayudaba con las tareas y les inculcaba valores. Hans no hacía más nada que aportar dinero a su hogar y traerle detalles y regalos increíblemente caros, pero eso no ayudaba nada a la crianza de sus hijos.
Unos minutos después escucho pasos sobre el piso de madera y las voces de sus traviesos mellizos. Anna levanto la mirada y los encontró frente a ella con el rostro triste y los ojos verdes recriminando la , e inmediatamente entendió el porque. Los niños eran aún muy pequeños con tan solo cuatro años, pero eso no quería decir que fueran ingenuos, sino todo lo contrario. Eran muy intuitivos y casi siempre notaban que algo pasaba entre su madre y su muy terco padre.
—Buen día mis niños —saludo, dejando el trapo aun lado en el suelo, luego se apartó el cabello de la cara con el dorso de la mano —. ¿Qué pasa con esas caras tan largas?
Hannah —mayor a su hermano por cinco minutos —, se cruzó de brazos e hizo un puchero que logró derretir a Anna de pies a cabeza. Su cabello castaño rojizo estaba enmarañado como todas las mañanas, tenía un semblante adormilado y Anna no pudo evitar suspirar de desesperación al notarlo.
—Papá no está —reclamó con la voz muy baja —. ¿Por qué?
—Claro —murmuró la pelirroja, llevándose una mano a la frente cubierta por una capa más fina de sudor transparente —... Papá volvió a salir a un viaje de negocios, niños.