Parte 3

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  La última vez que la había visto en una barbacoa que había organizado su madre en verano, llevaba unas sandalias espantosas con una falda larga de flores y un jersey tan grande que parecía de su abuelo.
Lay había tenido mucho cuidado de evitarla.

—¿Adónde quieres llegar con todo esto, mamá?

—Mira tú por dónde, ironías de la vida, a tu trabajo.

Lay se quedó estupefacto.

—______ acaba de empezar en un nuevo trabajo después de haber dejado esa horrible editorial en la que estaba antes. Ahora, está en una revista de negocios que, por lo visto, no va muy bien.
Sus nuevos jefes quieren relanzarla y, para ello, han decidido darle un aspecto más humano contando la vida particular de los protagonistas y no solamente el aspecto profesional de la misma.

—Mamá, me estoy perdiendo —se impacientó Lay.

—¿Ah, sí? Y yo que te tenía por un chico muy listo —rió mi Madren—. Veo que te lo voy a tener que explicar bien mascadito. _____ tiene que hacerle una entrevista a un hombre de negocios.

—Ah —contestó Lay

Desde luego, era mucho mejor pasar una hora concediendo una entrevista que tener que soportar a aquella gente durante una fiesta entera.

—Dile que llame a mi secretaria.

—No se trata de una entrevista normal...

—¿Entonces?

—Necesita algo más detallado.

—¿Acaso hay algo más detallado que una entrevista? Le puedo conceder media hora y me podrá hacer todas las preguntas que quiera.
Por supuesto, antes de que publique el artículo, me lo tendrá que enseñar porque no me fío de los periodistas, tienden a tergiversar lo que has dicho.

—Por lo que me ha dicho, la idea sería estar contigo durante quince días —le espetó su madre—.

Así, podrá absorber realmente lo que haces y, a continuación, escribir un artículo sobre el hombre que hay detrás del imperio.

—Imposible.

—Por supuesto, sería un bombazo para la revista que el primer entrevistado fueras tú.

—Te he dicho que no, mamá, así que díselo.

—Empieza mañana. Le he prometido a Grace que ayudaría a su hija y no te voy a permitir que me hagas faltar a mi promesa, Lay.

Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, Lay habría recurrido a aquel legendario mal genio suyo que hacía temblar a sus adversarios.
Sin embargo, el respeto y el amor que sentía por su madre hicieron que se mordiera la lengua.

Claro que eso no evitó que a la mañana siguiente llegara al despacho de muy mal humor dos horas antes de que lo hiciera su secretaria.

Mientras se sentaba, se dio cuenta de que estaba de un humor de perros y sabía que era porque se sentía atrapado, algo a lo que Zhing Yixing no estaba acostumbrado y que lo sacaba de sus casillas.

Lo último que le apetecía era que aquella chica lo siguiera como su sombra durante quince días, y estaba decidido a decírselo así, tal cual.

Y, si no le gustaba, ya podía irse buscando a otra persona a la que entrevistar.

¿Y acaso pensaría que la iba a llevar a todas las reuniones y se iba a preocupar por ella?
Ojalá que no porque, de ser así, el despertar a la realidad iba a resultar brutal.
Brutal, pero inevitable.

En brazos de un italianoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora