Cap 1. Hola mi nombre es Nicole

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Mi nombre es Nicole Holis.

Soy una chica de cabello castaño, con ondas que caen suavemente hasta el pecho. Tengo pecas repartidas por toda la nariz y las mejillas, que se intensifican con el sol y que alguna vez quise esconder, pero ahora forman parte de lo que soy. Mis labios son carnosos, de un tono melocotón natural, y mis ojos, lo que más destaca en mí, son grandes, intensamente marrones, con un brillo que muchos dicen que es difícil de olvidar.

Mi mirada habla incluso cuando mi boca guarda silencio. A veces pienso que es lo único que conservo intacto de mi madre.

El día comenzó con la luz del amanecer filtrándose entre las cortinas de mi habitación. Las paredes, pintadas de un tono lavanda suave, reflejaban la claridad como si quisieran animarme. Mi escritorio estaba cubierto de libros, algunos abiertos, otros subrayados, y el aroma a vainilla de una vela apagada aún flotaba en el ambiente. En la esquina, mi guitarra descansaba apoyada en su soporte, y junto a ella, una foto enmarcada de mis padres.

—¡Despierta, enana! —dijo Christopher con una gran sonrisa, irrumpiendo con la energía de siempre.

Me desperecé, puse mala cara y escondí la cabeza debajo de la almohada.

—¡Oh no, primer día de clases! —me quejé, aún medio dormida.

—Exacto. Venga, levántate —insistió, tirando del edredón.

La cocina olía a café recién hecho y tostadas. Christopher y yo desayunamos juntos en la pequeña mesa redonda frente a la ventana. Desde ahí, podía verse parte del jardín de la vecina: una señora que siempre regaba sus flores con un sombrero enorme y gafas de sol incluso cuando estaba nublado.



—¿Hoy viene Judy a buscarte? —preguntó, como quien no quiere la cosa.

Asentí con la cabeza. Él sonrió de manera que me hizo fruncir el ceño.

—¿Y esa curiosidad por si viene Judy? —pregunté con una sonrisa pícara, sosteniendo mi taza.

Él soltó una risa nerviosa. —No pienses mal, enana. Solo quería saberlo.

—Ya, claro... —respondí con sarcasmo, dejando la taza sobre el plato.

—Piensa lo que quieras. Por cierto, hoy trabajaré hasta tarde, así que...

—Otra noche sola. —interrumpí, bajando la mirada.

—Vamos, Nicole, sabes que tengo que trabajar mucho para pagar la luz, el gas, el agua, la comida...

—Lo sé. Pero no me gusta estar sola. Tal vez si yo trabajara también, podrías descansar un poco.

—Nicole, ya lo hablamos. Yo dejé la escuela por ti. No quiero que hagas lo mismo. Anda, ve a vestirte, que se te va a hacer tarde.

Me dio un beso en la frente. Subí las escaleras mientras las tablas de madera crujían con cada paso. En mi habitación, abrí el armario y elegí un conjunto cómodo: shorts vaqueros, una camiseta blanca y mis Vans desgastadas. Me maquillé ligeramente, solo un toque para resaltar mis ojos.

Me incliné un poco hacia el espejo, buscando en mis rasgos alguna señal de mamá, algún gesto heredado, algún rincón de su amor en mi reflejo.

Justo entonces, sonó el timbre.

...

A partir de ese momento, todo cobró otra luz. Bajé las escaleras, y cada peldaño de madera resonaba con una calidez antigua que impregnaba toda la casa. El recibidor olía a lavanda y madera, como el color de mi habitación, una mezcla que siempre me hacía sentir segura. Era el olor de nuestra familia. Todas las casas tienen su propio olor.

EL AMOR DE TU MIRADAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora