Cap 2 Dolor agri-dulce

74 3 0
                                        

No había pegado ojo.

Me revolví toda la noche entre sábanas arrugadas y pensamientos insistentes, como si el insomnio supiera que algo en mí había cambiado. Al levantarme, lo primero que hice fue buscarme en el espejo, como si en ese reflejo pudiera encontrar una pista, una señal.—¿Y si... se ha fijado en mí?La pregunta se escapó en voz baja, como un secreto apenas atrevido. Me reí sola, avergonzada por mi propia ilusión. Qué tontería... Y, sin embargo, había una parte de mí —una parte silenciosa pero obstinada— que lo deseaba de verdad.Bajé corriendo las escaleras. El aroma del desayuno me recibió como una caricia tibia: mi hermano lo había preparado antes de salir temprano a trabajar. Sonreí agradecida, aunque no tenía tiempo para saborearlo como se debía. Comí deprisa, con ese nerviosismo alegre que solo aparece cuando esperas algo sin querer admitirlo.Antes de salir, decidí hacerme un pequeño cambio. Nada escandaloso, apenas un guiño de confianza: un poco de rímel, un brillo sutil en los labios. Me peiné con más cuidado de lo habitual, dejando que mi cabello cayera como me gusta. Y entonces, me puse mi vestido favorito. Ese que no solo me gusta por cómo me queda, sino por cómo me hace sentir: segura, ligera, confiada.Al cerrar la puerta tras de mí, llevaba en el pecho un cosquilleo, esa especie de esperanza que se cuela en el cuerpo cuando una cree —aunque no se atreva a decirlo en voz alta— que quizás, solo quizás, ese alguien también te haya mirado.Salí de casa con tanta prisa que, al llegar al instituto, lo primero que hice fue correr al baño. Me planté frente al espejo como si fuera un jurado implacable y me repasé con urgencia: un poco más de brillo, una pasada ligera de rímel... Todo tenía que estar en orden. Todo tenía que decir estoy lista.Entonces entró Judy.—Hoy te has maquillado, ¿eh? —dijo, alzando una ceja con su tono habitual de medio burla, medio complicidad.—Solo un poco —respondí, intentando sonar casual.Pero Judy, que siempre ve más de lo que dice, se apoyó en el lavabo con media sonrisa.—¿Ha sido por algo... o por alguien?Me puse roja al instante. Quise decirle que no, que simplemente me apetecía. ¿Es que una no puede ponerse guapa por sí misma? Pero ni yo me lo creía. Judy se rio bajito, ese tipo de risa que no necesita respuesta porque ya lo sabe todo.Me despedí rápido y fui directa a clase de Literatura. Esa clase sin Judy, pero con Caleb. Me senté en el mismo sitio que ayer, en la primera fila, fingiendo indiferencia mientras cada célula de mi cuerpo miraba hacia la puerta. Esperaba. Deseaba.Y entonces, ahí estaba él.Entró antes que de costumbre. Cuando lo vi cruzar el umbral, me salió sin pensarlo:—Hoy has venido más pronto de lo normal.Él sonrió, con esa sonrisa suya tan limpia, tan fácil.—Ya te dije que soy puntual... si hay algo que me interesa.Un cosquilleo me recorrió como un susurro eléctrico. Lo supe. Lo supe. Se había fijado en mí.Durante unos segundos el tiempo dejó de moverse. Solo estábamos él y yo, mirándonos, sin ruido, sin mundo. Ni siquiera me di cuenta de que la clase empezó a llenarse. Hasta que escuché el golpe sordo de una mochila. Hunter. Se sentó justo a mi lado. ¡No, por favor! Yo quería que fuera Caleb...Lo vi tomar asiento al final de la fila. Me tragué la decepción y fingí prestar atención cuando el profesor comenzó a hablar.Pero entonces, algo me rozó el hombro. Una bolita de papel cayó en mi pupitre. Miré hacia atrás. Caleb. Sonrisa ladeada, ojos brillantes.Desenvolví la nota. El corazón me latía tan fuerte que pensé que alguien más podría oírlo.Y ahí estaba, escrito con letra rápida: "Ese vestido tiene algo. No sabría decir qué, pero... llama la atención."Lo miré. Él seguía sonriendo. No hacía falta que dijera más.Pensé en responderle la nota. Quería hacerlo. Pero cuando levanté la mirada, el profesor me observaba desde su escritorio con esa mirada inquisitiva que hace que una se sienta culpable sin haber hecho nada.No pude contestar.Aun así, durante toda la clase no dejé de girarme, como si con solo mirarlo pudiera atraer otra nota, otra sonrisa, cualquier cosa que confirmara lo que había sentido. Pero el segundo papel nunca llegó. Y la clase, que en otros días era tranquila, se volvió interminable. La espera, el silencio, todo pesaba más que de costumbre.Y entonces, la campana sonó.Caleb se levantó de golpe, con una rapidez que no esperaba. Caminó hacia la puerta sin mirar atrás, como si llevara prisa, como si algo —o alguien— más le esperara.Me quedé quieta un segundo. ¿No pensaba decir nada? ¿No iba a esperar?Salí al pasillo buscándolo entre la multitud, pero al no verlo, me distraje buscando a Judy para ir a la siguiente clase. Entonces lo vi.Y no estaba solo.Mi corazón dio un vuelco, uno de esos que no emocionan... sino que duelen. Estaba hablando con Dulce Langford, la capitana del equipo de natación. Alta, rubia, perfecta. Sonrisa de catálogo y piernas infinitas. Tenía su mano apoyada en la pared. Acaparando su espacio. Se reía. Él también. Se inclinaba un poco hacia ella, como si lo que dijeran solo les importara a ellos. No escuché nada, pero eso fue lo peor. Imaginé todo.Me alejé fingiendo seguridad, caminando hacia mi taquilla como si no hubiera visto nada. Como si no me importara. Pero el nudo en el pecho era real, y ardía. Un pinchazo seco, silencioso.Claro. ¿Cómo no iban a fijarse todas en él?Apreté los labios, fingí buscar algo dentro del casillero que no necesitaba y me obligué a no volver la cabeza. A no mirar. Pero era inútil. Era como si algo dentro de mí insistiera en romperse solo un poco más.De repente, Judy apareció por sorpresa desde el otro lado de la puerta de la taquilla.—¿Qué tal la clase de Literatura? La mía fatal —dijo, haciendo una mueca—. El señor Johnson no paraba de hablar de batallas y estrategias... casi me duermo. ¿Y la tuya?Tragué saliva. Mis mejillas ardían.—Bien. Como siempre —respondí, con una sonrisa falsa que apenas pude sostener.Judy me miró con cierta extrañeza, como si adivinara que algo no estaba del todo bien, pero no dijo nada más. Agradecí su silencio.La mañana pasó arrastrando los minutos como si pesaran. No volví a ver a Caleb Donson. Ni siquiera un cruce de miradas. Era como si se hubiera desvanecido en cuanto Dulce apareció.Al despedirnos, Judy me recordó algo que había olvidado por completo:—No te olvides que hoy quedamos con Aden para tomar un helado en el parque central.Asentí, intentando que mi sonrisa no se rompiera por dentro. Tal vez el helado pudiera congelar un poco lo que ardía en mi pecho.Era por la tarde, y —como siempre— llegaba tarde.No era por falta de ganas, sino por puro agotamiento. Había dormido apenas unos minutos tras una noche de pensamientos inquietos y emociones enredadas.Corrí por las calles aún adormecidas por el calor del día, con el corazón acelerado más por dentro que por fuera. Al llegar al parque central, los vi allí, sentados en nuestro banco de siempre. —¡Pero bueno, por fin llegas! —soltó Aden con su sonrisa de siempre, aunque sus ojos la miraban distinto.—Sí, sí... perdón, me dormí —respondí, sin querer sonar tan culpable como me sentía.Nos pusimos a charlar. De todo y de nada: el instituto, las clases, los profes que aburren, las chicas que suspiran, los chicos que ni se enteran. Aden hablaba con ese entusiasmo tranquilo que siempre tenía, pero en un momento se quedó mirándome, en silencio, como si las palabras se le hubieran atascado en la garganta.—¿Eh? ¿Qué pasa? —le pregunté, algo incómoda.—Estás muy guapa hoy —dijo, bajando un poco la voz.Me sonrojé. Le di las gracias, nerviosa, como si esa frase hubiera abierto una grieta que no quería mirar.Judy no tardó en soltar su risa pícara.—A lo mejor es por Caleb, ¿eh, Nicole?Sentí un nudo en la garganta. Aden bajó la mirada.—¿Quién es Caleb?—Solo un compañero de clase —dije enseguida, demasiado rápido.Judy arqueó una ceja.—Es EL compañero de clase.Y entonces lo dijo. Como un hechizo o una maldición.—Ostras... hablando de él... ¿no es ese que está ahí?Me giré. Rápido. Como cuando abrí la nota. Como si solo con verlo pudiera volver a sentir ese cosquilleo que me dejaba sin aire.Y ahí estaba.Caleb Donson.Y no estaba solo.Estaba besando a Dulce Langford.Un beso lento. Seguro. De esos que no necesitan explicación.Y ahí, justo ahí, algo dentro de mí se rompió.Sentí cómo se me desgarraba el pecho. Un dolor seco, inmediato, como si alguien me hubiera vaciado el cuerpo desde dentro. Pero no podía llorar. No ahí. No delante de ellos.Judy lo entendió al instante.—Bah... esa rubia no es tan guapa. Solo sabe flotar y sonreír. Y de Caleb, ¿qué se puede esperar?Yo no dije nada. Tragué saliva. Forcé una expresión neutra. Pero Aden me miró como si me viera de verdad.—¿Te gusta, o qué?—¿Qué? —reí, con una risa cortante—. Por favor. Es el típico popular idiota. No me llamaría la atención ni en mil años.Pero por dentro... por dentro estaba hecha pedazos.Judy cambió de tema, como si leyera mi mente. Volvimos a hablar, pero mis palabras salían con el alma en otra parte. El día terminó. Nos despedimos como siempre. Aden me dio un beso en la mejilla, como cada vez. Pero esta vez... me dolió no sentir nada.Volví a casa con el corazón hueco.Mi hermano me recibió desde el sofá.—Por fin te veo, enana. ¿Qué tal el día?—Bien —contesté, con la voz baja, recortada.Subí las escaleras sin mirar atrás. Cerré la puerta de mi habitación. Y ahí, entre las cuatro paredes que lo sabían todo de mí, me dejé caer.He sido otra tonta más fijándome en Caleb Donson.

EL AMOR DE TU MIRADAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora