Capitulo 13.

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Cuando despierto siento todo el cuerpo pesado y adolorido, haciéndome difícil y tortuoso cualquier movimiento que quiera realizar. Giro un poco mi cabeza y noto como la señora del servicio me ha traído una pastilla para el dolor. Me la tomo con una lentitud que hasta a mí me desespera y me vuelvo a recostar.

Nunca me había sentido tan hecha polvo como ahora, no fue la primera vez de estar con un sadomasoquista, pero si con un sádico, ese maldito pelirrojo gemía y se llenaba de placer al hacerme cortadas leves, pero la peor fue cuando no me calle un grito provocando que me hiciera la cortada profunda que tengo ahora en el abdomen, para luego metérmela y entre gruñidos el se haya venido por segunda vez, pero ahora dentro de mí.

Recuerdo cuando me hizo tomar su semen y salgo disparada al baño, vomitando todo mientras las lagrimas se colocan en mis ojos, producto de las arcadas y esfuerzo físico. Cuando termino bajo la tapa del inodoro y me quedo sentada en el suelo, cerrando los ojos y empezando a recordar lo de anoche con Matteo.

El corazón me late descontroladamente al recordar como me consoló, como si fuéramos niños de nuevo y necesito tomar aire al recordar también el momento en el que me acurruque en sus brazos sobre la cama después de tomarme un baño y dejarle ayudarme a curar un poco las heridas, como me abrazaba con cuidado mientras me quedaba dormida.

Me llevo la tela de mi sudadera a la nariz y aspiro aun el aroma que quedo impregnado de Matteo. Alejo rápidamente la tela de mi nariz y abro los ojos.

¿Qué clase de loca comprueba si su ropa huele a alguien más?

Y abro los ojos como platos al recordar lo demás.

—¿Qué hice? —murmuro llevándome las manos al cabello. — no puedo creer que le haya contado a alguien lo que pasa fuera de esta vida perfecta.

Me levanto con cuidado y me acerco al lavamanos, tomando mi cepillo dental y empezar a asearme los dientes. Haciendo a un lado el hecho de que si mi padre se entera que le he contado a alguien me puede enviar nuevamente a Italia.

Un escalofrió recorre mi columna vertebral y veo mi reflejo, notando que tengo ojeras, un moretón sobresaliente cerca de la clavícula y los ojos levemente enrojecidos. Termino de cepillarme los dientes y me lavo el rostro. Cuando termino vuelvo a la cama.

Escucho sonar mi móvil, pero lo ignoro. Me acuesto boca arriba y me subo la sudadera azul caribe, noto la cicatriz que me ha quedado y me paso los dedos por este, suelto un pequeño quejido y vuelvo a colocar la sudadera en su lugar, me cubro con la colcha, poniéndome lo más cómoda posible y volviendo a cerrar los ojos mientras siento como la pastilla hace su efecto, aliviando un poco el dolor.

—Levántate. —escucho la voz de mi padre seguido de unos golpes en la puerta, para después reinar el silencio y lograr escuchar sus pasos alejándose.

Mierda.

Carraspeo y cierro los ojos con fuerza mientras hago a un lado la colcha, vuelvo a abrir los ojos y me coloco las pantuflas, para dirigirme nuevamente al baño.

Cuando termino de bañarme me desinfecto otra vez las heridas, me coloco pomadas y me vendo el abdomen, lo aseguro y me quito la toalla que envuelve mi cabello para secármelo. Me coloco la bata de baño y salgo.

Cuando termino de maquillar los hematomas que dejan expuestas la tela del uniforme me coloco la mochila escolar en el hombro que menos me duele.

—Debiste despertar hace cinco minutos Danae. —dice mi padre cuando entro al comedor.

—No quiero volver con esos pelirrojos de mierda. —escupo con todo el odio que recorre mi cuerpo.

Mi padre baja su periódico y me mira, reprimiéndome. Recorre mi rostro y luego mi cuerpo, en busca de algo visible que deje en evidencia lo que pasa en la casa de "ensueño".

—Lastima, —dice volviendo a su periódico. — el viernes que viene es el cierre del contrato y sabes perfectamente que debes darles su sesión, lo que paso ayer solo fue la demostración del paquete.

Paquete, mercancía, desechable... ¿prostituta?

Me siento en el otro extremo de la mesa e inmediatamente me sirven el desayuno. Cuando estoy por llevarme la taza de te a los labios, habla.

—Te quiero libre de cicatrices, también no has salido a hacer ejerció Danae, no has ido con tu ginecóloga y tampoco me has dicho que hacia un hombre en tu habitación anoche, — baja un poco el periódico para verme y luego vuelve a su lectura matinal. —Siéntate correctamente.

Cuadro los hombros y alzo el mentón, colocando mi espalda recta.

—No me has respondido.

Desvió la mirada a mi mochila y la tomo para empezar a huir, ignorando el llamado del hombre que decía querer. Me subo al auto y arranco, perdiéndome entre las calles hasta que me detengo frente a una cafetería que tiene una fachada rustica. Lo miro por un rato y apago el motor, pero no me bajo. Dejo caer mi frente al volante y empiezo a tomar grandes bocanadas de aire, dispersando las lagrimas que amenazan en salir.

Cuando veo la hora en la pantalla del estéreo después de un rato noto que llevo siete minutos de retardo al Instituto, enciendo mi Jeep y me pongo en marcha.

Cuando llego los pasillos ya están vacíos. Trato de recordar que clase me toca y me encamino a las ultimas aulas del ala este. Cuando estoy a mitad del camino siento la mano de alguien tomarme la muñeca y la otra cubriéndome la boca, mientras me ingresan a la bodega de limpieza.

—¿Qué haces aquí?, está herida deberías volver a tu casa. — dice Matteo aun con su mano cubriendo mi boca y el cuerpo aprisionando el mío contra la madera de la puerta.

Enarco una ceja y señalo su mano, el la quita rápidamente y les da un vistazo a mis labios, carraspea y se aleja de mí. Vuelve a repetir su pregunta, pero ahora sin mirarme y le da vuelta a un balde de metal para sentarse en este.

—Bueno, pues, aunque tenga el cuerpo hecho trizas, tengo como obligación venir al Instituto para no levantar sospechas por mis ausencias, ya que, si faltara cada vez que estoy así ni siquiera estaría estudiando Matteo. —digo cruzándome de brazos.

Matteo coloca los codos en sus rodillas y entrelaza los dedos, manteniendo los brazos flojos y viéndome fijamente a los ojos, siendo iluminados solamente con la luz que logra colarse por la la abertura de debajo de la puerta.

Desvió la mirada de sus ojos y enciendo la luz, regresando mi vista a él y notando como esta ojeroso y su rostro solo refleja cansancio y dolor que solo una gran noche de copas te puede dejar así.

—Tomaste anoche, —afirmo. Frunce el ceño confundido y decido explicarle. —he tenido muchos novios en este Instituto, se como luce alguien que tomo de más la noche anterior con solo notar su expresión.

Se le endurece el rostro y se levanta. —Tu en cambio parece que descansaste muy bien.

—El maquillaje hace magia.

Se acerca a mí y me hace a un lado cuidadosamente para poder abrir la puerta, hace un ademan para que salga primero pero cuando ve que no me muevo toma mi mano y ambos salimos de la bodega. El aun sin quitar su seria y dura expresión.

—¿Qué haces? — pegunto alarmada intentando soltar mi mano de la suya. La suelta y se detiene frente mí.

—¿Qué?, ¿ahora no puedo ir a clases con mi amiga? — se coloca a mi lado y empieza a caminar de nuevo.

—¿Amigos? —pregunto burlonamente para que no note que sus palabras me confunden y asombran.

—Si, — responde tomando mi mochila con una mano mientras que con el brazo libre me rodea los hombros. — los mejores.

Sangre, sudor y lágrimas.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora