Capitulo 32

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Matteo.

Resulta que al vivir en una cuidad de tamaño mediano, donde si eres importante todos te conocen, aunque tu no, donde si eres guapa o guapo muchos quieren tu atención, tu amistad o un buen sexo. Eso, es justo lo que esta pasando con Danae, Elliot y hasta yo. No quiero decir que estoy feo porque seria decir la peor mentira de todas.

Al entrar al Instituto de Elliot muchos estudiantes que estaban practicando futbol americano o simplemente pasando el rato le vieron el trasero o los pechos, donde algunos le llegaron a chiflar y otros le llamaban al castaño de mi amigo para hacer burlas ya que también iba a su lado. Desde que entramos a la biblioteca algunas le hablaron a Elliot pidiendo que me presente, con sus chillonas voces obviamente forzadas y sus miradas que gritan "Tengo dos agujeros, tu decides donde meterlo". Obviamente antes de estar con Danae -aunque no se ha hecho formal- hubiera tomado a una de ellas, o dos para llevarlas a los baños, a sus casas, o la parte trasera de mi auto.

En el breve rato en el que Danae apenas coqueteo no paraba de escuchar como Elliot reía o decía cosas como "creo que me enamore" "no puedo creer que hasta el haya caído en las sonrisas de una mujer... ¡Ya no hay esperanza para los hombres!" y la que mas me irritaba: "¿En serio no te las tirado? Porque no te creo y lo sabes." para luego agregar burlón "No me digas que ya no se te para."

Danae se levanta y antes de venir a nosotros la veo besar la mejilla de aquel chico. Elliot no para de sonreír divertido, viendo como termina la escena con excitación y moviéndose como si estuviera dando saltos en su lugar.

La castaña me mira antes de pasarme de largo. Por alguna razón está molesta conmigo y no hace mas que mirarme con resentimiento.

Suspiro y le hago la seña a Elliot para que vayamos detrás de ella. Empuja la puerta de la biblioteca y en el movimiento su espalda se arquea un poco haciendo que saque un poco el trasero. Mientras camina delante mío no puedo dejar de pensar en el hecho de que sus bragas las tengo yo, guardadas en mi bolsillo delantero.

Cuando salimos del Instituto el alboroto se hace presente.

—Los del turno vespertino. —me explica Elliot cuando me giro a verlo.

—No sabia que había turno vespertino aquí. —le digo.

—Si, pero son para los becados y los que repiten año.

Asiento y veo como algunos jugadores que estaban entrenando ya tienen rodeada a Danae. Ella esta seria, viéndolos como si supiera controlar todo lo que la rodea. Nadie creería que esta chica llora muchas veces en mis brazos. Uno la intenta acorralar y cuando camino hacia ella sintiendo la sangre hervir ella lo esquiva riendo burlonamente. Sabe como jugar con todos menos con su maldito padre.

—Lo siento guapo, pero estoy con alguien y no necesito nada más, por más idiota que él sea. —la escucho decir claramente burlándose de él. Esta de espalda a mi y cuando se gira para irse de ahí casi choca conmigo.

—¿Así que soy un idiota? —pregunto sonriendo ladeado y tomándola de la cintura. Ella alza la cabeza para verme a los ojos y después jadear. Miro sobre ella al tipo seriamente. —. Largo.

(...)

Elliot se ha quedado en el Instituto, filtrando una fotografía de nosotros donde parece que estoy jaloneando a Danae violentamente. La foto la tomamos en la madrugada aprovechando la soledad y oscuridad de la calle de nuestro apartamento. Lo que tramo es simple: quiero hacer creer a el mundo que Danae ha muerto o ha sido secuestrada por mí, aunque por una parte hay cierta verdad en eso, solo que ella no va a morir ni mucho menos va a ser secuestrada, ella va a huir conmigo y Elliot porque él se ha colado.

Llegamos a su casa y mientras ella empieza a desmaquillarse yo saco el móvil para hacer unas llamadas, ella rápidamente me detiene, caminando hacia mi y tomando mi móvil.

—Si vas a hacer ese tipo de llamadas hazlas en el baño, ahí no hay micrófonos. —me susurra claramente sabiendo que pensaba hacer.

Se aleja de mi oído quedando a centímetros de mi rostro. Asiento antes de tomarla del rostro y besarla castamente para después tomar el móvil e ingresarme al baño.

Las llamadas varían entre pedir mi camioneta llena de dinero y avisarle al banco sobre mis retiros, mintiendo y prometiendo llevar la firma -falsificada- de mi padre para el día de mañana.

Cuando termino y salgo del baño me recargo en el umbral para ver a Danae que está un poco distorsionada por las cortinas blancas. Se encuentra recargada en el barandal de su balcón, con un diminuto short dejándome admirar sus largas piernas y una blusa de tirantes de satén, con adornos de encaje negro, descalza, el cabello suelto y cayendo sobre un lado de su hombro. No recuerdo la última vez que la vi con su flequillo y creo que lo extraño. Como si sintiera mi mirada se gira a verme para dejarme notar como el humo del cigarro sale de entre sus carnosos labios. Se me empieza a poner dura de solo pensar en sus labios alrededor de mí, con su lengua lamiendo y sus preciosos ojos viéndome desde abajo.

La veo caminar por el balcón hacia una mesa que parece tener un cenicero y apaga el cigarro para pasar por las cortinas que se deslizan y acarician sus brazos.

Me reincorporo, esperándola.

—¿A qué hora vendrá el de la biblioteca? —le pregunto cuando la tengo frente a mí.

Mueve un hombro, pegándolo un poco a su rostro y enarcando una ceja sutilmente. Ese gesto se me antoja entre adorable y provocador.

—Me lo confirmara por mis redes sociales, un mensaje privado. Le dije que viniera ya noche y apenas va a anochecer.

Asiento.

Yo debo estar aquí cuando el llegue, tengo que ayudarla a mantener al chico en los puntos ciegos de la casa. Debe saber que estoy para lo que ella quiera.

Me acerco mas a ella, perdido en sus ojos para después tomar entre mis dedos sus bragas de encaje y mostrárselos.

—Si debajo de esta pijamita —digo tomándola de este y pegarla a mi cuerpo. —, tienes otros como estos también quisiera quitarlos y guardarlos.

Siento como la excitación se abre paso a sus pupilas, dilatándolas más, como su corazón se acelera y como se estremece al sentir como meto la mano bajo la blusita, sintiendo como no tiene sostén y acariciando la curva de la espalda.

Jadea cuando acaricio su piel baja y rápidamente me apodero de sus labios. Deseante, desesperado por estar dentro ella. Dejo que caigan sus bragas al suelo para poder levantarla, obligándola a que rodee mi cadera con sus piernas. La pego contra la pared con una fuerza que no medí haciendo que gima y sienta lo duro que me pone. Vuelve a soltar un gemido cuando muerdo y lamo su labio. Siento sus manos aferrarse a mis hombros.

—¿Ya eres mía?

—Siempre.

Sangre, sudor y lágrimas.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora