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Los días pasaban y Candy quería ver a Anthony, pero no era posible. Archie y Stear visitaban con cierta frecuencia a Candy, los tres eran muy amigos.
Los rayos del sol iluminaban un nuevo día, Candy ya se encontraba trabajando, en ese instante un auto paro frente a la entrada del establo.
-Candy... buen día.
-Buen día Stear.
-Anda vamos de paseo.
-Si... vamos.
Los dos se dirigieron al lago, donde los esperaba Archie.
-Hola Candy.
-Hola Archie – la pecosa no pudo evitar soltar una carcajada.
-¿De qué te ríes? – preguntó Archie un poco molesto.
-Es que ese sombrero es muy gracioso – la pequeña no paraba de reír.
-No te rías... este sombrero me lo regaló el papá de Anthony... él es capitán de un majestuoso trasatlántico y viaja por todo el mundo.
-Ustedes tres son muy unidos, ¿verdad? – preguntó Candy.
-Así es Candy – contestó Stear.
-Cuando hacíamos travesuras y atrapaban a Anthony, la Tía Abuela al ver su carita de inocente, le daba tanta ternura que terminaba aplaudiendo sus gracias... ah pero cuando éramos nosotros, ella nos amarraba a un árbol – contaba Archie entre risitas.
-Que crueldad – dijo Candy algo sorprendida.
-Nuestros padres tuvieron que partir a Arabia por cuestiones de trabajo y quedamos bajo la tutela de la Tía Abuela – comentó Stear.
-Anthony... perdió a su mamá cuando tenía ocho años... a raíz de eso, nos fuimos a vivir a Escocia, pasamos unos años muy divertidos... pero extrañábamos Lakewood y aquí nos tienes – añadió Archie.
-Anthony perdió a su mamá... también vivió solito como yo – pensaba Candy.
-La mamá de Anthony tenía unos ojos lindos como los tuyos Candy... pero ella era muy hermosa.