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Candy seguía su triste camino. Anthony, Stear y Archie regresaban muy abatidos a la mansión. Elroy los observó llegar y al mirar sus rostros, comenzó a dudar. La actitud de Anthony le sorprendió en demasía, él jamás le había retado, jamás había osado faltarle al respeto y quizás ella estaba siendo injusta. Su meditación fue interrumpida, llamaban a la puerta.
-Adelante.
-Tía Abuela... se que ayer me porte muy irrespetuoso con usted y lo lamento tanto... si al menos intentara entender que ella es una buena chica y que su decisión fue muy precipitada.
-Nunca me habías gritado, ayer fuiste tan ajeno a mí y todo por alguien que tal vez no valga la pena.
-No hable de esa manera Tía Abuela.
-Tanto la estimas Anthony.
-No es estimación lo que siento por ella.
-Y entonces, ¿qué es?
El joven sonrío, su rostro lo iluminaba un color carmín, su mirada volvía a engalanarse con ese brillo que se había hospedado el día que conoció a Candy.
-Lo que siento por ella va más allá de una simple estimación, creo que...
Sus palabras no quisieron salir de sus labios, solo un silencio incomodo se hizo presente.
-Continua.
-Olvídelo... solo quería disculparme con usted... permiso.
Anthony salió y con esa platica inconclusa, Elroy confirmo lo que ya sospechaba.
Han transcurrido algunas horas, Candy no musitaba, estaba silenciosa. Aquella carreta se detuvo ante una deteriorada casa, la cual se encontraba en medio de la nada. El Sr. García silbo y al momento un hombre salió, al ver de quien se trataba, miro hacia el interior de su casa y con una señal, una mujer y tres niños salían. El hombre echo candado a la puerta, tomo las valijas que la mujer había sacado y subieron a la carreta.
-¿Ellos también irán a México? – preguntó Candy al Sr. García.
-Así es... José tiene una gran deuda conmigo y como no pagaron trabajaran arduamente para pagarme.
Candy miraba con ternura a la pequeña criatura que la mujer llevaba en brazos, al menos esa familia se mantenía unida, no los habían separado como hicieron con ella.
La noche se acercaba y tuvieron que acampar. El bebé no paraba de llorar, tenía hambre.
-¡¡CALLEN A ESE MOCOSO!! – gritaba el Sr. García.
-Lo lamento tanto, pero tiene hambre, no tengo que darle – dijo la madre muy afligida.
Candy tomo entre sus brazos al pequeño, trato por todos los medios de callarlo, todo fue inútil. El ranchero estaba ebrio, se acercó a la familia, él se iba a encargar de callar a ese bebé como fuera. El bramido de una vaquilla, lo detuvo.