Aparece frente a la reja principal del edificio a eso de las cinco de la tarde, después de trabajar. Después de pasarse toda la tarde preguntándose si debía ir o no. Ya han pasado tres días desde su conversación nocturna con Miguel. Tampoco quiere quedar como un imbécil que dice algo y luego resulta ser perro sin dientes.
La puerta del apartamento está protegida por una reja de metal así que, por más ridículo que le parezca, toca el timbre. Traga saliva, esforzándose en disimular los pequeños nervios que siente cuando la puerta se entreabre y el pelinegro se asoma. Espera a que haga o diga algo, pero cuando no se mueve—ni le dirige la palabra, abre la puerta por completo o quita la reja de en medio—nota que será aún más difícil que todo vaya como lo desea.
-Hola.
Es todo lo que se le ocurre decir. Y es que también acaba de darse cuenta de que ha pasado más de lo que recordaba desde la última vez que vio a Miguel.
-Hola.
...
No puede evitar que sus ojos exploren el espacio detrás de su ex novio. No se ve como un lugar muy grande, y sin embargo es evidente que Miguel se las ha ingeniado para convertirlo en un hogar cálido. Su hogar.
-¿Cómo has estado?
Miguel se encoge en hombros.
-¿Tú?
Manuel mece la cabeza.
Miguel hace una mueca. En un aparente descuido, deja que la puerta se abra un poco más. De nuevo parece estar a punto de decir algo, algo que mantiene prisionero en la punta de su lengua. Manuel se pregunta si está pensando en invitarlo a pasar. O si piensa en, por lo menos, quitar esa fea reja de en medio.
Pero Miguel no dice nada. Y Manuel se cansa de esperar.
-¿Me vas a dar el libro?
Miguel lo mira fijamente. Frunce el ceño, y se cruza de brazos.
-¿Alguna vez me vas a explicar por qué lo quieres?
Manuel parpadea. Se lo ha repetido ya muchas veces. ¿Es una provocación? No puede detener a su lengua.
-¿Por qué no me avisaste que te ibas a mudar?
Miguel lo mira fijamente, y su mueca de seriedad titubea hasta deshacerse.
-Fue rápido.
-Demasiado rápido.- Esconde sus manos en sus bolsillos. -Casi como si lo hubieses estado planeando o algo.
Miguel tuerce la boca. Manuel espera escuchar alguna excusa, una sincera o la más rebuscada. Cuando nada llega, descubre lo mal que se puede sentir ni siquiera tener eso. Lo mal que se puede sentir tener la razón.
Patea polvo imaginario. El nudo en su garganta es doloroso. Cuando levanta la mirada, encuentra los ojos de Miguel clavados sobre él. Arquea una ceja.
-¿Me lo vas a dar? ¿Por favor?
Miguel parpadea. Una mueca extraña se dibuja en su rostro. Cierra la puerta brevemente, antes de volver con el libro en mano.
-Aquí está.
Se lo alcanza a través reja. Manuel lo toma sin mirarlo demasiado. Lo coloca bajo su brazo, y no se mueve más. Miguel también se queda quieto, como esperando a que algo pase. El silencio es brutal.
-No quise decir lo que dije ese día.
-¿Qué cosa?
Se encoge en hombros. Miguel ladea la cabeza ligeramente, y su entrecejo se arruga.
-Ya sabes.
-La verdad no.
...
-Se que se me pasó la mano. Quizás no fue la mejor manera de terminar la cosas...
-Ah.- Miguel pasa una mano por su pelo. Parece no encontrar que decir. Termina por aclarar su garganta y susurrar. -Pero realmente no me fui por eso...
Manuel niega. Miguel lo mira confundido por un momento, hasta que algo por fin parece hacer conexión en su cabeza y su rostro se descompone.
¿Ha entendido? ¿Entiende a que se refiere? Manuel siente el pulso de su corazón en las palmas de sus manos. Quiere decir más, pero ya nada sale de su boca.
-¿Eso es todo?
Pregunta Miguel.
-Supongo que sí.
Manuel se remueve.
-Chau.
-Chau.
La puerta se cierra silenciosamente.
Las piernas le pesan, y algo en su pecho se hunde como plomo. Mira la puerta cerrada, y luego al libro entre sus manos. Lo entreabre un poco; apenas lo suficiente para ver las fotografías que se esconden ahí.
¿Por qué de la nada se siente tan idiota?
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Par de Idiotas
Genel KurguDonde Manuel y Miguel terminan, y la convivencia en el apartamento es un infierno.
