Amelia
— No es ninguna molestia, Amelia, no eres ninguna molestia. Eres mi amiga y me preocupas.
Eres mi amiga y me preocupas.
Siento como mi corazón se detiene.
Soy su amiga, solo eso.
No puedo hacer nada más, a él siempre le gustara Susan. Y a mí solo me toca aceptarlo.
No digo nada. Pongo mi vista en la venta y entonces me doy cuenta que el no me lleva a mi casa.
— ¿A dónde vamos?
El sonríe sin verme.
— ¿quieres acompañarme a hacer algo muy importante?
Entonces su sonrisa aumenta. Siento un cosquilleo que recorre por todo mi cuerpo.
— ¿Por qué me llevarías a mí y no a tu novia?
La pregunta sale sin antes haberla procesado.
Su sonrisa desaparece y se acomoda en el asiento.
— Porque quiero que tú me acompañes. —susurra.
¿Escuche bien?
Quiero sonreír, pero me lo prohíbo.
— ¿tienes que ir ya a tu casa? —su voz suena dura.
— No.
Asiente.
Pasó alrededor de una hora y llegamos a unas plazas que pareciera que estuvieran recién terminadas.
Agustín apaga el carro y se pasa las dos manos por la cara, se ve nervioso. Dice algo para el mismo y entonces me mira.
— Si quieres te puedes quedar aquí.
Sus ojos están en los míos.
— No. —digo—. Yo te acompañare.
Sonríe y asiente. Abre la puerta y sale, veo como rodea el carro y llega hasta mi puerta y la abre.
Caminamos hasta unas de las plazas y se ven personas adentro. Agustín me ve. Examino su rostro y me doy cuenta que está nervioso. ¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan nervioso?
— ¿Qué pasa? —le agarro la mano.
Él se sorprende por mi acción y entonces aprieta un poco mi mano. No dice nada, empuja la puerta y aun sostiene mi mano. Ambos entramos y todos nos miran.
Hay dos señora y un... señor, que esta vestido de mujer, es obvio que es gay.
— Buenas tardes. —dice Agustín.
— Buenas tardes. —dicen todos al unísono.
Una señora que se ve muy elegante se levanta de la silla y camina hacia nosotros.
— Agustín Klein ¿verdad?
¿Se conocen?
Agustín suelta mi mano y se da un apretón con la señora. Cuando la mano de Agustín ya no está en la mía, siento la necesidad de agárrasela y que nunca me la suelte.
— Sí, soy yo. Usted es Annie Stiff
La señora asiente.
— Soy la promotora de plaza Catlien. Me han llegado unos mensajes de su parte, y dicen que está interesado en comprar unos de nuestros locales.
Agustín asiente.
— Así es, pero me dijeron que tenía que venir hasta acá para hacer el trato con usted.
