Edward
Dejo el vaso con vodka en la mesa y dejo que las lágrimas salgan.
Ella ya no está. Teníamos tantos planes, tantos sueños. Y todo queda en el pasado.
El sonido de mi celular me atormenta. Cada segundo que pasa hace que lo recuerde.
— Si buenas. —digo cuando contesto el celular.
Dejo de empacar mis cosas y presto atención a lo que el hombre del otro lado del celular habla.
— Hablamos del hospital West. Usted sale como la última llamada de la joven Susan. Ella tuvo un accidente hace una hora, lamentablemente no pudimos hacer nada.
— ¿Qué quiere decir con que no pudieron hacer nada?
Sentí que me quedaba sin aire.
Que no sea lo que estoy pensando.
Que no sea.
Que no sea.
— Ella murió.
El celular se me cae. Tengo la boca abierta y mi respiración está agitada.
Parpadeo y vuelvo al mundo real. Aprieto los ojos y dejo que caigan las lágrimas. Ahora que encontré la felicidad, ahora que pude ver más allá de mí mismo, todo se derrumba.
Mierda.
Agarro el vaso y lo estrello en el suelo.
Grito y grito. Quiero sacar toda esta rabia que traigo encima.
Pasa un rato y estoy calmado.
Agarro la foto que tengo con Susan y la miro. Su cabello negro cae por sus hombros.
Ya sé lo que tengo que hacer.
Dejo la foto en su lugar y salgo de mi casa.
Pasa un tiempo entonces estoy en el hospital. Subo el elevador y camino. Veo a los lejos al cardiólogo Connor. Está con la mamá y el padrastro de Agustín. Veo a un niño de más o menos 11 o 12 años sentado con sus brazos cruzados y a su lado Emilio. Todos me miran cuando llego donde ellos.
Emilio se levanta y me pone una mano en el hombro.
— Ya supimos lo de Susan, yo... yo sé que tú la quieres o la querías o la quieres... no sé... no sé cómo se dice, pero... lo siento, de verdad lo siento.
Asiento.
Es lo único que puedo hacer.
— ¿Puedo verlo? —me dirijo al doctor Connor.
— Claro, pero está acompañado.
Frunzo mi ceño.
Miro a la mamá y al padrastro de Agustín y le sonrío. Ellos hacen lo mismo.
— Pasa. —dice el doctor.
Empujo la puerta y en un segundo estoy adentro. Mis ojos se abren cuando veo a Amelia sentada junto a Agustín.
Ambos me miran. Miro a Agustín.
Él me da una mirada llena de dolor.
Él sabe lo que paso.
Y ella también.
Ambos me miran, me miran con mucho dolor. Amelia se levanta y se acerca a mí, no veo cuando ella me abraza. Mis ojos se llenan de lágrimas y escucho que ella también está llorando.
— Todo va a estar bien, tranquilo Edward.
Me separo de ella y asiento. Limpio las lágrimas y veo a Agustín. Sus ojos están cristalizados. Veo que tiene muchas agujas en su cuerpo.
— ¿Cómo estás? —le pregunto.
Agustín me muestra una sonrisa débil.
— ¿Puedes dejarme solo con él? Necesito hablar con él.
Amelia asiente y me da un abrazo y después se va.
Agustín trata de acomodarse en la cama, pero hace gesto de dolor.
— No deberías moverte mucho.
Él asiente.
Me acerco a su cama y me siento.
— Ya sabes lo de Susan.
Él asiente.
— ¿Cómo es que Amelia está aquí? Ella... ella te dio, digo, te iba a dar su corazón ¿Qué paso?
Agustín sonríe un poco, baja la vista y en unos segundos la vuelve a poner en mí.
— Amelia está embarazada.
Abro los ojos.
Guau.
Eso no me lo esperaba.
— Wao, eh felicidades, digo, es decir ¿estás feliz?
— Claro que sí, digo, no era lo que esperaba, pero... sí.
— Te daría un abrazo, pero...
Él se alza de hombros y extiende sus dos manos. Sonrío y me acerco a él y lo abrazo.
— Felicidades hombre. Serás un papá joven.
— Y guapo. —me guiña un ojo.
Ambos reímos.
Bajo la vista y dejo escapar un suspiro.
— Sabes —comienza a decir—: tengo a Susan aquí —señala su corazón—; y es literal.
Levanto una ceja.
¿A qué se refiere?
— No te entiendo.
— Al Susan morir, me dieron su corazón.
Me quedo pasmado.
El corazón de ella está ahora dentro de Agustín.
— Ella escribió una carta, era de despedida. Antes de que se fuera para el aeropuerto.
Él me señala el cajón que está a su lado, me inclino un poco y abro la gaveta. Veo el sobre. Dice Agustín.
— Si quieres puedes leerlo. Habla de ti.
Niego.
— Esto es entre tú y ella.
Agustín me dedica una sonrisa triste.
— Ahora ella vive conmigo. Ahora estoy enamorado de ti.
Tiro una carcajada y veo como Agustín ríe con cuidado.
— Si bueno, creo que no te corresponderé.
— Oh vaya, que mal me siento.
Sonrío.
A pesar de todo.
Agustín mantiene su humor.
— Yo... yo vine para decirte que... que si todavía te interesa lo del hospital en Madrid, si quieres, puedo hacerme cargo. Voy a cumplir unos de los tantos sueños que tenía con Susan.
— Claro que sí, claro que sí. Todavía puedes estudiar allá y hacerte cargo de eso. Te lo agradecería mucho.
Asiento y me levanto de la cama.
— Entonces tengo que irme. Tengo muchas cosas que hacer. Te aseguro que ese hospital estará en buenas manos, te lo juro por Susan.
Agustín asiente y me extiende su mano. Se la agarro y ambos nos damos un apretón.
