Pasan alrededor de dos horas. Y Amelia alza los brazos y deja salir un —SI—, despego mí vista del celular y la miro. Tengo que admitir que me asusto.
— ¿Listo?
Me levanto del sillón y voy hasta ella.
— Sí, ya puedo enviar el trabajo.
Unos minutos más y Amelia envía su trabajo y se inclina en la silla y deja escapar un suspiro.
— Entonces —comienza hablar—: ¿en que estábamos?
Levanto una ceja y le doy una sonrisa pícara. Ella se acerca lentamente, sus manos pasan por todo mi pecho entonces la agarro y hago que se siente encima de mí. Me mira por unos instantes, entonces suelta algo que me sorprende.
— Te amo.
Mi corazón comienza a palpitar muy rápido. Me ama... oh dios, ella me ama.
Me sigue mirando.
Está esperando que yo diga algo.
— Yo...
Comienzo hablar, pero ella pone su dedo en mi boca.
— No hace falta que digas nada, quiero que lo digas cuando estés listo.
Entonces miro muy atento sus ojos. Están brillando. Nunca vi esa clase de brillo en Susan, nunca vi a Susan hablar de esa forma. Entonces llego a la conclusión.
Nunca estuve enamorado de ella.
Me gusto. Sí. Pero no estuve enamorado, solo... estaba ciego, no me permití ver a otras mujeres, para mí, solo estaba Susan y ya. Tuvo que pasar mucho tiempo para que me diera cuenta, que...
Tuvo que pasar mucho tiempo para que me diera cuenta, que Susan, no era la mujer que yo buscaba.
Solo era una especie de acompañante, hasta que llegara Amelia.
— Se mi novia. —lo suelto sin más.
Amelia agranda su sonrisa.
— Se tú mi novio.
— Si eres mi novia, entonces yo seré tu novio. Así funciona.
Ella suelta una carcajada y asiente.
— Si tú eres mi novio, entonces yo seré tu novia.
Agarro su cara y la beso.
La beso.
Ella me besa.
Nos besamos.
Nos besamos como si esto lo estuviéramos esperando hace mucho tiempo.
Pero.
En realidad si, esto lo estamos esperando por mucho tiempo.
° ° ° ° ° °
Amelia está recostada en mi pecho mientras mis dedos juegan con los de ella. Tenerla desnuda es algo tan increíble.
— Siempre te veía. —comienza hablar—. Siempre me sentaba en el mismo lugar solo porque tú estabas ahí. Trataba de llamar tu atención pero nunca lo logre. Siempre estabas con Susan, y si no estaba ella, era Emilio. Sabes —se levanta y se sienta en la cama—: llegue a pensar que eras gay. Es decir... a veces escuchaba tu conversación con él y eran raras. Y después en algunos partidos, cuando ibas a ver a Emilio le gritabas cosas bonitas. Era muy extraño.
Me quedo mirándola con una sonrisa.
— Nunca te acercaste. —digo.
Niega.
— Tú estabas con Susan, yo con Edward. Ella si veía cuando me quedaba como boba viéndote. Oh demonios, era tan estúpida. Te veía en las clases, nunca me miraste. Moría porque me miraras, aunque me sonrieras. Muchos hombres lo hacían, pero tú no.
— Si te veía, pensaba que eras linda.
— Pensabas... pero quería ver que te brillaran los ojos.
La miro y puedo jurar que me están brillando en estos momentos.
— Justo como ahora —me susurra—: tuve la esperanza de que al graduarnos tú ya no estuvieras con Susan, quería que me llevaras al baile, quería que fueras tu quien diera mi primer beso, mi primera vez. Quería que tú fueras el primero y el único.
No puedo decir nada. Estoy sin palabras.
Me acomodo en la cama y agarro sus manos.
— Lo importante es que estamos juntos ahora. Yo te di el primer beso, te di tu primera vez, estoy ahora.
Ella frunce un poco el entrecejo.
— No te entiendo.
— Nunca antes nos habíamos besado, lo hicimos, fue la primera vez, nunca antes habíamos tenido relaciones, ya la tuvimos. Es la primera vez para ambos. Solo... y ya no pienses en el pasado. Piensa en el ahora y en el posible futuro.
Amelia me mira.
Me mira
Y me sigue mirando.
Parpadea y después de un tiempo.
Me muestra una sonrisa.
Sus ojos brillan.
— Te amo Amelia.
Las palabras salen sin más.
— Te amo, te amé y creo que te amare hasta que me muera.
— Oh vamos, todos sabemos que yo moriré primero. —digo mientras me río.
— Nadie sabe eso. —sonríe.
— Claro que sí. Sabes las clases de locuras que he hecho y que todavía me faltan por hacer.
— Así ¿y cómo cuáles?
Me entusiasmo. A Susan nunca le importo las cosas que yo hacía, pero... está no es Susan, está es Amelia.
Comienzo a contarle todas las locuras que he hecho y ella me presta mucha atención. Cuando termino de contarle todas mis anécdotas, ella solo asiente y dice: — esperaba más de ti—. Ella junta sus dos manos y comienza a contar todo lo que ha hecho.
Mi sonrisa no se puede quitar de mi rostro.
Esta es la indicada.
Ahora lo sé.
