Agustín
Después de Susan y Emilio, Amelia es la que sabe sobre la historia de mi padre. La primera vez que la conté fue dolorosa, la segunda vez dolió menos. Pero ahora que la cuento por tercera vez, ya no duele, ya no.
— Lo siento mucho. Creo que... creo que compartimos el mismo dolor.
Baja la mirada y se pone a ver sus manos.
Noto como lo dice con mucha tristeza. ¿Su padre también está muerto? No lo sabía, en la escuela corría el rumor de que el papá había abandonado a su madre, pero nunca escuche que su padre había muerto.
— Lo siento, yo, yo... —comienzo a tartamudear—: yo no sabía que tu padre había muerto.
Ella comienza a negar, levanta la mirada y me muestra una sonrisa, una sonrisa triste.
— Murió cuando yo era pequeña.
— ¿lo querías mucho?
Mi pregunta fue muy estúpida, abro la boca para intentar arreglar mi comentario pero ella se me adelanta.
— Era todo mi mundo, —dice—: era mi único amigo, cuando llegaba de la escuela era el que escuchaba todas mis historias. —sonríe—: toda la escuela me concia, o eso aparentaban. Como ya sabes, tuve muchas amigas, pero solo era por aparentar, yo sé que ellas solo se acercaban a mí para ser popular, cuando conocí a Edward, fue a la segunda persona a que llegue a querer, era la segunda persona que me entendía y me escuchaba. Cuando comenzamos a ser novios, me hubiera gustado que mi padre hubiera estado vivo, sé que se llevarían muy bien.
— No puedo creer que Edward sea esos tipos de hombres compresivos y cariñosos.
Mi comentario hace que me examine, pasa unos segundos y ella parpadea.
— Edward no es la persona que aparenta, bueno... conmigo no es así. —dice a secas.
— Él te quiere, y lo hace de verdad.
Duele. Me duele decir esto. Por qué me siento tan mal, es obvio, todos saben que Edward quiere a Amelia, pero si él la quiere, porque la dejo ir tan fácil.
— Lo sé. Me gustaría corresponderle de la misma forma.
¿Qué?
¿Escuche bien?
Qué quiso decir con que le gustaría corresponderle de la misma forma.
— Creo que siempre confundí las cosas con él. —me mira—. A lo mejor lo quería, pero no de la forma que él se merece.
— ¿a qué te refieres?
Ella me sigue mirando y comienza a negar. — no importa—, dice casi en un susurro.
Veo como se comienza a acomodar, lista para marcharse.
— Espera. —me mira—: gracias, por todo. Debemos ponernos de acuerdo con todo lo del salón de belleza.
Ella asiente y sonríe.
— Otra cosa. Si pudieras guardar el secreto sería muy bueno, no me gustaría que nadie lo supiera.
— Está bien.
Y con una última sonrisa se baja del auto. Veo como camina hasta la puerta de su casa y cuando la abre me da una última mirada y sin más entra.
Agustín
