Los diarios de Sabrina

19 4 0
                                        

Laura Hernández solía desayunar sola casi todas las mañanas, sus hijos se iban temprano a la escuela y su marido, con el ímpetu de los que han trabajado toda una vida y el cuerpo no les permite quedarse quietos, salía al trabajo con mucha mayor antelación que los demás abogados de su bufete. La señora Hernández comprendía este comportamiento por parte de su familia, ninguno quería que la gente los percibiera como unos buenos para nada que vivían a costa del dinero de México y la buena fe del Emperador, es por ello que se había vuelto una suerte de costumbre impuesta el estar siempre puntuales, atentos y prolijos en cada momento del día, siempre dispuestos a dar la mejor de las caras para ahuyentar las malas lenguas. Laura no lo necesitaba, en su juventud había sido una jovencita bastante autónoma, viniendo de una familia trabajadora cómo no serlo, pero al casarse con el señor Hernández descubrió una nueva manera de vivir, una vida que podía resumirse a encargarse de criar una próspera familia de la alta sociedad... o solo era la necesidad de demostrarle a su insoportable suegra que a pesar de no tener raíces tan privilegiadas como ellos, era perfectamente capaz de interpretar el papel de señora de sociedad que vino agregado al dulce romance que sostuvo y mantuvo con Máximo a pesar de los tantos "peros".

Sin embargo, con la llegada de los Altamirano, ¿o serían más bien los Castro? Toda la casa se había vuelto una revolución misma, un nuevo estilo de vida al qué adaptarse, sobre todo con Diana, quien al igual que ella en cierto momento de su vida, no lograba quedarse quieta y necesitaba hacer todo por su cuenta, Diana no comprendía que era su oportunidad para descansar y disfrutar de los frutos que obtuvo al criar a su hija de manera tan conveniente y astuta. Una verdadera estratega, a su parecer. Y todo se volvía más evidente cuando de dar órdenes o pedirle cosas al servicio se trataba, Diana podría tener alguna suerte de distinción nobiliaria, pero no sabía siquiera disimular su origen plebeyo.

—Buen día, mi Señora, chilaquiles verdes con pollo al vapor para desayunar, ¿gusta acompañarlo con un huevo a la inglesa o que agreguemos alguna especia sobre el pollo? Es delicioso el gusto que adquiere con algo de tomillo u orégano.

—Buenos días. —Murmuró algo aturdida por la rapidez de la sirvienta, y miró a Laura, como queriendo buscar en ella una respuesta a la pregunta.

—Te levantaste radiante el día de hoy, querida. —Saludó Laura con la mejor energía del mundo, y luego se dirigió a la joven que aguardaba ansiosa por una respuesta—. La señora prefiere el orégano, no le pongas un huevo que los sabores revueltos son malos para la digestión, y agrégale algo de ricota encima, trata de no ahogar demasiado los totopos porque sino se ponen chamagosos y luego no puede disfrutarse de la comida.

—Esto es demasiado nuevo para mí, nunca había tenido una sirvienta. —Le dijo Diana a Laura, sonriendo ligeramente sonrojada, su piel era casi tan expresiva como sus ojos, característica que había heredado su hija.

—Me pasó exactamente lo mismo cuando me mudé con mi esposo, por supuesto, él había estado acostumbrado a eso de toda la vida y poco a poco fui aprendiendo cómo dirigir el apoyo de casa. Pero hay algo muy cierto, mi madre siempre dijo que uno no podía contratar una muchacha sin antes saber del quehacer al milímetro. No puedes saber ser servido sin antes aprender a servir, o servirte tú mismo.

—Yo siempre tuve que hacer todo por mi cuenta, si acaso contratamos una nana cuando Marina era una bebé, pero eso fue antes de que Renzo nos dejara, no teníamos grandezas pero vivíamos cómodamente y eso era muy bueno.

—Renzo, el padre de Marina. Qué bueno hubiera sido conocer a ese hombre, por como hablas de él se nota que era una persona muy buena.

La muchacha sirvió el plato de Diana y ella lo probó, estaba delicioso. Agradeció la comida y la joven se retiró tras hacer una ligera reverencia a las mujeres.

Imperio. [#2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora