El retorno del Emperador

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Afortunadamente no todos los días eran así de complicados en el Castillo, habían ocasiones en las que incluso podía meterme a la habitación más temprano que de costumbre y hacer lo que quisiera durante horas, normalmente Víctor y yo teníamos sesiones intensas de yapping, pero cuando estaba sola aprovechaba para ponerme los tubos de seda, usar mi bata más suave y mi impresionante bata negra con plumas que fácilmente podría doblarme el tamaño y resultaba perfecta para correr por casa sin preocuparme de no caer en mis delulus.

Me gustaba ir al vitral de las musas a ver caer la noche, y quedarme un buen rato ahí, admirando la figura de Diana, mi diosa de nacimiento. Diana, como mi madre, era también una figura materna a la que había decidido aferrarme todos esos años, aunque dentro de mí supiera que solo era un lindo conjunto de cristal helado y bellamente unido para el placer de quienes la admiraran; su mística estela fue una poderosa inspiración para ir asentando las primeras partes de mi discurso, que planeaba recitar tanto en inglés y español para lograr el mejor de los alcances. Por si fuera poco para dudar de mi cordura, cualquiera habría terminado confirmándolo si me hubieran visto recitar en voz alta las cinco miserables líneas que llevaba escritas desde hacía un par de horas; en mi defensa, quiero aclarar que era una costumbre adquirida por el matrimonio, Víctor tenía el hábito de fijarse si sus discursos estaban bien redactados leyéndolos y declamando los mismos, primero ante un público inexistente y años más tarde, ante mí, aún cuando me encontraba al borde del sueño o en la completa abstracción.

Eventualmente me rendí y admití que el párrafo no tenía fondo ni forma, era una manera muy desesperada de tratar de distraer mi mente en algo más, algo que me alejara radicalmente del dilema sobre la maternidad. Madre, madre, madre. Era una contradicción enorme tratar de alejarme de esos pensamientos mientras me consolaba bajo la imagen de una diosa de eterna virtud que se llamaba justo como mi mamá.

Le di una última mirada a Diana y me retiré al lecho solitario que me esperaba en la primera sección del Castillo, hice bolita mi papel pero lo mantuve en mi puño cerrado con fuerza, saludé amablemente a los sirvientes que me iba encontrando y ni siquiera me molesté en tratar de apresurar el paso para evitar ser vista con los tubos, un estado bastante más vulnerable al que acostumbraba. Pensé en lo mucho que extrañaba llegar a casa luego de la universidad y ponerme la camiseta con más huecos posibles y unos shorts tan aguados que tenía que asegurarlos con un listón que imploraba por su pronta jubilación, ahora nada de eso era posible, la Emperatriz debía estar cómoda pero hermosa incluso en la comodidad de su hogar.

Todos los que vivíamos en las opulentas paredes del Castillo debíamos pagar el precio por dicho privilegio, siempre impecables, siempre amables, siempre dispuestos a dar la mejor versión de nosotros mismos para satisfacer a uno u otro ente que cayera en nuestros dominios. La imagen idónea de la Emperatriz era la de una mujer que se encargaba fervientemente de los suyos en ausencia del poderoso Emperador; una tierna madre que daba a beber leche tibia en los labios hambrientos, y tal vez ya no tanto, de su pueblo. Pero cuando llegué a mi habitación, al bello vanité que Víctor me había mandado a tallar con enredaderas y flores iluminadas que se veían hasta mágicas, me encontré con la imagen de una chica de veintinueve años, quien solo quería pedir una pizza de Little Caesars y tomarse una Coca Cola de 3 litros ella sola. Vi mi vientre, no plano porque jamás fui hegemónicamente delgada, pero sí perfecto para mi saludable apariencia; y pensé en verlo grande, y no por obesidad sino porque crecía una vida dentro, una vida que tendría que pagar por los privilegios de su herencia y su lugar en el mundo... con la vida misma. Y me pregunté si ser madre de un monarca no era ser egoísta; después de todo, el bebé no tendría la facilidad de elegir, como sí pudimos nosotros, su lugar en el mundo.

Pero me recosté en la cama y apoyé la cabeza en mi suave almohada, y solo pensé, rumié la idea hasta cinco mil veces seguidas.

—Si me lo preguntas, en realidad nunca he... —El maldito sonido de reconexión perturbó la llamada, suspiré y nuevamente oí la voz de Víctor, preguntando si se le escuchaba—. Sí, ya te oigo. En fin, te decía que nunca he considerado la idea de ser madre como algo que quiera experimentar.

Imperio. [#2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora