Las mañanas lluviosas en primavera eran sumamente inusuales, casi tan inusual como ver al Emperador sirviéndose un café antes de las siete. El clima despertó una terrible nostalgia en Víctor, le hizo recordar a los gloriosos días universitarios, cuando solo soñaba con obtener la banda presidencial y una bonita oficina en Palacio Nacional; antes de salir de su habitación, decidió tomar una ducha fría, tal vez, para recordarse que aunque viviera en un castillo y fuera reverenciado por toda una nación, seguía sintiendo frío y vacío en alguna parte de su alma. Mientras tomaba la ducha, se puso a pensar en qué era esa incomodidad que aquejaba su mente, y salió tan pronto como pudo, para encontrarse con la cafeína y la refrescante sensación de la garúa matutina cubriendo su rostro por completo; su esposa seguía dormida, era sublimemente oportuno, hace mucho no pasaba tiempo consigo mismo.
Con el cabello húmedo y un relajado atuendo, compuesto por unos joggers negros, una sudadera beige y un par de Converse negras, desgastadas (traídas en secreto de su viaje a la casa Hernández), el joven Emperador se dispuso a deambular fuera de los límites del Castillo, agradeciendo la falta de visitantes en el Bosque, se topó con unos pocos runners que parecieron comprender su situación y no pasaron de una reverencia a la distancia, o un fugaz saludo que Víctor respondió gustoso, los encargados de limpieza pública recibieron el mismo trato, incluso, un poco más cálido; pues, de alguna manera, gracias a ellos había sido posible todo lo sucedido hacía ya cinco años, la gente del común llenaba enormemente el corazón del Emperador. Cuando finalmente se encontró solo, Víctor se puso a pensar en todo lo que había sucedido en la última mitad de su vida, el haber conocido al amor de su vida por casualidad, la considerable mejora en la relación con sus padres, haberse graduado con honores y convertirse en un regente del tercer mundo incluso antes de recibir el título universitario; era como si todo se hubiera acomodado para brindarle una felicidad desconocida en aquellas magnitudes, una especie de recompensa por alguna buena acción, o tal vez, un karma positivo de su vida pasada.
Sus pasos eran dubitativos, relajó los hombros y se encorvó ligeramente al caminar, disfrutando sobremanera esa sensación, halló placer en lo incorrecto, y se preguntó cuánto había pasado desde la última vez que aquello sucedió. Trató de eludir el pensamiento por su propio bien, hasta toparse con un filtro tirado y camuflado entre tierra húmeda; miró a todos lados, y en cuanto se aseguró de estar solo, levantó lo que alguna vez fue un porro, olfateó un par de veces y ahí estaba, el familiar aroma de la marihuana.
Víctor nunca se había caracterizado por ser el más sociable de su clase, ni tampoco el alma de las fiestas; pero sin duda, su personalidad callada, misteriosa y pulcra le sirvió para llamar la atención de los hijos de los amigos de su padre.
Sus amistades siempre involucraban una diferencia de edad considerable, dígase, de unos cinco o seis años más que el futuro Emperador; era natural que las experiencias también marcaran las diferencias en aquella improvisada pandilla, pues mientras el más joven apenas había empezado a interesarse abiertamente por el sexo opuesto, los mayores ya llevaban un largo registro de bellas compañeras, tanto sentimental, como sexualmente. De la chica que robó el corazón del pequeño Hernández no podía decirse demasiado, ni el propio Víctor sabía mucho sobre ella, solo que era rubia y tenía unos maravillosos ojos color zafiro, capaces de hipnotizar a cualquier ser humano sobre la faz de la tierra, y que era, además, una zorra de primer nivel. Pero para él, aquellos eran solo rumores de ex novios con el orgullo herido.
Eugenia Sosa era una preciosidad, alta y delgada, con la piel tan clara como la leche fresca y con cabello tan dorado como una espiga de trigo, sus largas piernas y sus pasos firmes revoloteaban graciosamente entre la tela tableada de su falda escolar, ligeramente arriba de sus rodillas, o eso pudo apreciar el pelinegro en el vídeo que recibió de Sergio, un amigo suyo, el cuál se había propuesto mostrarle cada aspecto de su vida cotidiana, con tal de hacer sentir cerca a Víctor; y viceversa. De inmediato preguntó por la rubia de ojos coquetos, causando gracia en su amigo, quien hizo lo posible para organizar una charla donde se incluirían tanto las amistades de Víctor, como las de Sergio, formando un pequeño grupo en Skype que resultó fluir mejor de lo que se esperaba.
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Imperio. [#2]
RandomTras la Revolución y nuestro ascenso al trono las cosas en México mejoraron mucho, y es que la presencia de los oligarcas y la burocracia excesiva entorpecía enormemente las labores del Estado. La economía se potenció notablemente y la seguridad au...
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