Asuntos de Estado

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Las tardes de primavera en la casa Hernández siempre eran bastante tranquilas, los cuatro hermanos convivían en un ecosistema perfectamente equilibrado para sus aficiones, Víctor deambulaba por el jardín como una fiera enjaulada, con un cuadernillo en la mano y un bolígrafo en la otra; mirando al cielo, tumbado en la hierba, apoyado o encaramado en los árboles. Miranda jugaba con sus muñecas en completa soledad; Carlos leía cómics que no entendía, pues era demasiado pequeño para ellos.

Sabrina se encontraba sentada frente al tocador, observando minuciosamente cada detalle de su maquillaje, cada centímetro de sus hombros lechosos, y su pecho desnudo, mucho más abundante que hacía algunas semanas. Cubría con esmero las marcas púrpura de su cuello, como después de cada baño o al despertar, revisaba su perfecto delineado y retocaba la sombra en sus ojos, mientras cantaba Black Widow, de Iggy Azalea; sobre su cama reposaba una minifalda blanca y un top negro, además de una amplia camiseta rosa y pantalones de mezclilla negra.

—Víctor. —Llamó la señora Hernández, asomándose a la puerta que daba al jardín, sacando a su hijo del ensimismamiento de la eterna filosofía—. Ve a cambiarte, tienes que llevar a tu hermana al cumpleaños de su amiga.

—Mamá, estoy trabajando en unas cosas y es importante, ¿no puede llevarla papá?

—No te he preguntado qué estás haciendo, te cambias, te llevas a Sabrina, y la traes a media noche.

Víctor rodó los ojos y subió a ponerse lo primero que encontró, realmente estaba muy ocupado con cosas de la escuela, cosas que su querida hermana había interrumpido con su estúpida fiesta de cumpleaños. Bajó rápidamente al garaje, encontrándose con su hermana en el asiento del copiloto, jugueteando con las llaves del Mercedes, mismas que tendió al joven una vez tomó lugar a su lado.

—¿Por qué estás tan molesto? ¿Acaso estabas haciendo algo o estabas hablando con tu noviecita? —Preguntó Sabrina, observándose en el espejo exterior del auto.

—Estaba ocupado con cosas de la escuela, ¿de dónde sacas que yo salgo con alguien? —Quiso saber, pues siempre había sido muy reservado con la existencia de Marina y su relación amorosa.

—Digamos que hay ciertas cosas que me dieron señales de que es así, y claro, que no es alguien de aquí. —La chica usó un tono travieso para delatar la situación de su hermano, mientras sacaba de su bolso, un cigarrillo y su encendedor; pero su hermano se lo arrebató de inmediato y lo partió en dos, tirándolo lejos.

—Papá me mata si el auto llega a oler a tabaco, y tú no deberías fumar, eres menor de edad aún, ni siquiera yo lo hago. —Murmuró fastidiado—. ¿A qué te refieres exactamente con "señales"?

—¿Pretendes que tu respiración agitada y tus quejidos de placer no se oigan? Digo, si cuando te masturbas no se oyen, es porque no necesitas hacerle saber a nadie más que a ti mismo de tu satisfacción. Pero he oído muchos: "Necesito cogerte, Marina", conmigo no te hagas el santo, hermanito.

—No te metas en mi vida, Sabrina. Me puedo coger a quien quiera, y eso a ti no te debe importar, ahora lárgate y diviértete, o habré desperdiciado mi tiempo en vano. —Le dijo, harto de ella, mientras se estacionaba frente a la casa de la cumpleañera.

Sabrina miró a su hermano con una sonrisa socarrona, y aprovechando los cristales polarizados, comenzó a desvestirse, revelando su verdadero atuendo.

—Espero y entiendas que si guardas mi secreto, yo guardaré el tuyo, sucio Víctor. —Advirtió antes de bajarse, y una vez hubo rodeado el vehículo, dio un par de golpecitos en la ventana del piloto, Víctor la bajó, desganado—. Otra cosa, ¿crees que me veo bonita? —Dio una vuelta, para que el chico apreciara su atuendo.

Imperio. [#2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora