El primer fuego en el Castillo de Chapultepec se encendía a las cuatro de la mañana, hora en que el personal tomaba su primer desayuno, una rápida taza de café y conchas calentitas que arribaban al castillo gracias a un diligente panadero, a quien no le importaba subir la colina en bicicleta si eso significaba que su talento culinario se posaría en los labios de la Emperatriz y le haría sentir lo bonito de la vida en un bocado. Las ventanas se abrían de par en par para dejar salir el polvo que sacudían las mucamas de los cuadros y las lámparas empotradas en las paredes, también se barría a profundidad y se trapeaba con una mezcla de Fabuloso morado y aceite esencial de sándalo. Para el deleite de la monarca, las flores eran cambiadas con regularidad de los floreros, los pétalos ligeramente marchitos eran usados en sus baños o secados para luego volverlos incienso para cada habitación del palacio.
Luego del desayuno los empleados ayudaban a alistar la comitiva que iba diariamente a encargarse de la Emperatriz, su única ayuda de cámara oficial preparaba diligentemente el servicio de té con el que rompería ayuno su señora; normalmente toda la mañana era muy rutinaria y no solían haber solicitudes específicas de la monarca, no era alguien precisamente complicada de cuidar y siempre contaban con la buena suerte de que se despertara con el pie derecho. Era costumbre entrar a su habitación cuando el día ya había aclarado, su dermatóloga siempre señaló que lo primero que debía tocar el rostro de la Emperatriz era un fresco rayo de sol, y luego un baño caliente, seguido de su gélido rodillo facial de hielo para mantener su piel tan firme como de costumbre.
Esa era otra preciosa mañana de Abril con cielo resplandeciente y más libre de contaminación gracias a los árboles que rodeaban el castillo; afuera, el sol calentaba dulcemente y ya me encontraba despierta, disfrutando de los pocos minutos que me restaban dentro de las suaves y frescas mantas. Se oyó el taconeo de un grupo reducido acercándose a la habitación, y luego la puerta doble se abrió de par en par; amaba especialmente ese momento del día porque me sentía como María Antonietta en aquella película de Sofía Coppola, era como ponerle una coronita diariamente a la niña que soñaba con usar esos enormes vestidos y comer macarons sin quitarse los guantes de seda, dippeandolos en copas de champagne. Las mucamas encargadas de despertarme hicieron su entrada como cada mañana y abrieron las cortinas, que como detalle adicional y ciertamente pretencioso, cambiaban de color según la estación, así como todo el mobiliario que tuviera que ver con tela en el castillo.
Al correrse completamente los doseles melocotón que se usaban en primavera, su ausencia dejó paso a la luz solar, sonreí a mis ayudantes, quienes hicieron una reverencia casi en sincronía impecable. Mi comitiva matutina estaba conformada por mi estilista, mi tan querida Sandra, un par de chicas encargadas de preparar mi baño, mi secretaria y una encargada de dirigir la playlist de esa mañana; Lucía se dio a la inmediata tarea de buscar las opciones para el outfit diario, mientras Sandra me alcanzaba la libreta encuadernada en cuero rojo que contenía mis citas y obligaciones.
—Buenos días, Majestad. —Saludó la mujer, las otras regaron saludos también—. ¿Tuvo un buen descanso?
Recibí el cuaderno y ésta se encaminó hacia el carrito que llevaba consigo, sirviendo la taza de té rojo con limón que acostumbraba beber en ayunas cada mañana.
—Buen día, chicas. Y sí Sandra, pasé una buena noche, espero que tú también, y todas ustedes de igual manera. —Revisé rápidamente los pendientes, el día iba a estar bastante pesado—. Debo volar hasta Belice para inaugurar un nuevo complejo habitacional... y luego volver a Guanajuato para encontrar y acompañar al cortejo del Príncipe Rajid hasta el museo de las momias, vino de visita con su prometida. —Troné mi cuello y suspiré, me fascinaba volar, pero hacerlo tan seguido me provocaba náuseas—. Trata de escoger algo fresco y ligero de llevar Lucía, y que sean pantalones sueltos; por favor.
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Imperio. [#2]
RawakTras la Revolución y nuestro ascenso al trono las cosas en México mejoraron mucho, y es que la presencia de los oligarcas y la burocracia excesiva entorpecía enormemente las labores del Estado. La economía se potenció notablemente y la seguridad au...
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