Voces que se extinguen

11 2 0
                                        

A posteriori, estuve obligada a ofrecer mi compañía durante cada comida al Emperador, para lograr que éste ingiriera todo lo que se le servía, una actividad demasiado try hard, para mi gusto. Los intentos de Víctor por conseguir mi perdón, o una reunión fuera de las acostumbradas, iban desde mandar hermosos arreglos florales a mi oficina en momentos muy random del día, hasta deslizar recados debajo de mi puerta, con dulces palabras que solo la mente de un escritor frustrado podría idear; pero obviamente, aquello no era suficiente para siquiera limpiar los rastros de su desastre.

La monotonía del castillo se me hizo insoportable en menos de una semana, necesitaba la incertidumbre que Acapulco ofrecía, pues una tarde podría apresurarme a terminar el trabajo diario para salir a caminar por la orilla del mar, y otra, me la pasaba tendida en cama, viendo series o maratones de The Tonight Show Starring Jimmy Fallon, tratando, de la manera más desesperada, de practicar mi inglés y evitar ser devorada en Nueva York; aquello me hacía extrañar a Víctor muchas veces, pues él era la única persona con la que solía conversar en anglo durante largas horas. Esa mañana, me encontraba frente a la pantalla de mi iPad, con el pomposo y memorable discurso que, se esperaba, revolucione el mundo y el movimiento feminista latinoamericano, y con un paquete de cigarrillos de chocolate a medio acabar; la puerta abriéndose de manera abrupta, me sacó de mi nostálgica ensoñación, dejándome deslumbrada con la belleza salvaje y de aire a Pocahontas que desprendía Agustina, y evidentemente, por su visita tan inesperada.

—¿Qué mierda tienes en la cabeza, Marina? Creí que ya habíamos hablado de esto, incluso teníamos un trato. —Agus reparó en mi gesto de confusión, y tomó asiento frente a mi escritorio, dejando a un lado su bolso Hermés, como si se tratara de cualquier tontería—. ¿Dijiste que ibas a separarte de Víctor y volver a Perú con nosotras? ¿Qué putas haces en SU castillo, siendo atendida por SU gente?

—Yo no recuerdo haber dicho que iba a divorciarme y volver a Perú, dije que lo pensaría, y no es SU castillo, también es mío, y no es solo SU gente, son personas que me han ayudado en los últimos cinco años también. ¿Quieres relajarte un poco, Gus? Estoy bien, no interactúo con él más que a la hora de comer y evito verlo bajo cualquier concepto.

—¿Entonces es cierto lo que dijo Miranda? ¿Volviste porque el inoperante Víctor casi se suicida dejando de comer? No sé tú, pero creo que es un escupitajo a la cara, es decir, tú si sufriste de un TCA, ese imbécil solo quiere hacerse la víctima, y tú vienes a lamerle las heridas.

—Tómalo como un asunto de Estado, Gus, simplemente estoy aquí porque quiero velar por la seguridad de México, y sin Emperador, peligra tanto la estabilidad como la seguridad imperial. —Respondí, tan tranquila, tomando otro cigarrillo, el cual mordí y mastiqué con lentitud.

—¿Dónde rayos está mi amiga? Mírate, comiendo cigarrillos de chocolate, embarazada del imbécil con el que dijiste que "nunca más", y cediendo a su chantaje barato, sin mencionar lo cornuda. Ego, Marina, ¿dónde quedó tu ego? Porque no me digas que no recuerdas esos maravillosos días, teníamos veintipocos, los hombres eran accesorios y cajeros automáticos, besaban el suelo que pisábamos y mataban por una mirada, morían por una simple sonrisa; y tú brillabas, Marina, tú los enamorabas con ese desinterés y lo directo de tus palabras, tu inteligente conversación. ¡Ahora eres solo una Emperatriz de adorno!

—No voy a permitir que me hables así, Agustina. —Refuté, poniéndome de pie, completamente indignada por la actitud de mi amiga—. ¿De qué te ha servido el ego a ti? Además, claro, de volverte insoportable para gran parte de quienes trabajan contigo, o de relegarte a romances fugaces con "hombres que valen la pena", dime, ¿qué tienes además de tu dinero o tu éxito? No tienes nada, y cuando llega la noche, te preguntas por qué estás tan sola, por qué tienes todo ahí... —Señalé su bolso, una clara declaración de estatus—. pero absolutamente, nada aquí. —Posé la mano sobre mi pecho a la altura de mi corazón—. Además, soy tan poderosa como Víctor, que tenga intenciones de salvar mi corona, mi poder, mi matrimonio y mi vida familiar, no me hace mucho menos que tú, ni a mí, ni a ninguna de las demás.

Imperio. [#2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora