El hogar de la sirena

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Alfred tiene una sonrisa de oreja a oreja. Camino detrás de él rumbo al almacén. Ya está todo listo para recibir a la sirena.

Tuve que esperar a que todo el personal se fuera, incluido Levi.

—Ya está todo en regla, tu registro fue un éxito—dice el dueño—. También contraté a tres ayudantes para las presentaciones de la sirena, un velador para cuando el Novoselic esté cerrado y a un veterinario. A todos les di tu número de teléfono.

—Está bien.

Alfred abre el almacén y entramos. Mis ojos se llenan de asombro en cuanto veo el tanque. Es enorme. Está decorado con piedras coloreadas en el fondo, algas artificiales y un par de cofres que se abren y cierran. El dueño posa una mano en el cristal.

—Tiene uno de los filtros más avanzados. El agua se cambiará una vez cada dos meses—dice, luego señala un refrigerador que está en una esquina—. Ahí estará su comida. Luego traeré un estante para sus vitaminas y suplementos. ¿Qué te parece?

—Me gusta todo.

Admito que empiezo a emocionarme. Ahora trabajaré parte de la tarde y no solo por las noches. Se acabaron esas horas de ocio viendo películas o leyendo historietas de ciencia ficción. Tengo 25 años, soy un hombre. Puedo con esto. Además, cuando ahorre algo de dinero, buscaré un apartamento y por fin me distanciaré de Levi.


Rey del invierno

Hace diez años tuve mi primer (y último) baile de invierno en preparatoria. Habían muchas estrellas esa noche, me gustaba contemplarlas. Recuerdo que estaba sentado en el césped junto al laboratorio de química. El gimnasio estaba cerca, aún podía oír la música pop a todo volumen. Levi se había esforzado en hacerme encajar y que me divirtiera, pero no pude. Era muy soso y callado, todo lo contrario a sus demás amigos, y sentí nuestra convivencia muy forzada. Levi era el alma de la fiesta, debía dejarlo disfrutar.

Aflojé mi corbata y suspiré.

—Sabía que estarías aquí—dijo Levi. Volteé a mi derecha y lo encontré sonriéndome. Para entonces aún no se teñía el cabello cada tres meses. Portaba una corona plateada.

—Su majestad—dije.

Levi intensificó su sonrisa.

—Cállate.

Se sentó a mi lado y miró el cielo.

—Haces falta ahí dentro—dijo sin mirarme.

—Claro que no. Para todos tus amigos soy un bicho raro.

—No para mí.

A veces me preguntaba por qué Levi, siendo tan popular, seguía estando cerca de alguien como yo, quien en ese entonces era un chico flacucho y con el rostro plagado de acné.

—Lo único bueno de esa fiesta era que estabas ahí—dijo Levi—. Y al final terminaste huyendo. Por fin pude hacer que vinieras a una, pero sabía que tarde o temprano vendrías aquí.

Justo en ese lugar, durante los recesos escolares, Levi y yo solíamos charlar o leer historietas. Él podía tener a los amigos que quisiera, pero prefería seguir conmigo, actuando como si él también fuera un marginado.

—A la mierda con esto—Levi se quitó la corona y la dejó sobre el césped—. Vámonos.

—Pero la fiesta aún no termina, debes volver.

Levi hizo como que no me escuchó. Apreté los labios.

—Levi...—musité—. Tú...eres muy preciado para mi. No tienes ni idea.

Su sonrisa se intensificó.


Un ojo café y otro verde

Alfred me llamó esta mañana para decirme que la sirena había llegado. El tiempo se fue volando, ni siquiera lo sentí.

—Lamento tener que citarte en tu día libre—me dijo—. Pero quiero que la conozcas, es sorprendente.

Nunca, en los cuatro años que llevo trabajando para él, lo había oído tan entusiasmado. Pasé el resto de la mañana con una creciente ansiedad, hace mucho que no estoy cerca de un animal marino. Y menos uno como ese.

Me pongo un conjunto de chándal negro y unas zapatillas deportivas. Luego paso largo rato contemplándome en el espejo del tocador. El cabello rubio claro me hace lucir aún más pálido de lo que ya estoy y mis ojos, pequeños y poco expresivos, me inquietan. No me es difícil saber por qué a veces alejo a las personas. Tengo pinta de hombre perturbado, uno con cadáveres en el clóset.

Al menos el acné de mi adolescencia no me dejó marcas. Antes de irme envío un mensaje de texto a Levi diciéndole que iré al Novoselic. No tengo idea de dónde esté ahora. Él siempre se deja llevar por sus ligues de una noche y regresa uno o tres días después para contarme cómo le fue. Yo suelo escucharlo comiendo papas fritas.

Cierro el apartamento, salgo y pido un Uber. El Novoselic queda a unos treinta minutos del apartamento, pero esta vez el camino se me hace mucho más largo. El conductor no habla y yo veo por la ventana. La ciudad me parece gris cuando estoy solo, y adquiere algo de color únicamente en compañía de la banda. Esos tres músicos excéntricos dan vida a todo.

Por fin llego. Es raro ver al Novoselic tan desierto, sin otro sonido mas que el de mis pasos. Alfred está sentado en la barra, y sonríe cuando me ve.

—¿Estás listo?—pregunta.

No. Ni un poco.

—Sí. Vamos.

Caminamos al almacén. Ahí está, nadando con pereza en el tanque. Me detengo a unos cinco pasos de ella, no me atrevo a ir más allá.

—Hermosa, ¿verdad?—dice el dueño—. Creo que es la mejor compra que he hecho en mi vida.

La cola de la sirena es de un precioso azul zafiro. Trae puesta la parte de arriba de un bañador estampado con flores y usa una gargantilla de perlas blancas. El largo cabello le cubre casi todo el rostro, es del color del chocolate. Forma ondas caprichosas que me ponen en una especie de trance.

—Vaya—digo, con los ojos muy abiertos.

Vacilante, me acerco un poco más. Ella se aparta el cabello del rostro y por fin veo esa nariz respingada, los labios pequeños y sus impactantes ojos. Uno café y el otro verde. Brillan tanto como las escamas de su cola. La sirena sonríe, como burlándose de mí, como si supiera que me ha hechizado.

—¿Cuándo empieza a trabajar con nosotros?—pregunto a Alfred sin voltear a verlo.

—En una semana. Ella ya conoce todas las canciones del repertorio, son las mismas del bar en el que trabajaba. El veterinario me dijo que primero debe adaptarse aquí antes de empezar los shows.

El señor Novoselic se acerca a mí y me entrega un pequeño control con un botón rojo.

—¿Qué es esto?—le pregunto, saliendo del trance.

—Con esto la mantenían a raya. Si no te obedece presiona el botón y ella recibirá una descarga eléctrica. El dispositivo está en el dije de su collar.

Miro el dije. Es pequeño y dorado, en forma de estrella de mar.

Muerdo mi labio inferior. Eso me parece excesivamente cruel. Me alegra saber que aquella sensibilidad que desarrollé al pasar tanto tiempo con animales marinos no desapareció.

—No creo que sea necesario—digo.

—Pero de todos modos tenlo siempre a la mano, uno nunca sabe.

Mis ojos vuelven a encontrarse con los de la sirena. Vuelvo a perderme en ese brillo bicolor al instante. Toco el cristal y sonrío. La criatura sigue estoica, sin apartar sus ojos de mi.

—¿Cómo se llama?—pregunto a Alfred.

—Arabella.

—Arabella—reitero.

Ella asiente despacio.

ArabellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora