Oro

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Aún no me acostumbro a tener sueños tan hermosos, tan nítidos. Cada noche Arabella se convierte en deidad de este mundo ficticio y lo transforma en discotecas, bares o pueblos costeros. Quizá lo único que conoce, lo único que ama. El lujo es demasiado, yo nunca encajo ahí. Solo me siento cómodo hasta que ella aparece.

Me pregunto si este paraíso solo puede ser alterado por Arabella. Me gustaría poder adentrarme en sus sueños y crear maravillas para ella, pero sigue siendo un misterio para mí. Lo único que sé es que nació y vivió en el mar por un tiempo, luego trabajó en ese bar de Las Vegas y ahora está en el Novoselic. Entre esos tres sucesos hay enormes espacios en blanco. Quiero saber, mas no me atrevo a preguntar. Me dejo sumergir en los sueños y solo la veo y sonrío. Luego despierto con el cuerpo ligero, sintiéndome cada vez menos miserable.

Estoy en la barra de un jazz bar. Si tuviera que ponerle un nombre, sin duda sería El Midas, pues todo es dorado: las mesas, el escenario, los cubiertos...

No hay nadie más aquí, solo Arabella y yo. Ella se encuentra en el escenario, cantando. Está desnuda y tiene piernas. No hay una banda, los instrumentos levitan y se tocan solos.

Ella está preciosa, parece la ninfa de una pintura renacentista. Me invade un ramalazo de deseo, algo que solo había sentido por Levi. Arabella se acaricia el cuerpo mientras canta, sus ojos de diosa están fijos en mí. No merezco estar aquí, no la merezco a ella. La canción termina y salgo del hechizo. Entonces me percato de que ya no solo estamos aquí ella y yo. Levi se encuentra junto a la batería, sosteniendo el bajo. Trae puesto el traje que suele usar en el Novoselic, pero no la peluca castaña. Me contempla con lujuria, como en mis más profundas fantasías.

Arabella abandona el escenario y camina hacia mí. Siento un nudo en la garganta y mi cuerpo comienza a arder.

—Arabella...—suspiro.

Arabella me rodea con sus brazos, siento sus pechos desnudos contra mí. Da el máximo de piel sin librarme de ella.

—Estamos cerca...—susurra—. Muy, muy cerca...

Despierto antes de que pase algo más.


Él, tú y yo

—¿Vas a venir hoy?—pregunto a Levi, con el teléfono entre la oreja y el hombro. Mis manos están ocupadas jugueteando con una pulsera de conchas que compré esta mañana después de ir por más latas de sopa al supermercado.

—No—contesta él—. Voy a salir con Sarah luego de ir a la lavandería.

¿Sarah? A esa amiga no la había mencionado antes. O tal vez sí, pero me ha hablado de tantas mujeres que tal vez la olvidé.

—Está bien. Acomoda las compras en la alacena, por favor. No es mucho.

—Claro. Pásala lindo con Bell, dale un beso de mi parte.

Y cuelga. Estoy a medio camino. El chófer del taxi tararea una balada que suena en la radio. Hace rato intentó charlar conmigo pero se dio por vencido ante mis respuestas tan cortas.

Me siento muy nervioso. Hoy por fin pediré respuestas.

La relación que tenemos Arabella y yo es una obra de arte preciosa y surrealista. Tal parece que Vera no estaba tan chiflada al creer en esos mitos del amor de las sirenas. El amor de Arabella arde en mis sueños y se enfría en la realidad, para consolarme cuando estoy triste. Al principio me dije a mi mismo que solo disfrutaría esta experiencia tan única y no haría preguntas, pero tras tantas noches en brazos de un Levi ficticio y una voyerista con cola de pez, la curiosidad terminó agobiándome.

Por fin llego. Pago al taxista y entro al Novoselic. Arabella me recibe en el almacén con una hermosa sonrisa.

—Te extrañé—dice.

Su voz es dulce y muy clara, aún no me acostumbro a ella. Está dentro de mi mente como una segunda consciencia.

—Yo también—contesto, sonriéndole. Voy al refrigerador por su pescado y luego abro el tanque. Ella come con la rapidez habitual, nunca disfruta.

—Te traje esto—digo, entregándole la pulsera. Ella se la pone y la contempla por un largo rato, haciendo girar la muñeca.

—Es preciosa—dice—. Muchas gracias.

—No es nada.

Me siento en la silla plegable de siempre y carraspeo, listo para tocar el tema. Arabella me clava su hermosa mirada.

—Eh...quiero que hablemos—digo.

—¿Sobre qué?

—Sobre los sueños. Todos esos lugares asombrosos que creas para mí cada noche.

—¿Te gustan?

—Me encantan. Yo sabía por mis estudios que las sirenas son capaces de comunicarse entre ellas a través de la mente y aunque hubiera mucha distancia, pero desconocía que también pueden hacerlo con humanos.

—No con cualquier humano. Tenemos que estar enamoradas y ser correspondidas.

Siento el rostro caliente. Tenía preparado todo un discurso científico, pero se evaporó ante su simple y hermosa respuesta. Ella sonríe.

—Te habías tardado mucho en hablar de esto, creí que nunca lo harías—dice—. Estoy enamorada de ti y también de Levi

Eso último me toma por sorpresa.

—¿Qué?

—Simplemente ocurrió—la sirena se encoge de hombros—. Nunca me había pasado hasta ahora, y es maravilloso.

—¿Entonces Levi te corresponde? ¿Él también puede escucharte?

—Sí, muy a su manera. Creo que aún no se ha dado cuenta de que está enamorado, tal vez piensa que es una simple fascinación. Mi voz en su interior aún es muy débil, pero en los sueños no. Los veo a ambos con mucha claridad. Son muy lindos juntos.

Abro los ojos a toda su expresión.

—Él ha de soñar otras cosas—digo.

—No. Ustedes están en el mismo lugar y se la pasan amándose como un par de adolescentes.

Mi corazón es un martillo en mi pecho. Ese Levi no era ficticio, era el real.

—Deberían hablar de eso—me aconseja Arabella—. Quizá lo entienda mejor. Tenemos una conexión muy estrecha, Jack. Él, tú y yo.

ArabellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora