Un domingo por la noche, nuestro día libre, la banda y yo vamos a nuestro bar favorito. Han pasado dos días desde que Alfred me propuso el trabajo y, una vez acepté, la tarde siguiente hubo una reunión en la que habló con todos sobre la sirena. Las reacciones variaron: algunos se quedaron atónitos, otros se emocionaron o estaban muertos de miedo. Todos los chicos de la banda (a excepción de Vera, tal como supuse) están contentos de tener a un nuevo miembro tan inusual.
El bar Red Lion es grande y tranquilo. Es de dos pisos y decoración minimalista. Siempre vamos al segundo piso porque ahí está el área de no fumadores (para disgusto de Dorian y Levi, los fumadores del grupo). Ocupamos la mesa de la esquina y pasamos largas horas conversando. Cualquier tema es suficiente, sin importar qué tan trivial sea. En esta ocasión, como muy pocas, el asunto es importante.
—El idiota de Novoselic cree que con una sirena el restaurante mágicamente va a convertirse en uno de cinco estrellas—dice Vera después de dar un trago a su cerveza—. Va a atraer unos cuantos curiosos durante un tiempo, pero nada más.
—A mí me parece una movida ingeniosa—comenta Dorian destapando su segunda botella—. Son pocos los restaurantes de esa zona que tienen a una sirena.
—Yo creo que tienes miedo de que Novoselic te despida—dice Levi, sonriendo a Vera. Dorian le da un codazo.
—Él dijo que no va a despedirla—dice Dorian—. La sirena va a ser como un instrumento más, no la vocalista principal.
Miro mi lata de refresco. Suspiro.
—Estoy nervioso—digo.
—Yo también lo estaría si en unos cuantos días me convirtiera en la niñera de una criatura salvaje y letal—dice Vera, para después posar su mano en mi hombro—. ¿Seguro que tomaste la decisión tú solo? ¿Novoselic no te presionó?
—No, para nada. Creo que me hará bien tener un poco más de responsabilidades en la vida. Además me alegra saber que al final todos mis estudios no serán en vano.
Sonrío a mis amigos, sé que ellos me ven como un hombre frágil, pero soy más resistente a la presión de lo que creen. Si tan solo Dorian y Vera conocieran mi historia, el infierno que vivimos Levi y yo cuando...
—¿Otro refresco?—dice una voz a mi lado. Miro a la camarera, una chica muy joven de rostro dulce, la cual sostiene mi lata vacía.
—Sí, por favor—respondo.
Ella me sonríe y mira la mesa. Mi lata de refresco esta en medio de siete botellas vacías de cerveza. La veo retirarse y sé perfectamente qué pensó: este hombre no encaja en ese grupo. Y es cierto, de hecho Dorian ha dicho varias veces que yo soy como la oveja blanca de la banda por mi personalidad tan tranquila. Creo que la palabra más adecuada sería "aburrido". Y mi apariencia es...ordinaria. Soy aquel que se mezcla en la multitud, que no sobresale. No obstante, al cerca de personas como Dorian, Vera y Levi, sí me distingo. Es inevitable. Mis tres amigos son unos rockeros de espíritu libre que visten de cuero y mezclilla y cada noche se ven obligados a disfrazarse y peinarse para trabajar en el Novoselic. Viven aventuras locas y, a pesar de que han metido la pata en muchos aspectos de su vida, no se arrepienten de nada. A veces me gustaría ser como ellos.
Las horas pasan, mis amigos siguen hablando de la sirena y yo los escucho. No tengo nada más qué agregar a la conversación. Vera empieza a entusiasmarse por la idea de tener una sirena en la banda y se pregunta qué apariencia tendrá.
—Hay tanta variedad de colores en las sirenas como los humanos—dice Levi—. De niño una vez viajé a San Diego con mis padres y vi a las sirenas de SeaWorld. Me sorprendí de lo parecidas que son a nosotros. Había una rubia y otra de rasgos asiáticos.
—Yo vi fotos de una que me envió un amigo, es chef—comenta Dorian—. Las paralizan y les cortan la cola mientras siguen con vida porque de lo contrario la carne se deshace.
—¡Que horror!—exclama Vera—. Creí que eso ya estaba prohibido.
Dorian se encoge de hombros.
—Lo está, pero no por eso deja de hacerse.
Siguen hablando. Ya no presto atención. La mesera regresa con mi refresco y yo no la miro a los ojos.
Labial escarlata
La banda y yo salimos del Red Lion en cuanto oscurece. Quiero ir a casa y tomar una siesta, pero, como casi siempre, terminamos yendo a un club nocturno.
Contrario a lo que la mayoría de mis compañeros de trabajo piensa, me gusta ir a los clubes. No suelo socializar ni bailar, solo me siento a contemplar el ambiente. Eso me pone de buenas. Amo la música atronadora, la maraña de cuerpos danzantes y el aroma del sudor mezclado con perfume de mujer.
En esta ocasión estoy en una mesa del segundo piso. El club Stellar tiene una pista de baile enorme en el primer piso y desde aquí puedo verla perfectamente. No tardo en encontrar a Dorian y a Vera en la barra, charlando con el bartender. Busco con la mirada a Levi. No hay rastro de él en la pista de baile.
Quizá ya salió de aquí, pienso. Él nunca abandona el Stellar solo, quizá ya encontró a alguien. Solo llevamos 20 minutos aquí, se superó a sí mismo. El camarero me trae otro refresco. Le doy las gracias y vuelvo a concentrarme en la pista. Ahora el ritmo de la canción es más rápido y las luces no dejan de parpadear. Entonces por fin lo encuentro.
No está en la pista, sino en un rincón, contra la pared. Está besándose con una chica bajita, así que permanece inclinado. Sus cuerpos están muy juntos, y me estremezco al imaginar la fricción y la temperatura corporal de ambos. Levi es un depredador, no la deja respirar, y a ella parece encantarle. No puedo dejar de verlos, creo que soy un masoquista.
La chica trae pantalones muy cortos y es rubia, tal como le gustan. Siento el impulso de contemplarlos más de cerca, y decido dejar la mesa para bajar al primer piso, junto a la barra, cerca de donde están. Las manos de Levi la acarician y aprietan, y, cuando se separan por un momento, veo los labios de mi amigo manchados de labial rojo.
Un leve pinchazo se apodera de mi pecho. Trago saliva.
¿Por qué, Levi?
Yo podía lidiar con este sentimiento agridulce antes de que me besaras. Ahora cada vez es más difícil.
Solo bastó una vez.
—¡Jack!—dice Vera acercándose a mí—. No te había visto, creí que seguías arriba. Ven, vamos a bailar.
Toma mi mano. Está sonriendo.
—Está bien—respondo—. Pero te advierto que soy malísimo.
ESTÁS LEYENDO
Arabella
Short StoryJack Lovelace es el saxofonista de una banda de jazz que toca en un prestigioso restaurante. Levi, el bajista, es su mejor amigo y la única persona por la que ha sentido algo parecido al amor. A pesar de quererse tanto siempre hay cierta distancia e...
