No lo digas, Vera

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—Eres un misterio, Jack—dice Vera con una leve sonrisa.

Doy un sorbo a mi café negro.

—¿Lo soy?

Mi amiga me ve con ternura, como si fuera un niño o un cachorro.

—Eres muy bueno escuchando, pero casi no hablas e ti.

—No hay mucho que decir.

Y es cierto. Además, siempre me da algo de ansiedad cuando todos me miran mientras hablo. A veces no me entiendo: puedo soportar más de cincuenta miradas cada noche en el restaurante, pero no tres mientras hablo.

Es la quinta vez que salgo con Vera. La hemos pasado muy bien y ella me ha enseñado lugares interesantes de la ciudad, como este café que es tan rosa y adorable como una casa de muñecas. Con Levi y Dorian solo vamos a los mismos cinco lugares de siempre.

Vera sonríe, me dice lo buen amigo que soy y rememora el día que nos conocimos hace casi tres años en la cochera de Dorian para ensayar. Yo la escucho a medias, pues mi mente está en otro lado. Todavía no digiero del todo lo que me dijo Arabella respecto a nuestra relación y los sueños. Levi me ama y me desea, no puede ser. ¿Por qué no me lo dijo antes?

Pido más café a la camarera.

Levi sí me dijo que me ama una vez, pero yo no comprendí la profundidad de su confesión. ¿Y cómo esperaba que lo hiciera? Yo creía que íbamos a morir. Esto es culpa de ambos por no volver a tocar el tema. Pero eso ya no importa, ahora lo sé y ambos aún somos jóvenes, tenemos mucho por delante. Esto es un sueño hecho realidad, nunca mejor dicho.

—Estos últimos días has cambiado mucho—dice Vera después de comer un poco de su pastel de Oreo. Es tan oscuro como su cabello—. Eres más abierto y más alegre. Eso me agrada, pero admito que tu belleza triste me fascinaba también.

¿"Belleza triste"? No sé cómo reaccionar ni qué decir. La última persona en llamarme "bello" fue mi madre.

No tardo en sentir el rostro ardiendo.

—Estás rojísimo—dice Vera, tomando mi mano por encima de la mesa—. Escucha, no tienes idea de todas las veces en las que he intentado armarme de valor para decirte esto.

Desvío la mirada. No lo digas, Vera. Estamos muy bien.

—Eres diferente a todos los hombres con los que he salido—dice, su rostro enrojece también—. Me has gustado desde hace tiempo, Jack. Eres muy dulce, es imposible no enamorase de ti. Yo...creo que podríamos ser muy felices juntos.

Me lastima su mirada suplicante y sus mejillas rosas. Esto es tan repentino.

—Significa mucho para mí que me digas esto, tú sabes lo mucho que te aprecio—digo—. Pero no siento lo mismo. Yo estoy enamorado de otra persona. De Levi.

Es la primera vez que lo digo en voz alta. Siento un peso menos encima, es increíble. Vera me mira con los ojos muy abiertos, como si la hubiera apuñalado. Creo que va a irse, pero no lo hace. Se queda en silencio un momento.

—¿Y desde cuando estás enamorado de Levi?—pregunta después de un rato.

—Desde hace más de diez años.


Galletas danesas

Estaba sentado en mi cama con la computadora portátil sobre el regazo. Craig, mi compañero de habitación, seguía en el escritorio viendo una película de acción. Usaba unos vistosos audífonos rojos, y desde donde me encontraba podía oír los disparos y las explosiones.

Seguí esperando. Entonces, por fin, entró la video-llamada de Levi y contesté rápidamente.

—Disculpa la tardanza—dijo—. La jefa se quedó hablando conmigo como por treinta minutos. Le caigo muy bien.

Yo no tenía dudas. Él le agradaba a todos los que llegaban a conocerlo.

—¿Cómo te va en el café?—le pregunté, sonriente. Él se encontraba en la sala de su casa, aún vestido con el uniforme del café. Hacía una semana se tiñó el cabello de azul rey para parecerse al vocalista de su banda favorita. Ese color se hubiera visto ridículo en cualquier otro chico, pero no en Levi. Parecía todo un rockstar.

—Es un café popular así que siempre hay mucha gente y mucha presión—contestó—. Pero me gusta. El aroma del café es relajante y mis compañeras son lindas. Ya hay bebidas y dulces nuevos por la temporada de otoño, así que todos olemos a especias de calabaza. También hay unas galletas danesas que están geniales, cuando vengas te daré una caja.

—Me encanta la mantequilla.

—Lo sé. Por eso estoy seguro de que van a gustarte.

Después de graduarnos Levi consiguió un trabajo de barista en Jolie, un café de franquicia que recién se había abierto en la plaza comercial. Tres veces por semana, en las noches, tocaba el bajo en un bar punk. Yo estaba en el campus de lunes a viernes y pasaba el fin de semana en casa de mi madre. Levi y yo solíamos ir al bar y lo veía tocar. Todos los miembros de su banda me parecían simpáticos.

—¿Y tú qué me cuentas?—preguntó.

Le hablé de mis clases y de los libros que había leído. No había mucho que contar. Pasaba mis horas libres viendo películas con Craig, quien era tan tranquilo como yo. Me esforcé en sonar entusiasmado, pero la verdad había odiado la universidad desde el primer día. Eso cambió conforme avanzaron mis estudios, pero igual los dejé al final.

Echaba mucho de menos a Levi. La vida era un poco más llevadera con él. Se veía tan radiante, tan feliz con su trabajo. No me necesitaba, en cambio yo sufría al no poder verlo todos los días. Esa noche hablamos hasta las 9. Me dormí con una sonrisa, esperando que la semana pasara rápido.

Cuando llegó el viernes mi madre fue a recogerme pasadas las cuatro de la tarde. Mi plan era esperar hasta el día siguiente, pero terminé llamando a Levi en cuanto estuve en casa.

—¿Sigues en el trabajo?—le pregunté.

—Salgo en quince minutos. Iré a tu casa.

—Está bien. Hasta luego.

Colgué y dejé mi teléfono sobre la mesa. Mi madre me hizo un sándwich y comimos juntos. Levi llegó al poco rato con la caja de galletas danesas. Mi madre preparó café y las disfrutamos mientras conversábamos. Vi de soslayo a Levi, quien escuchaba a mi madre con total atención. Contuve las ganas de decirle lo mucho que me hacía falta.

ArabellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora