CAPITULO 9

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   La mañana siguiente comenzó tranquila para Bruno, aunque no se podía decir lo mismo de Amelia. Ella, desde horas muy tempranas había sido llevada de un lugar a otro, los doctores, enfermeros y demás trabajadores del hospital era su vista de toda esa mañana, y sin dejar atrás los pinchazos de las agujas extrayéndole sangre para los respectivos estudios y la suministración de los analgésicos. Al llegar la tarde se encontraba más que agotada, pero a la misma vez aliviada de no haber recibido visitas indeseables, es decir, de sus tíos. Aunque en su interior quería recibir la visita de su mejor amiga, Sandra, quién no había podido ver desde varios días, y eso lo detestaba. Por su mente pasaban miles de cosas, y una de ellas aparte de Sandra, de su hijo, era el castaño quién tampoco había hecho acto de presencia. Lo que ella no sabía era que Bruno había pasado por su habitación antes que ella despertara, viéndola dormir desde lejos era gratificante para él, y justo antes de que fueran por ella, regresó a su habitación.

  El sonido de dos toques a la puerta la sacó de sus pensamientos, y antes que ella respondiera una mata de pelo rojizo se asomó en la entrada y luego un par de ojos verdes la miraron llenos de felicidad, Amelia no dudó en sonreirle y eso bastó para que la pelirroja se adentrara en la habitación envolviéndola en sus brazos. Sandra llevaba el cabello suelto y sus rizos arroparon el rostro de Amelia haciendo que ella aspirara el aroma a coco y miel que estos desprendían, indudablemente extrañaba ese aroma; un aroma que sólo Sandra tenía y que le hacía recordar la seguridad que tenía en sus brazos.

  La pelirroja se alejó buscando la mirada de la castaña, al encontrar sus ojos acaramelados los halló vidriosos y su nariz se mostraba un tanto rosada, la acunó entre sus manos detallando esa mirada, buscando un indicio de libertad, de arrepentimiento, de quizás, por algún segundo, de valor...

  —¿Por qué lo hiciste Lia? —Sandra indagó, y Amelia no soportó más su mirada apartando su rostro hacia el otro lado—. Sé que no fue un accidente.

  Sandra dio la vuelta a la camilla colocándose de nuevo frente al rostro empapado de lágrimas de Amelia. Suspiró sonoramente y luego acercó el banquillo a la camilla sentándose en el.

  —Esa noche, con ese último mensaje noté que harías alguna estupidez de las tuyas... —curvó sus labios en una mueca—... Y no me equivoqué. Y cuando recibí la noticia, yo... Yo no supe como reaccionar. Mi hermano, tú... ¡rayos! Los dos querían matarme. —para ese momento su rostro se encontraba rojo y las lágrimas lo surcaban sin piedad. Buscó la mirada de Amelia, pero ella mantenía sus ojos cerrados, sintiendo el peso del dolor en cada palabra dicha por Sandra.

  —Perdóname... —dijo a media voz, el nudo en la garganta apenas y le dejaba decir algo, pero aun así se esforzó para seguir hablando—. No soporté más San. Tenía que terminar con todo ese sufrimiento.

  —¡¿Pero tenía qué ser así?! —negó con la cabeza soltando un ruidoso soplido—. ¡Pues no Amelia! No tenía por qué ser así. ¿Cuántos años llevo repitiendo que debes huir de ahí? —espero alguna respuesta y al no recibirla continuó—: ¡Cinco años! ¡Cinco Amelia! Pero no, tú querías salir de ahí con los pies por delante. Vaya chiste amiga, aplausos. —Sandra palmeó sus manos sin gracia y el rostro de Amelia se endureció. Si la quería hacer enfadar lo estaba logrando.

  —¡Ya! ¡Demonios ya! —gritó la castaña furiosa tapando sus oídos. Sandra se detuvo al instante en tornando los ojos sorprendida, muy pocas veces veía a su amiga salirse de sus casillas—. ¡Estoy harta! Estoy harta de que me juzgues, que andes por ahí diciéndome que hacer o que decir, ¡no eres mi madre!

  —No, no lo soy. ¿Pero crees que es fácil para mí estar cuidando tú trasero? —la miró fijamente—. ¿Acaso es fácil quedarse de brazos cruzados mientras que la persona que amas deja que le desbaraten la vida así sin más?

Aunque Sangre el AlmaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora