CAPITULO 21

13 4 0
                                        


  La semana transcurrió de forma rápida. Cada quién en la cabaña hacia lo posible para que el aire incómodo y estresado de los últimos días, disminuyera; mas sin embargo, el objetivo no se lograba. Desde el día en que Amelia se defendiera de Gerardo, las cosas resultaron ser peor de lo que esperaba Bruno. Él se encontraba dolido, puesto que la castaña de un momento a otro se encerró entre un caparazón de indiferencia; sí, se hablaban, pero las conversaciones no avanzaban más después de un simple «Hola» de un «Buenas noches» «Qué descanses o de un seco y doloroso «Adiós». Era duro para ambos, cada uno era atormentado por sus demonios internos; los espectros bestiales rasgaban sus almas, desangrandolas; hiriendo y robando cada ápice de esperanza, simplemente les resultaba abrumadora.

  Los días para Amelia se volvieron sombríos, huecos y agonizantes; los días se volvieron en negrura. Las noches eran peor para ella, las pesadillas arropaban su sueño hasta desvanecerlo, dejándolo es nada; sombras terroríficas y burlonas que surcaban su mente hasta enloquecerla. Su aspecto se había tornado igual de decadente: sus ojos no parecían mas que dos cuencas lúgubres, sin brillo y fijos en la nada; rodeados por un color grisáceo y violeta, esto unido a sus labios pálidos al igual que su rostro.

  Bruno se sentía frustrado, dolido y colérico. Los días para él no se diferenciaban muchos de los de ella; sombríos, huecos y agonizantes, y sus noches eran similares; cada noche salía de su cama para correr hacia la de ella, y acunarla entre sus brazos. Los gritos de dolor y terror de la muchacha lo despertaban; aunque igual apenas y podía pegar un ojo. No obstante, él mantenía la esperanza de que todo mejorara, aún a pesar de los comentarios satíricos que soltaba el Oficial Jiménez.

  La mañana del jueves, primero del mes de junio, las cosas parecían haber mejorado. Amelia había dormido toda la noche sin despertarse en lo absoluto; ningún grito, ningún quejido o llanto, y al despertar, luego después de no haber salido de la habitación por una semana entera, se encontraba en la cocina; sentada en la silla, reposaba sus codos sobre la mesa, y sobre sus palmas dejó caer su cabeza. Pensaba en que quizá, podría preparar el desayuno y darle una sorpresa a todos. Se puso en pie, e hizo una mueca al sentir el suelo frío debajo de ella; apenas el sol vislumbraba por detrás de las montañas, así que no faltaría mucho para que el calor mañanero arropara la cabaña entera, dando un aire cálido y acogedor.

  Se remangó hasta los codos el suéter violeta que llevaba puesto y rebuscó en los gabinetes suspendidos sobre el fregadero un bol, al encontrarlo lo dejó en el mesón. Al dirigirse a la nevera, se quedó estática al encontrar a Bruno sentado en el puesto que minutos antes había ocupado. Parpadeó nerviosa y retrocedió sin saber por qué, pero dentro de ella un temor se alojó al ver su rostro duro e ilegible, y sus ojos no se veían tan claros como las otras veces; se hallaban turbios y sombríos, e incluso lúgubres. Tragó grueso y volvió a dar un paso hacia atrás en cuanto él rodó la silla para levantarse. Esta vez fue su turno de parpadear aturdido, y compungido ante su indirecto rechazo.

  —No pensé que me tuvieses miedo —expresó dolido con la cabeza gacha. Respiró hondo y sin esperar respuesta se giró para irse de la cocina. Entonces la voz que tanto había anhelado oír, llegó a sus oídos; apagada, y cansada, pero llegó a oírla.

  —No es así...

Bruno volvió a girarse, encontrándose con los ojos cristalinos de ella. Algo dentro de él se removió, y sin soportado más acortó la distancia entre ambos. La oyó respirar agitada, como si el solo hecho de tenerlo cerca alterara sus emociones, y era así, más no como pensaba. Amelia apretó los labios inspirando el aire con dificultad; el aire olía a él, a Bruno y, eso aunque le gustó, la convirtió en un manojo de nervios; tiritante ante su mirada inquisitiva.

Aunque Sangre el AlmaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora