CAPÍTULO 25

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– Hay muchas cosas que desconoces, Constanza –Gerardo entró en la habitación dejando a una asqueada y aterrada Amelia en la entrada; apenas y podía estar ahí, el olor nauseabundo que impregnaba el lugar le producía arcadas a cada segundo–. ¿Crees que estos dos nos quisieron ver la cara de tontos? –soltó una risa que sobresaltó a la castaña. El hombre se acuclilló a centímetros de la mujer y en un movimiento brusco jaló su cabeza hacia atrás. Amelia abrió los ojos al reconocer a la mujer llena de moretones–. Eso fue una mala idea… Tengo oídos y ojos en todos lados… –con su mano libre palmeó la mejilla amoratada de la mujer, y esta soltó un quejido de dolor sin abrir bien los ojos, se encontraba débil–. Ahora que estás despierta,  es momento de que Amelia sepa la verdad, ¿quieres saberla? –esta vez se dirigió a Amelia, su cuerpo tiritaba sin su consentimiento y sin saber el por qué asintió sintiendo como un calor se extendía por su pecho.
 
  Aunque no entendía de que era lo que estaba hablando Gerardo, algo en su interior anhelaba conocer el pasado de sus padres; un pasado que incluía a sus tíos y a ella misma.

   Gerardo tomó a la mujer por un brazo y a duras penas esta logró arrastrarse hasta salir de la habitación y dirigirse a la principal. La soltó provocando que se golpeara con el piso, y al instante aulló de dolor. Gerardo se había ensañado con ella, procurando en lo más mínimo extender su dolor sin producirle la muerte, no aún; no hasta que la verdad de todo saliera a la luz y Amelia lo supiera todo.

  Amelia se vio obligada a entrar a la habitación, no quería estar ahí, y mucho menos después de lo que había presenciado minutos antes en su antigua habitación. Gerardo le tendió una silla, y ella lo miró recelosa, « No puedes estar tanto tiempo en pie… Es por el bebé. » Le dijo al momento, así que no tuvo más remedio que acceder. Para con la mujer no hubo el mismo trato, en cambio con un jalón de cabello fue arrastrada hasta quedar frente a la castaña, ambas se miraron; una lo hacía con desprecio a pesar de su posición, y la otra solo expresó un lamento silencioso. Su cuerpo entero se tensó al sentir las grandes y pesadas manos de Gerardo posarse en sus hombros y con lentitud se acercó a su oído haciéndola estremecer nerviosa.

  – ¿Sabes para qué te traje? –ella negó sintiendo el olfato del hombre sobre su oído, él continuó–: Bien… –se alejó y Amelia soltó el aire contenido desde hace minutos.

   La mujer encontrando su voz gritó furiosa–: ¡MALDITO! –Amelia dio un respingo–…Y TÚ, SIEMPRE SUPE QUE ERAS UNA ZORRA AL IGUAL QUE… –la mano de Gerardo la hizo callar de un manotón partiéndole más el labio, ella escupió su sangre en el piso mientras veía con el odio en sus ojos al hombre.

  Amelia se llevó las manos a la boca ahogando un grito.
 
  Siempre supo de lo que su tío era capaz de  hacer, pues ella misma había sido su juguete por un año entero, pero ahora, verlo golpear y maltratar a otra,  no podía creerlo. Quería salir de ahí, sin embargo sabía que al mínimo movimiento el hombre estaría sobre ella en un santiamén y hasta sería capaz de dañar a su propio hijo, así que, haciendo el mayor acopio de su voluntad se sostuvo de la silla para no salir corriendo de ese lugar.

   – ¿Aún crees qué estás en posición de ofenderla? –preguntó el hombre en un tono frío y malévolo. El pánico se podía ver en los ojos negros de la mujer al ver el arma desenfundada, Amelia sintió lo mismo–. No. Yo no soy el que va a matarte  –dijo explicándose–, ella lo hará…

   Al momento en que Gerardo se giró, viéndola con esos ojos gélidos y oscuros sintió el miedo invadirla con más profundidad. Inhaló, y exhaló, sintiendo como su cuerpo hiperventilaba. El hombre al darse cuenta se acercó tomándole del rostro. Intentó rehuir a su mirada pero fue algo imposible.
 
  –Tranquila… –habló tan cálido y pasivo como muy pocas veces se dirigía a ella–, cunado sepas todo… querrás hacerlo… –le dedicó una sonrisa, que si no fuese por sus palabras hubiese sido reconfortante.

Aunque Sangre el AlmaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora