28. En el nombre de Dios

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Minch estaba en su oficina, leyendo la noticia del diario que hablaba de la detención de los implicados en el caso de la jaula. Oscar Poly había estado más que satisfecho con el trabajo en conjunto de cada uno, aunque no le había agradado nada que se expusieran de tal modo y menos sin su autorización para algo tan arriesgado. Fuese como fuese, todos o al menos la mayoría en la comisaria sabían que gracias a él había sido posible atraparlos a todos.

Para Minch tampoco se le escapaba que muchos se preguntaban que había sido de Emily Tate. La había visto en la jaula de aves ¿habría salido ilesa de ahí? ¿Le habrían hecho algo? Ella no había atacado a los implicados en la jaula, eso era seguro.

Luego de la noche en que se habían infiltrado, Fedora había llamado a uno de los dibujantes de la comisaria y le había pedido un retrato hablado de Emily Tate. Pese a que el dibujo era bueno, Minch no sentía que se pareciera del todo a ella.

El teléfono sonó, sacándolo de su ensimismamiento.

–Habla Minch –dijo sin ánimo.

–Soy Gina, tenemos que hablar, reúne al equipo.

A Fedora le causó gracia que Gina los llamara así, aunque no se podía negar que definitivamente eran un buen equipo.

Cuando los cuatro estaban en casa de Gina, notaron que la sala estaba atiborrada de papeles y fotografías de niños. Incluso la dueña de casa parecía no haber dormido nada.

–Qué bueno que llegan –los recibió Gina –les tengo algo de información acerca de unas las carpetas que me enviaron después de lo de la jaula.

– ¿Pudiste descifrarlo? –preguntó Felicia sabiendo bien la respuesta.

–Me tomó un poco de tiempo a decir verdad –confesó Gina –revisé los informes de hace seis años de niños perdidos y los cotejé con las descripciones que había en la carpeta de la jaula, resulta que al menos el 50% de éstos niños fue a parar allá.

A Felicia se le rompió el corazón escuchar eso, ella era madre de dos pequeñas y no quería imaginar algo tan aberrante como ese escenario.

–Niños subastados... –recordó Minch lo que había dicho Meg la noche que se habían infiltrado – ¿algo más?

–Los niños que llegaban a la jaula tenían entre cinco y nueve años –le pasó un listado de nombres a Felicia que estaba más cerca –al igual que con las aves debían presentar atributos exóticos, pero a diferencia de las "aves" éstos podían venderse mucho más caros y en mayor cantidad.

– ¿Mayor cantidad? –preguntó Bert.

–Creo que no los vendían de forma individual –comentó Gina cansada –los malditos alcanzaron a borrar parte de los archivos de venta y mercancía. Esto me está costando más de lo que creí.

De las veces que habían visto a Gina, esta era la primera vez que la veían tan desgarbada. Estaba ojerosa y desaliñada. Meg sabía que Gina había estado trabajando varios días y noches sin descanso.

♢ ♢ ♢

La noche caía una vez más y seguía siendo el mejor cómplice de las bestias y de quien cazaba a las bestias. Emily Tate había llegado al convento "Santa Juana de la Misericordia" en medio de una ventisca fría. El gran edificio construido a inicios del siglo pasado era tan frío y lúgubre como esa noche. Hace tan solo unos días había muerto por causas naturales una bestia que nunca había pagado por sus crímenes, sin embargo, no era el único que debía pagar por sus crímenes.

La noche que Emily Tate había visto cara a cara a su cazador, había descubierto que en el convento de Santa Juana de la Misericordia que estaba tras la iglesia que llevaba su mismo nombre, aún había secretos guardados bajo siete llaves. Hasta donde sabía, antes que muriera el bastardo de Volker Shaffer, aún mantenía estrecho contacto dentro del convento donde muchos pequeños habían sido violados y abusados desde hacía décadas.

La Bestia de la CalleDonde viven las historias. Descúbrelo ahora