13. Un informante codicioso

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Fedora conducía con calma hasta el barrio Rojo, la zona donde había un alto grado de prostitución, venta de alcohol y sobretodo, drogas. Las había por montones, desde la suave y cálida marihuana, hasta las más duras y crueles, como la pasta base, y se hablaba de nuevas drogas, como krokodil, polvo de ángel, aliento del diablo, entre las muchas que habían, y llegaban a cada rato.

Minch conducía en calma, pero de soslayo observaba a Linker, que parecía petrificado mirando el camino de frente, en la parte trasera, Meg Hedo iba sentada con sus largas piernas cruzadas, mientras leía un reporte acerca del hombre que verían. Estaba tan concentrada leyendo, que no hubo una mayor interacción mas que los suspiros de Bert, que empezaban a irritar a Minch.

Cuando cruzaron una calle, llamada Betona, Linker supo que había llegado, a la morada donde el mal nacía. Nadie en su sano juicio iría allí, a no ser que realmente supiera donde se estaba metiendo. Dos cuadras antes de estacionar en la calle Almeida, Fedora bajó la velocidad, y rompió el silencio.

–El hombre que veremos ahora, es una verdadera rata, les sugiero, que porfavor me dejen hablar solamente a mí, y no quiero que lo increpren o lo intimiden, porque de lo contrario no nos ayudará.

–¿Y si no quiere cooperar? –preguntó Hedo con una ceja alzada.

–Lo hará, solo que él tiene sus mañas –la miró por el espejo retrovisor –preferiría que te quedarás cuidado el auto.

–¿Y porqué debería?

–Porque llevas una condenada falda corta –su tono desdeñaba molestia.

–Mi falda es lo de menos, no debo porqué sentirme inferior –su ceja alzada parecía que saldría volando –además, no pienso avergonzarme o sentir miedo, ellos deberías sentirlo.

–Ustedes las mujeres, siempre con la loca idea de que esa clase de hombres las va a respetar por uno u otro medio –suspiró hastiado –una vez bajes del auto, intentarán algo enseguida, estás aquí adentro, y aún así ya te observan lujuriosos.

Bert salió de su trance y observo a Fedora, preguntándose si el también sentiría algún tipo de deseo por Meg. Hedo en cambio cerró la boca, y observo con sigilo por la ventana. Minch tenía razón, aun no llegaban, pero ya habían comenzado acechar desde los edificios. No iba a dejar que la intimiden.

Aquel barrio era como una ciudad aparte. Era la zona donde había un alto grado de violencia y por lo general la justicia no se metía ahí, solo los investigadores de la policía, en casos muy específicos.

Fedora estacionó el auto, frente a un edificio de tres pisos, que no tenía nada llamativo, ni siquiera los diminutos balcones. O la pintura corroída por el tiempo.

Bajaron del auto, y Meg enseguida se sintió observada, de las ventanas de los edificios, de los autos, de los que transitaban y de los que estaban sentados en la vereda. Una mujer era una presa en esa zona, no importa si se trataba de una policía, de una boxeadora o una karateca, Hedo estaba segura que cualquiera que tuviera una vagina entre las piernas, se sentiría igual de intimidada, asustada o abusada con la mirada.

Minch caminó hacia la entrada del edificio, pero un hombre de aspecto fiero y tatuajes de nombres y cruces y serpientes, se le cruzó, impidiéndole el paso.

–Lindo auto –dijo de brazos cruzados, con una sonrisa tosca y prepotente.

–Eso creo –dijo indiferente el veterano –lindo tatuaje –indicó uno de una mujer desnuda, siendo penetrada por un minotauro.

El hombre comenzó a reírse de forma delicada, y los dejo pasar, no sin antes darle una fuerte nalgada a Hedo, que era la última en pasar. La chica que había sido la mejor de la academia, que sabía a la perfección artes marciales, de estrategia, de armas, y como consolar a alguien después de una agresión o de la pérdida de un ser querido, se quedó pasmada en la vereda, sin saber que hacer, con el cuerpo rígido, en shock, queriendo llorar.

La Bestia de la CalleDonde viven las historias. Descúbrelo ahora