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Habían arribado a la habitación que ambos compartían luego de otro largo camino de silencio. Ni siquiera Dazai hablaba. Una vez que abandonaron el bosque se rompió la burbuja que los envolvió aquella tarde; la magia creada por ellos mismos, producto de los sentimientos e impresiones de los adolescentes, los había cubierto completamente, cegándolos de todo lo que no fuera su acompañante, ensordeciéndolos de los ruidos de la ciudad y haciéndolos inmune a cualquier cosa que no fuera la delicadeza del toque del otro.

Aquellas horas que habían pasado dentro de ese hermoso bosque, hora que jamás dejarían escapar de sus memorias, los había privado de todo el mundo de violencia y soledad en el que vivían, como si pudiesen dejar sus pasados atrás e intentar ser felices juntos.

Sin embargo, una vez fuera de aquella utopía, los invadió el olor a sangre de Yokohama, aquella maldita ciudad que amaban. El hechizo se rompió y cada uno bajó a la tierra, sintiendo nuevamente la lejanía del otro y el deseo de sentirse nuevamente. Se miraron, el mar chocando contra la oscuridad, sintiéndose incapaz de mezclarse el uno con el otro. Habían mirado hacia el suelo y emprendido el largo camino.

Al llegar al pasillo que guiaba a sus aposentos ya se encontraban un poco más sosegados, sin sentir tan intenso aquel distanciamiento entre ellos. Chuuya abrió la puerta e ingresaron. Una vez dentro, cada uno se arrojó a su respectiva cama.

—Chuuya, ¿tú ya te quedas? —rompió el hielo. El aludido lo observó con detenimiento en aquella habitación semioscura.

—Pues ¿no es obvio? ¿Adónde iría? —acomodando su almohada.

—No lo sé. ¿Eso significa que no me evitarás más? —sonrió socarrón.

—Al menos por hoy, no me han surgido ganas de huir de ti.

—Entonces, acompáñame —contestó tranquilo.

—¿A dónde? —preguntó con desinterés—. Tengo intenciones de descansar.

—Vamos, no seas aburrido, Chuuuuuuya —protestó—. Estaba por ir a Lupin —le sonrió con un deje de burla, recordando sus celos. Vio su cara de molestia—. Podría presentarte a mis amigos, ¿no lo crees?

—¿Y para qué querría relacionarme con alfas? —se recostó refunfuñando—. Agradezco tu generosa oferta, pero no tengo interés.

—No lo sé, dime tú —comentó Dazai más bajo—. Fuiste tú el que se estaba dejando cortejar ayer por el subordinado de Kouyou.

—Eso no es así —exclamó el omega, acostado sobre su espalda y apoyado sobre sus codos—. De cualquier forma, no tengo por qué explicarte nada —se recostó de nuevo—. Así que vete.

—De acuerdo —se quejó—. Pero no me gustó nada. Al igual que a ti no te gustó verme con Odasaku —Chuuya se volteó con indignación en su mirar. Luego de unos segundos respondió.

—A pesar de eso, tú no dejarías de ver a Oda, lo cual me parece correcto. Yo no tengo por qué interferir en tus relaciones con los demás, como tú no debes meterte en las mías —dictó. Dazai asintió, por supuesto que no se alejaría de Oda. Chuuya tenía razón—. Por lo que te pido que no confundas las cosas. Accedí a darte una oportunidad, lo cual no significa que triunfarás. Es simplemente una única chance, que con tu posesividad echarás a perder —lo miró firme—. Yo no soy cualquier omega ni me dejo cortejar por cualquiera. Deberías saberlo.

La mirada tan intensa entre ambos. Dazai, al contrario de sentirse intimidado o decepcionado, se sentía arder en deseo por su compañero. Verlo de esa manera, tan imponente y no como el enano patético que solía ver, lo volvía loco. Le encantaba sentirse desafiado y que fuera tan testarudo y fuerte. Y lo que provocaba un inmenso incendio en su pecho, era que fuera un omega tan imponente y difícil de someter; su alfa interior adoraba aquello.

Sobre instintos y amores ||Soukoku||Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora