Danzaron lentamente en aquella sala que, igual que el bosque, era hipnótica, envolviéndolos en una burbuja a salvo de todo mal, lejos de la muerte que los rodeaba día a día. Aquella burbuja donde solo podían concentrarse en la presencia del otro; sus cuerpos rozándose y sus instintos amándose, sintiéndose en paz.
—¿Alguna vez has hecho esto antes? —preguntó Chuuya en un susurro, bajando su mirada para dirigirla hacia el pecho de Dazai.
—Nunca —negó, sin dejar de mirar a su compañero. Aunque no pudiese verlo a los ojos en aquel momento, seguía observando sus cabellos y el bello movimiento de su pequeño cuerpo.
—Ya veo —observó—, porque eres pésimo —rieron.
—Qué cruel eres, Chuuuya —sonrió con dulzura, una que olvidaba poseer—. Tú tampoco eres estupendo.
—Pues no, pero lo hago mejor que tu —se burló—, al menos no te he pisado.
—Es porque mis pies son muy grandes para tus pies de bebé, enano.
—Cállate, bastardo.
La música era hermosa, tan dulce y emocionante. Con su sonar abarcaba la habitación entera, bañándola en su primorosa armonía. Era lenta y les proporcionaba más ganas de abrazarse y sentirse cerca.
Las mentes de ambos estallaban en sensaciones que seguían sintiéndose nuevas, como si fuera la primera vez que se tomaban así. Ambos pensaban en lo que era sentirse completos. Pensaban que era algo irrepetible.
Chuuya aspiraba el olor en el pecho del alfa, sintiendo como este liberaba sutilmente sus feromonas, con aquel olor que le ofrecía tanta paz en momentos como aquel; un olor que podía trasladarlo al bosque, hacerle recordar su primer beso, hacerle memorar esa misma mañana; todo eso, en un solo segundo y con una sola inhalada. Efectivamente, era como una droga.
La mano de su compañero le apretaba la cadera con un toque dulce pero simultáneamente posesivo, recordándole que estaba ahí y que solo sería él. Nakahara decidió subir su mirada para volver a formar aquel vínculo implícito, para dejar que el mar de sus ojos peleara incansablemente con la oscuridad rebosante en los ojos del otro, centelleante en peligro. Lo observaba con detenimiento y podía llegar a escrutar aquella crueldad que podía caracterizar a su compañero que, siendo tan joven, ya era de los máximos exponentes de la mafia y el mejor torturador. Era difícil ver eso en una mirada que en aquel preciso momento le dedicaba toda su atención de manera dulce. Generaba un sentimiento tan complejo, el hecho de pensar que aquellos ojos que en aquel momento lo miraban con delicadeza, habían visto muchísimas muertes y sufrimiento. Que esos ojos tan bellos y oscuros para él, le crispaban la piel con emociones indescriptibles; mientras que a otros, esos mismos ojos les dictaron la muerte y eternas pesadillas. Eso lo llevó a recordar las veces que presenció la aparición del aura siniestra que rodeaba a Dazai cuando se dejaba llevar por la situación.
Recordó cómo se electrizó su piel ante la desazón de verlo seguir disparando con frenesí a un cuerpo ya inerte. Chuuya se estremeció ante aquel pensamiento, y pudo sentir que su pareja lo notó y lo aproximó más a él. Miró a Dazai y decidió que no le importaba. Ninguno había hecho cosas por las cuales debían o podían sentir orgullo. ¿Quién era él para juzgar al castaño? Ambos habían tenido vidas similares y crudas, y claramente cada uno lo había manejado a su manera.
Además, Osamu había sido criado en manos de la mafia, no podía pretender que no estuviese más dañado que él, ni tampoco podía acusarlo de tomarse las vidas de los demás a la ligera, incluso la suya propia, cuando nunca aprendió a valorarla; había sido educado y había crecido para ser la mano derecha del jefe y posteriormente su sucesor. No le habían dado espacio más que para sembrar un alma despiadada y sin preámbulos. El pasado debía permanecer allí, y no sería él quien lo desenterrara.
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Sobre instintos y amores ||Soukoku||
FanfictionDazai es un alfa, futuro jefe de la Port Mafia. Chuuya espera ser un alfa, uno mucho más fuerte que su compañero. Sin embargo, cuando un Chuuya de dieciséis años sufre su primer celo, nada sale a su favor.
