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Los días pasaron, y Dazai los dejó pasar. Que pasaran, que avanzaran y ayudaran a que las ideas se cimentaran dentro de Chuuya.
Si bien seguían haciendo misiones juntos y compartiendo habitación, Nakahara hacía todo rápido, eludiendo el contacto y las miradas; mientras que Dazai no había intentado desplazarse ningún paso. Ése era, justamente, su movimento.
Mientras a Chuuya le incomodaba su compañía, él la disfrutaba y se divertía más de lo normal. Por las noches, cada par, visitaba el bar para hablar con sus dos amigos y evaluar su siguiente paso con Chuuya.

Si no hubiese sido por las palabras de Ango y, sobre todo, de Oda, nunca habría decidido llevar adelante aquello. Nunca se hubiese dado cuenta de que lo que necesitaba era unir su mente, su cuerpo y su alma. Solo allí encontró su respuesta. Chuuya era patético y sonso, sí, con un terrible sentido de la moda y era un potencial alcohólico. Pero su cuerpo lo deseaba y su compañía lo regocijaba. No le interesaba comprender si esos cambios se debían a sus sentimientos propios que siempre decidió ignorar, o si se debían a su posesividad como alfa y su situación de predestinados, pero decidió que dejaría de ser un niño y no se cerraría a su destino, incluso aunque no tuviera esperanza para un futuro, no quería decepcionar a Odasaku.

Sin embargo, era un hombre muy listo y estratega: nada de eso funcionaría si Chuuya se cerraba a aquel mismo destino que, lamentablemente, compartían juntos, por lo que estaba dispuesto a lograr que el omega se derritiera por él y que abriera su dura cabeza.

Chuuya Nakahara, por su parte, ya no sabía qué hacer para arrancar a Dazai de su mente. Estaba furioso. Furioso consigo mismo por haber sido tan débil, por haberse dejado someter por su condición de omega, por haberse expuesto ante Dazai; estaba furioso con él por ser tan osado y despreocupado, ¡tan cínico y engreído! Había sido su primer beso, ¡y tenía que ser con aquel idiota!

Mordía sus labios con rabia y los puños apretados entre sus guantes. Recordaba las palabras de Dazai. "No te dejes manejar por tus caprichos de niño". Qué se había creído. Rechazarlo no era un capricho, era lo que se merecía. Nada de lo que había pasado entre ellos había sido verdaderamente consentido por Nakahara, ni aquel beso profanado, ni las caricias durante su celo. Nada lo había querido ni nada lo aprobaba.

Se sentía tan frustrado, puesto que Dazai destruía todas sus barreras y enloquecía todas sus ideas. Le alteraba su presencia y aún más su cercanía; le hacía enfadarse a niveles desmesurados; lograba humillarlo inmensamente en ciertas circunstancias. Sencillamente, se comportaba de una manera que provocaba una repulsión total en él. Y, aún así, a pesar de todo aquello, su tacto lo dejaba deseoso, su olor lo mareaba y sus labios lo hacían estallar. Incluso sus ojos, a los cuales había acostumbrado a ver siempre repletos de rayos de burla, lo conmovían inmensamente, intrigándolo hasta el punto de querer impregnarse en ellos y conocer cada odiosa parte de su ser.

Los días pasaron también para él. Iban rápido. Sus misiones eran exitosas y fugaces; pese a estar distanciados e incomunicados, lograban realizar su trabajo de manera perfecta, conociendo los movimientos e ideas del otro en silencio y de manera anticipada y ágil. No obstante, una vez concluida la misión cada uno retornaba por su lado. Dazai pasaba por el despacho de Mori para comunicar resultados mientras que Chuuya buscaba un camino largo para solo volver en el momento justo y necesario de dormir y no ver a su compañero.

Normalmente, pasaba por diversos comercios hasta verlos cerrar. Otras veces, se limitaba a caminar por las paredes de la ciudad donde concurría poca gente hasta el anochecer. Al volver, lo hacía en en el sigilo de la noche. Caminaba con pasos apaciguados por el pasillo que dirigía a las habitaciones, constantemente rezando por no encontrarse con su pesadilla.

Sobre instintos y amores ||Soukoku||Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora