—Dazai, ¡despierta de una vez! —rabió Kunikida, otorgándole una mirada desdeñosa—. No has hecho nada, y tu subordinado tiene que pagar por tu flojera.
—Ya, si a él le gusta esto más que a mí —bostezó, acomodándose en su silla, dispuesto a comenzar su verdadera labor: molestar a sus compañeros, a cualquiera.
—No es así, Dazai-san —murmuró Atsushi, ligeramente apenado por la situación y hastiado del trabajo extra.
—Muy bien —respondió escuetamente Dazai, posando su mentón sobre la palma de su mano, dirigiendo su atención a su compañero de al lado—. Kuuunikida...
—Ni lo intentes —le escupió mientras se paraba con su pequeño cuaderno en manos, acomodándose los anteojos como acto reflejo—. Es la hora exacta del almuerzo.
Como si de un hechizo se tratara, todos en la oficina suspiraron al oír que era la hora tan esperada para descansar y comer. De un segundo a otro cesó la actividad y solo comenzaron a escucharse pasos que se amontonaban en dirección a la puerta. Sin embargo, hubo tres personas que permanecieron en su lugar; una de ellas, Atsushi, quien no estaba seguro de poder abandonar semejante cantidad de papeleo ni aunque muriese de hambre. Si optaba por ir a almorzar era muy posible que por la noche tuviese que irse más tarde, y no quería, puesto que quería volver a su departamento acompañado por Kyouka.
Aprovechando el movimiento, Edogawa Ranpo se aproximó al escritorio de Dazai, quien aún se encontraba desperezándose y jugueteando con una lapicera, y en una voz sutil y curiosa le preguntó.
—Y, ¿cómo andan, Dazai?
Osamu lo miró ligeramente sorprendido a pesar de que logró disimularlo, mas la sorpresa se esfumó al recordar que se trataba de Ranpo. Podía mantener sus secretos ante cualquiera, pero a ese hombre era imposible mentirle. Sonrió con complicidad y le dijo:
—No sé de qué me estás hablando.
—Ya veo —asintió con sus ojos cerrados, sonriendo mientras tomaba un dulce.
—¿De qué habla, Ranpo-san? —preguntó Atsushi con incertidumbre. Ciertamente, era una actitud extraña de Ranpo intentar socializar en un horario de almuerzo, y más aún con Dazai.
—¿Sabes qué, Atsushi? Me he quedado sin dulces —exclamó Edogawa—. Ve a buscarme unos, ¿quieres?
—Pero, Ranpo-san, tiene uno en la mano...
—¡Que vayas, Atsushi, el tiempo apremia! —insistió elevando la voz cual niño ansioso. También era inusual su comportamiento, mas Atsushi lo dejó pasar.
Nakajima no entendió la situación y tampoco intentó hacerlo. Asintió resignado y con un suspiro se dirigió hacia la puerta. Una vez bajo el marco, se volteó sobre sus talones y con voz tímida le preguntó qué dulces quería.
—Cualquier dulce; de cualquier forma, ya conoces mis favoritos —le sonrió. Instantáneamente le hizo una seña deslizando las manos como si le estuviese indicando que se fuera ya, como si estuviera repeliendo a un gato. Y, en cierta forma, sí estaba echando a un gato.
El más joven obedeció inclinando levemente la cabeza, y se fue. Ni bien abandonó la oficina, lo primero que pensó fue en qué hacía que Ranpo estuviese tan urgido de dulces de repente, tan antojado. Razonó sus pensamientos y murmuró con sospecha: ¡debía aproximarse su celo! Qué omega difícil podía ser Ranpo. Se estremeció al imaginarlo embarazado y, con la cara contorsionada por la impresión de la imagen mental, siguió caminando por el pasillo.
-•-
—¿Y bien? —cuestionó el detective.
—Ellos están bien —murmuró, con una gran sonrisa de esas que nadie solía ver en Dazai—. Ninguno heredó esos ojos azules, pero uno de ellos tiene su color de cabello.
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Sobre instintos y amores ||Soukoku||
Fiksi PenggemarDazai es un alfa, futuro jefe de la Port Mafia. Chuuya espera ser un alfa, uno mucho más fuerte que su compañero. Sin embargo, cuando un Chuuya de dieciséis años sufre su primer celo, nada sale a su favor.
