capitulo 13 parte 1

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_______ lo contempló en toda su magnificencia e intento pensar en lo guapo que era en vez de lamentarse por el plan fallido.

-Oh, está bien. Rebobina la cinta. Es una pena desperdiciar a un hombre desnudo.

Él sonrió y se dio la vuelta para pulsar el botón de rebobinado.

Oh, cielos... Era la primera vez que le veía el trasero desnudo. Tal vez el incidente hubiera valido la pena, después de todo.

-¿Dónde dejaste anoche el magnetófono?

-Debajo de la cama. Se activaba con la voz...

-O con los gemidos.

Ella lo miró a los ojos y sintió cómo se aliviaba su decepción ante el fuego azul de su mirada. También la ayudó contemplar su erección, pero tenía que convencerse de que su plan había funcionado.

-Antes de que pulsaras el botón equivocado, ¿te estaba excitando lo que oías?

- Sí, de hecho, esa fue la causa de que tropezara - el rebobinado acabó y él pulsó el play-. ¿Cuántas veces la has oído?

-Algunas.

-¿Entonces ya te has cansado?

-No -en realidad se excitaba más cada vez que la ola.

-Ya has visto cómo me afecta a mí... ¿Qué estabas haciendo tú en esa especie de harén?

Ella le brindó una sonrisa seductora.

-¿Qué crees que estaba haciendo? -él tragó saliva, sin responder-. Usa tu imaginación -le dijo con voz sensual-. La cinta me pone caliente, Harry.

-Entonces será mejor que la dejemos en marcha.

-Esto parecerá una orgía...

-¿Y eso importa?

-No -susurro ella-. No importa.

Él se acercó a la cama y le tendió el magnetófono.

-Un regalo... de tu esclavo -se arrodilló frente a ella y bajó la mirada.

¡Había aceptado el juego!, pensó ella con regocijo y excitación. Sostuvo el magnetófono y, miró al hombre que producía esos sonidos. Y ese hombre estaba a sus Órdenes...

-Cuando te llame, ponte de pie y ven a mí, esclavo -aún no había elegido un título para ella. No podía ser «Alteza», ni «Madame».

-Así lo haré.

-Así lo haré, ama.

-Así lo haré, ama.

Al oírselo decir, la excitación le vibró en sus partes más íntimas. Nunca había tenido un esclavo de amor, y tenía el presentimiento de que le iba a encantar.

Se recostó entre los almohadones, y se ajustó el sujetador para ofrecer todo el escote posible. Había tenido suerte de encontrar el disfraz en la tienda. Los hinchados pantalones estaban descubiertos por la entrepierna, pero la vaporosa tela cubriría ese detalle hasta que fuera el momento de utilizarlo. Y las esposas forradas de piel estaban colgadas en los cuatro postes de la cama.

Todavía no había decidido qué hacer cuando lo tuviera esposado, pero ya se le ocurriría algo. Después de todo, no era impulsiva, sino espontánea.

-¡Entra! -le ordenó con su tono más autoritario.

-Si, ama -respondió Harry.

Tenía que ordenarle que volviera a bajar la mirada, pero antes quería que viera el disfraz y las esposas.

La cinta reproducía los sonidos del primer orgasmo, y Harry la miraba como si estuviera deseando repetir la grabación. Pero aquella noche le tocaba decidir a ella. Alargó un brazo y le señaló una de las esposas.

Él la miró asombrado y entonces descubrió que había cuatro.

-Tu mirada es muy presuntuosa, esclavo. Tendré que castigarte por eso. Ven aquí.

Él pareció dudar, mientras la cinta seguía llenando el harén de sensuales jadeos.

-Ahora -ordenó ella. Él se arrastró no muy convencido a su lado-.Túmbate de espaldas -de nuevo pareció dudar-. ¡Hazlo!

-Sí, ama -en sus ojos se mezclaba la pasión con el desafío. Lentamente obedeció, quedando su erección enhiesta y erguida.

-Bien, ahora hay que esposarte.

Harry se puso rígido. El pobre estaba realmente asustado, pensó ella sonriendo a través del velo. -Aunque seas mi esclavo, no te haré daño. Si quieres que te suelte solo tendrás que pedirlo. Ahora dame tu mano derecha.

Él le tendió la mano, con la vista fija en la rejilla del dosel. Ella lo agarró por la muñeca y la rodeo con el cierre de velcro. Pronto lo tuvo tal y como se había imaginado, con las piernas y brazos -extendidos. Además, le puso una almohada bajo la cabeza para que no perdiera detalle.

Entonces se arrodilló entre sus piernas y contempló su glorioso miembro, con cuidado de no tocarlo.

-Ahora tienes que pagar por tu desobediencia y tu torpeza -dijo, al tiempo que se desabrochaba el sujetador de lentejuelas.

Él se quedo con la vista fija en sus pechos y se le acelero la respiración, mientras ella tiraba a un lado el sujetador y arqueaba la espalda. Entonces inició una lenta y sensual danza del vientre que pronto obtuvo excelentes resultados. Harry parecía desesperado, a juzgar por su mandíbula tensa y sus músculos apretados.

-¿Recuerdas cuánto te gustó tocarme los pechos? -te preguntó ella masajeándose los senos.

-Sí -respondió con un hilo de voz. -Si, ama.

-Sí, ama.

-Esta noche solo puedes mirar -se humedeció un dedo y se lo pasó alrededor del pezón. Su entrepierna estaba empapada, y se preguntó cuánto tiempo podría alargar aquella farsa antes de arrojarse sobre él. -Mmm... qué agradable -susurró al tocar los pezones endurecidos. Un orgasmo amenazaba con explotar en su interior-. Aunque sé algo que sería aún mejor. ¿Lo adivinas? -Harry soltó un gemido-. Pero me temo que no te concierne a ti -sin dejar de tocarse los pechos con la mano izquierda, separó las rodillas y exhibió la abertura de su sexo-. Solo a mí - deslizó los dedos entre los rizos mojados, al interior de su fuente de calor. Oh, sí... Cerró los ojos, mientras los gemidos de la cinta se hacían más fuertes.

Harry gritó y dio un tirón.

-¿No puedes aguantar las cadenas, esclavo? Él tragó saliva y permaneció tumbado.

-Sí puedo, ama.

-Bien... -entre sus gemidos y los de la cinta, aquello era realmente una orgía. Le hubiera encantado prolongar la tortura, pero no podía esperar más. Estaba demasiado cerca del orgasmo-. Estoy llegando, esclavo -se apretó el pezón y sus piernas empezaron a palpitar.

Harry se retorció, pero no pidió que lo soltara ni apartó la mirada. Se limitó a observar y a temblar de deseo.

El orgasmo la sacudió con fuerza, nublándole la vista mientras sus dedos penetraban en su interior. Sorprendentemente, Harry consiguió aguantar y no coincidir con ella en otro orgasmo. Merecía una recompensa por haber superado el suplicio.

Esperó que no le quedaran más pruebas por delante, aunque tenía que reconocer que lo había fascinado hasta la extenuación. Ninguna mujer había actuado así para él, ni siquiera Giselle, la escultora.

Su erección era tan dura que se preguntó si alguna vez podría desinflarse. Tal vez fuera por el incienso, que lo hacía pensar en algún palacio oriental donde el aire estaba impregnado de sexualidad.

soltera en new york h.sHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora