-Oh -se había quedado sin palabras. Estaba rendido a sus pies, pero ella no parecía darse cuenta. -Ya que he arruinado el efecto deseado, podríamos relajarnos y comernos la pizza. Seguro que estoy ridícula.
-No, no lo estás -verla en aquella cama con aquel traje era más de lo que podía soportar. Entre la luz de las velas y la música de jazz, se sentía como si fuera el protagonista de una película para adultos.
-Lo dices por ser amable. Tendría que haber practicado más con estos zapatos asesinos -se agachó y recogió el zapato del suelo-.Y pensar que en Broadway bailan con zapatos así -se apoyó en la cama y se lo puso en el pie-. Puedes dejar la pizza en la cocina. ¿Has traído la mesa y las sillas?
-Sí -estaba tan embelesado por la onírica imagen que se había olvidado de todo lo demás. Cuando volvió de la cocina, la vio arrastrando el paquete de la mesa.
-Será mejor que la montemos y nos Louisemos la pizza, ¿no? Antes de que se enfríe.
-De acuerdo -dijo él aclarándose la garganta.
-No estarás reprimiéndote la risa, ¿verdad?
-No, yo...
-Créeme, si me hubieras visto salir de detrás del biombo con un plumero en la mano te habrías vuelto loco.
-¿Tienes un plumero? -recordaba haber visto a Belinda con uno...
-Sí, está detrás del biombo. Es muy exagerado, ¿verdad? Y seguro que el uniforme también. Puedes decirme lo que piensas. Debería haber escogido un uniforme más clásico.
Realmente no tenía ni idea del efecto que había conseguido. En esos momentos a Harry le importaba un pimiento lo clásico. Solo podía pensar en sexo salvaje
-Pareces...
-Ya lo sé. Parezco una prostituta. Bueno, supongo. Nunca he visto a una. ¿Y tú?
-Sí.
-¡Vaya! ¿Pero tú...? No quiero ser indiscreta, pero nunca he conocido a un hombre que... ¿Alguna vez has pagado por...?
-No, y para que lo sepas, no pareces una prostituta -sorprendentemente, había conseguido decir más de dos palabras seguidas.
-Bueno, pero seguro que tampoco parezco una criada, así que este uniforme es inútil para excitar a un hombre.
-Yo no diría eso.
-¿En serio crees que funciona? -preguntó ella más animada.
-Aja.
-Eres muy amable, Harry. Te diré lo que haremos: compláceme y deja que lleve el traje y que practique con los tacones. Mi tropiezo ha arruinado la sorpresa que tenía para ti, pero en el futuro debo ser capaz de hacerlo con otro hombre -se dirigió hacia la cocina-. Ahora, si montas la mesa y las sillas, traeré los platos y las servilletas. ¿Te apetece la misma cerveza que Louisaste ayer?
-Desde luego -se quitó el abrigo y lo colgó en el pomo de la puerta. La situación era de lo más extraña. Después de tantos preparativos, había abandonado su plan de seducirlo-. ¿Dónde quieres la mesa y las sillas?
-En la esquina, junto a la ventana. ¿Quieres la cerveza en la botella o en un vaso?
-En la botella está bien -dispuso la mesa donde le había dicho. Tendría que Louisarse la pizza y la cerveza y marcharse. Todas sus preocupaciones habían sido innecesarias.
Estaba colocando las sillas cuando ella volvió.
-Aquí tiene su cerveza, señor -le dijo.
La palabra «señor» le produjo un escalofrío de anticipación, pero seguramente solo lo había dicho para bromear. Entonces se volvió y la miró con ojos muy abiertos.
En las manos sostenía un gran plato con porciones de pizza, y entre los pechos se había metido una botella abierta de cerveza. La tela del vestido parecía a punto de reventar.
-La cena está servida, señor -le dijo con la invitación brillando en sus verdes ojos.
-¿Más... práctica? -se había quedado con la boca seca.
-Por favor, señor, sea amable y sígame la corriente. Tal vez aún pueda salvar la velada.
Él empezó a temblar de excitación y agradecimiento. Después de todo, iba a seducirlo.
-¿Qué quieres que haga?
-¿Esta mesa aguantará mi peso, señor?
-¿Para qué? -le importaba un bledo la mesa, pero no quería que se hiciera daño.
-Supongo que encontrará algún placer en que le dé de comer, señor.
Oh, Dios, aquello iba a ser impresionante.
-Sí, creo que aguantará tu peso -dijo con voz ronca.
-Muy bien, señor -dejó el plato en un extremo y se sentó cuidadosamente en la mesa. Separó las piernas y se colocó el plato entre los muslos.
Un plato de pizza rodeado de muslos cremosos enfundados en medias de malla...
-La mesa está preparada, señor. Siéntese, por favor. Él obedeció, deseando haberse puesto algo menos doloroso que unos vaqueros.
-¿Le apetece una cerveza, señor? -preguntó inclinándose hacia delante.
-Gracias -sin apartar la mirada de la suya, deslizó la mano entre sus pechos. Dio un pequeño empujón con la muñeca y la tela se deslizó sobre el pecho izquierdo, revelando un pezón endurecido.
-Oh, cielos, señor...
-¿Hay algún problema? -aunque el deseo lo abrasaba, consiguió mantener un tono frío, como si de verdad fuera el amo y no tolerase ninguna objeción por parte de la criada. Sacó la botella y Louisó un largo trago mientras le acariciaba distraídamente el pezón.
-¿La... la cerveza es de su agrado, señor?
-Sí.... -volvió a colocarla entre sus pechos, asegurándose de que el otro pezón quedara a la vista. La imagen de la botella entre sus senos lo hacía pensar en cosas inimaginables hasta entonces.
-¿Pizza, señor?
Él levantó la vista y vio que le estaba ofreciendo una porción de pizza. El queso fundido goteaba por el borde, pero él quería otra cosa. Se limitó a pasar la lengua, sin probarla.
-No está lo bastante caliente.
-¿No? -ella se humedeció los labios y su respiración se hizo más agitada.
-No, déjala en el plato -volvió a sacar la botella-.Aparta el plato, mejor.
-Como desee, señor -lo coloco detrás de ella.
Él Louisó otro trago de cerveza. Nunca hubiera imaginado que un juego así pudiera ser tan excitante.
-Quiero tomar algo caliente, _______ -le colocó otra vez la botella entre los pechos-. Como señor de la casa, te exijo que me lo des.
-¿Se refiere a lo que estoy pensando, señor? -preguntó tragando saliva.
-Sí -le dijo sin apartar la mirada.
-¿Dónde, señor?
-Aquí -dejo la botella en el suelo, junto a la silla-. Levántate la falda y el delantal.
Ella lo hizo, dejando ver un triangulo negro de encaje
-Quítate eso.
Ella deslizó una mano entre los muslos. La tela alrededor de su muñeca era como un símbolo de su sumisión absoluta. Tenía las uñas pintadas de rojo. El color perfecto...
Él dejó escapar un gemido que se confundió con el lamento de un saxo. Los húmedos rizos marrones temblaban cada vez que ella respiraba. Bajo ellos, parcialmente escondida, estaba la fuente de humedad que él buscaba.
Le sujetó las nalgas con las manos y la guió hacia el borde de la mesa. Luego, retiró un poco la silla, hasta la distancia necesaria.
-Tiene un aspecto delicioso -murmuró, e inclinó la cabeza-. Y muy, muy caliente.
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soltera en new york h.s
RomansaEsta historia no es mia... No se como se llama el autor o autora pero gracias por crear esta historia 💜 aquí en wattpad no estaba completa así que se las traigo espero que les guste tanto como a mi. PD: Gracias por leer y votar
