Capítulo 4: Una plata sin dueño

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Marcaban las diez de la noche, me encontraba en mi departamento, que en ese momento estaba solo. Tenía dos horas dando vueltas pensando en esa misteriosa caja. Pero solamente se irían mis dudas si la abría. Al día siguiente empezaba los últimos semestres de la universidad, no podía andar con ese quilombo en la cabeza.

Me acerqué al balcón y encendí un cigarro. El ventilador que oscilaba en el techo estaba haciendo mucho ruido, como siempre. Me paré y lo apagué, porque ya me estaba poniendo nervioso. Siempre me había parecido idiota poner la mesa debajo de ese ventilador, algún día iba a aplastar a alguien, porque esa cosa no parecía nada segura. 

Me volví a acercar al balcón, en verdad me gustaba el aire fresco, y en ese momento lo necesitaba más que nunca. Llegó un mensaje, era de mi madre. No tenía muchas ganas de abrirlo, entonces lancé el teléfono al sofá, que lamentablemente rebotó, y lamentablemente volvió a rebotar, y lamentablemente se estampó contra el piso de cara. Tampoco tenía muchas ganas de levantarlo. 

Ya, se acabaron las esperas, era ahora o nunca. Busqué las malditas tijeras para acabar con esto de una vez por todas. Este día parecía que había durado años, una puta odisea.

No pesaba tanto como para ser una cabeza humana, que por alguna razón era lo que más me venía a la mente sobre el contenido de la caja. Saqué las tijeras y era el momento. Corté la cinta adhesiva en la superficie del paquete, y lo abrí. El corazón me iba a mil por segundo, y podía sentir esos nervios que me causaban nausea, por todo el cuerpo.

El contenido de la caja estaba envuelto en papel periódico, así que lo saqué y puse la caja a un lado. Quedé totalmente frio, no lo podía creer. Lo primero que vi fueron muchos billetes de cien envueltos en film plástico, y una bolsa ziploc con más cosas, que ignoré por los billetes. Arranqué el papel film para contar el dinero, quería saber cuánto había ahí.

 Creía que en cualquier momento me despertaría, y todo habría acabado. Eso no pasó, en verdad me había "encontrado" una caja con diez mil dólares en efectivo. Quité mis manos y lo vi sobre la mesa. 

Me parecía que ya era tarde para que salieran veinte personas escondidas en mi casa a gritar "es una broma de cámara escondida. Sonríe, pendejo, ¿no ves que es gracioso?". Aunque eso sería una gigante invasión a la privacidad. 

Puse el dinero en la caja de nuevo y abrí la bolsa que estaba a un lado. Tenía una foto de un señor ya en sus cincuentas, con traje y corbata, y una extrañamente amigable sonrisa. Su imagen se mantenía prolija, y reflejaba mucha seguridad y confianza. Parecía para una propaganda política. Tenía que ser jefe en algo, parecía todo un líder. Revisé en la parte de atrás a ver si había algo escrito, pero nada. Eso era todo.

Esto era muy extraño. Sólo daba vueltas, veía el dinero, y daba más vueltas. Esto era muy loco, en serio. Lo mejor podía ser dárselo a la policía con tus huellas, excelente plan, Alexander. Metí todo a los golpes en la caja, y la puse sobre la heladera.

Fue una noche difícil, probablemente dormí como tres horas. Tenía diez mil dólares y una foto de un señor viejo, en una caja, que me dejó un mimo, en la parada del bus. Totalmente normal, me pasaba cada lunes, y los martes Messi venía a mi casa a pedirme una taza de azúcar para hacerse un té, por supuesto. Ni me acordé de cenar anoche, ni de qué dejé mi teléfono tirado boca abajo. Lo único que sabía era que no podía ni ver ese dinero hasta que me decida qué hacer con él.

Levanté el teléfono, y volví a ver el mensaje de mi madre en la pantalla de bloqueó, y sobre la notificación la hora indicaba las seis en punto. Dejé el teléfono sobre la mesa y apagué el café que estaba calentando. Me lo serví en la mesa con galletas, y mientras revisaba de una vez por todas el bendito mensaje. ¡Mierda!, mi mamá estaba esa semana libre, e iba a venir a visitarme. Derramé café y todo en la mesa por la sorpresa, no tan grata sorpresa.

No era momento de pensar en más nada, solamente en las clases y que ya estaba a nada de graduarme, y más nada. Me tomé lo que quedaba de café y me fui sin mirar atrás.

Tomé el bus y llegué a la estación de metro, ya lejos de Santa Ana. La escalera mecánica no funcionaba desde hace años, así que bajé los setenta y ocho escalones, que como buen sin-oficio, había contado hace tiempo.

Ese olor, ese aroma a orina y plástico que caracterizaba muy bien al metro, estaba presente en cada esquina. Durante la mañana no había tantas personas, mayormente estudiantes y trabajadores. Se abrió el vagón y traté de sentarme tranquilo todo el viaje. Pero no era fácil, siempre me llegaban escenas de lo que pasó hace un par años cuando se descarriló. Lo más gracioso es que no recuerdo casi nada, sólo pequeñas imágenes.

La verdad no extrañaba para nada ese lugar, pero sin embargo era mucho mejor que la secundaria, no tenía que conocer a todos y podía vestirme como quisiera. Al final siempre me iba con las mismas tres camisas, pero me gustaba sentir libertad, ¿saben? Al final ya éramos todos adultos.

 Entré a la primera clase, nada de "¿cómo les fue en las vacaciones?", ni nada. El profesor este, que no recuerdo su nombre, pero todos le decían "cabeza e' codo", no paraba de hablar y hablar. ¿Qué más se podía esperar de la historia del arte? Se sintieron como sesenta horas.

— ¡Mi campeón, vale!—gritó Cósimo mientras caminaba acelerado, él único que podía considerar mi amigo ahí.

Tenía puesto un una camisa Polo color vino y su cabello desordenado, como siempre. Era quizá el tipo con más cara de italiano del planeta, pero te digo yo, que de italiano no sabía ni dos palabras.

— ¿Cómo va todo, brother?

—Todo bien, bien...—dije al mismo tiempo que leía el mensaje.

— ¿Pasa algo?

Alejé la cara del celular, aunque estaba un poco preocupado, se veía como algo importante.

—No, todo bien. ¡¿Qué tal tú?!

—Todo excelente, hijo de perra. Llegué apenas ayer, la verdad, no quería regresar.

—Sí, vi tus fotos. Esas playas dominicanas se veían muy buenas.

—Pero no tanto como las mamacitas —dijo mientras esbozaba una sonrisa pícara.

—Ja, ja, ja, ja... Me imagino.

— ¿Irás esta noche?­ —inquirió de la nada.

— ¿Adónde?

—Habrá una rumbita hoy, en la casa de alguien. No recuerdo bien dónde pero te puedo pasar la dirección.

No estaba seguro de querer ir, me sentía todavía cansado con la pesada noche de ayer y yo no era mucho de salir a fiestas.

—No sé —repliqué inseguro.

—Vamos. Quédate en mi casa si quieres, y así no tienes que ir de noche por ahí.

Que difícil decisión, porque sí quería ir, pero no estaba seguro de que tanto iba a poder divertirme con mi cabeza pensando en la puta caja con diez mil.   


Her NameDonde viven las historias. Descúbrelo ahora