CAPITULO 8

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Me levanté para iniciar un nuevo día, tenía una reunión de trabajo, estaba por tomar en mis manos un caso en el que mi cliente había sido acusado por su pareja de abuso a una menor que no tenía ningún lazo sanguíneo con él, se trataba de su hijastra. Al parecer tanto la madre como la pequeña de quince años lo señalaban como el responsable de la agresión, aunque el hombre aseguraba firmemente ser inocente.

Lentamente me levanté de lo único que tenía como cama para dirigirme hacia la cocina un poco distraída y aturdida aún por mi recién despertar, hasta que una vocesita me dirigió unas palabras —¡Bombón! ¿Podrías fijarte por donde caminas? ¡Me pisaste! ¿No te enseñaron a respetar el sueño de los demás?

Efectivamente nada había sido un sueño, Seiya estaba ahí, en medio de la sala, instalado en mi casa, y con un cierto exceso de confianza y libertad. —¡Te recuerdo que estás en mi casa!—  le respondí con ironía —gracias a eso estás sano y salvo— concluí con un tono un poco pesado como queriendo que me agradeciera por eso, pero por un momento olvidé con quién estaba tratando, y desde luego que eso no sucedería.

—Y yo te recuerdo que si algo me pasa tú te quedas sin muebles nuevos— me afirmó con el mismo tono desafiante con el que yo le había hablado primero.

—Pues te informo que no necesito de tu maquiavélico plan para recobrar mi estilo de vida. ¡Hoy tengo una cita de trabajo!— sin duda yo era demasiado orgullosa.

—Bueno bombón, pues si no me necesitas me voy— Seiya comenzó a levantarse y poco a poco fue acomodando todo lo que le había prestado para que durmiera y se cobijara. —Con un pequeño golpe de suerte podré cambiar de domicilio, irme a otra ciudad y solucionar mi vida en un muy corto tiempo, en cambio tú, dijiste que te tomaría años reponerte. ¡Suerte con eso!— terminó de ordenar lo que había usado la noche anterior, caminó hacia la puerta y dándome la espalda solo levantó su mano derecha para agitarla de lado a lado y despedirse
—¡Nos vemos bomboncito!

—¡Seiya, espera!— no sé cómo lo hacía, pero tenía esa capacidad de hacerme caer en sus juegos. Una vez más había logrado su cometido,ahí estaba yo, deteniéndolo para continuar con esa locura de la boda y que ambos obtuvieramos la solución más fácil a nuestros pesares económicos. —No te vayas. Ya teníamos un trato. No puedes hecharte para atrás.

— Está bien Serena, me quedaré, pero solo por qué tú me lo pides— de pronto todo ese tono de seriedad que había puesto en sus palabras terminó cuando nuevamente salía el Seiya que yo conocía — aunque sé perfectamente que en el fondo me lo pides por qué no podrías vivir sin mí.

—¡Que tonto eres! Si te lo estoy pidiendo es porque ambos necesitamos que esté pequeño juego funcione. Los dos saldremos beneficiados.

Después de una tibia y relajante ducha y un desayuno ligero tomé mis cosas y salí al encuentro con mi nuevo cliente dejando mi casa al resguardo de un completo lunático.

La cita había sido concretada en el domicilio particular del protagonista de mi nuevo caso, la residencia del prestigioso empresario Haruka Tenoh.

—¡Buenos días señor Tenoh! Es un gusto poder reunirme con usted— de inmediato mi anfitrión me respondió cordialmente el saludo y me llevó hacia su despacho para evitar que alguien pudiera escuchar nuestra conversación.

—Licenciada Tsukino, antes que nada le agradezco que haya tomado mi caso en sus manos. Decidí acercarme a usted ya que necesito a un experto en leyes, y por las propias palabras de algunos amigos míos a los que usted les ayudado a salir victoriosos sé que es la mejor en su ramo.

—Le agradezco sus palabras pero dígame ¿En qué puedo ayudarle?— sin duda me intrigaba saber cuál era el trasfondo de todo su problema.

—Pues verá, hace doce años contraje matrimonio con la que hoy es mi esposa, Michiru Kaiho. Cuando ambos nos conocimos ella había salido de una relación un tanto tormentosa de la que había un fruto, una pequeña que en ese tiempo contaba con apenas tres años de edad y a la que yo recibí con los brazos abiertos, la eduqué, y la crié como si fuera mi hija propia. No pude darle mi apellido porque Michiru siempre se negó, argumentaba que lo único que Hotaru conservaba de su padre biológico era su legado familiar, y yo decidí respetar esa desición. El punto ahora es que ella ha crecido, se está convirtiendo en una hermosa mujer, quizá tanto o más que su madre con la que la única relación que mantengo es un matrimonio falso, pues hace mucho que no somos una verdadera pareja. Por lo que sé, Michiru tiene un amante, un vividor algunos años más joven que ella que la ha convencido de divorciarse de mí. No me molesta en absoluto esa situación, de hecho, ya habíamos platicado unos meses antes de una posible separación, aunque dado mi famoso nombre terminamos por concluir que debíamos evitar "el qué dirán" de la sociedad. El punto licenciada es que al firmar el divorcio ella exige el cincuenta por ciento de todo lo que poseeo, argumentando que es lo que le corresponde a Hotaru. Créame que se lo daría feliz si yo tuviera la certeza de que realmente el dinero se invertiría en ella, pero lo más seguro es que es para mantener a ese olgazan. Al momento de negarme a su petición ella me amenazó, y puso a Hotaru en mi contra. Ambas levantaron una denuncia por un supuesto abuso en contra de la niña, cosa que afortunadamente se ha mantenido alejada de los medios de comunicación. Si eso llegara a salir a la luz mis negocios estarían en peligro ¿Quién querría hacer tratos con un hombre así? Definitivamente nadie.

—Y usted ¿Ah podido hablar con su hijastra?— le cuestioné inmediatamente después de que terminó de darme los pormenores.

—Desafortunadamente no, desde el día que la denuncia se colocó ambas salieron de la casa y a mí se me ha prohibido todo tipo de contacto con ella.

—Si, es lo mejor, algún tipo de contacto podría agravar su situación— le aseguré firmemente para evitar que pudiera cometer alguna tontería. — ¿Tiene alguna notificación judicial?— le cuestioné intentando adentrarme ya en la estrategia que debía planear.

—Tengo este citatorio— me dijo mientras extendía su mano sujetando un sobre en donde se encontraba el documento. —Hay una audiencia programada para la próxima semana, es por eso que decidí llamarle lo antes posible.

—No se preocupe señor Tenoh, yo lo representaré para su defensa, pero necesito que sea lo más sincero con migo para poder idear mi estrategia. Perdón por lo que le voy a preguntar, pero ¿Usted nunca ha intentado agredir a su hijastra?— de inmediato el hombre me miró con cara de asombro, era demasiado notorio que la pregunta lo había incomodado, aunque en el fondo comprendía por qué lo había hecho.

—Desde luego que no, a pesar de no llevar mi sangre siempre la vi como mi hija, y así la seguiré viendo durante el resto de mi vida. De hecho, siempre fuimos muy unidos, me atrevería a decir que confiaba más en mi que en su propia madre, pero desafortunadamente todo entre nosotros comenzó a cambiar cuando Michiru comenzó con sus amoríos. Me dolería mucho saber que la está presionando o algo así.

—Pues tal vez podría tratarse de eso— casi estaba segura de que la menor había sido obligada a actuar en contra de mi cliente, la sola idea sonaba un poco descabellada pero en mi carrera había visto de todo, ya nada me sorprendía. —Bien señor Tenoh, es momento de que me retire, debo planear todo para el día de la audiencia. No se preocupe, que sea lo que sea que haya sucedido entre su esposa y su hija lo vamos a descubrir— ambos nos despedimos cordialmente y yo salí de esa casa dejando a un hombre un poco más tranquilo.

La tarde había sido agobiadora y un tanto difícil. Sin darme cuenta el tiempo se me había ido volando, ya era un poco tarde y comenzaba a oscurecer, así que por está ocasión me permití abordar un taxi que me llevaría directo a mi domicilio. Mi única intención era cenar algo, cualquier cosa, ducharme y tratar de conciliar el sueño. Estaba agotada y realmente lo único que necesitaba y deseaba era descansar.

Sigilosamente abrí la puerta, todo se encontraba totalmente a oscuras. Parecía que Seiya no se encontraba en casa, hasta que encendí la luz y observé lo observé sentado sobre el suelo con un vaso de soda a su lado completamente dormido. La casa era bastante grande, y apesar de estar completamente vacía se podía observar lo impecable que lucía, además un agradable olor a limpio podía percibirse en el ambiente. Me acerqué un poco a dónde él estaba, y mi sorpresa fue más grande cuando al entrar a la habitación había una cajita con un poco de comida sobre uno de los pequeños bancos que utilizábamos para sentarnos. En el fondo no era tan desagradable, se habia preocupado por mí, y me atrevería a decir que se veía tan dulce durmiendo. Pero una vez más, mi ingenuidad me dejó olvidar con quién estaba tratando.

Con el mayor de los silencios me acerqué para tomar mi comida, pero en el camino, torpemente tropecé con el vaso de soda, acción que hizo que él reaccionara de su descanso.

—¡Gracias!— le dije un poco ruborizada — fue un lindo detalle— terminé mi frase.

—Bueno bombón, quería que solo llegaras a descansar y que te relajadas un pocoestos días ya que el fin de semana tendrás que levantarte temprano.

—¿A sí? ¿Para qué?— pregunté mientras masticaba un pequeño bocado para después tragarlo.

—Tenemos una cita. Ya está todo arreglado, nos esperan con ansias— no entendía a qué se referia con esos comentarios, pero dada su naturaleza, de él podía esperar cualquier cosa, aunque en esta ocasión todas mis suposiciones estaban alejadas de la realidad.

—¿Y puedo saber con quién es la cita— le cuestioné sin siquiera imaginar la respuesta que me daría.

—Tus padres ya saben que nos casaremos y desde luego quieren conocer a su nuevo hijo— dijo sarcásticamente mientras se autoseñalaba.

—¿De que estás hablando?— le cuestioné ilusa y desconcertada.

—¡Bombón! ¡En solo unos dias iremos para conocer a mis futuros suegros! ¿No es grandioso?— no tenía idea de lo que había sucedido en mi ausencia, pero de lo que estaba segura era que quería extrangularlo.

—¡Seiyaaaaaaaaaaaaaa!— mi grito furioso resonó en eco por toda la vivienda vacía.

¿Y si nos casamos?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora