Él, es un reconocido escritor.
Yo, una aspirante.
8 años de tiempo nos separaron y mismo número nos vuelve reunir.
Porque, Clarence Montero.
Viene por mí...
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LULÚ
Me quedo por bastante tiempo mirando la fachada de la casona de mis abuelos una vez que llego y bajo.
Y no por la duda, si la otra mejor opción era ir directo a mis padres.
Más bien, por el famoso minuto de silencio para mí, misma, y acomodar algo mis pensamientos.
Por lo menos, intentarlo.
Por la ventanilla baja y de mi lado de la chachita y antes de mi primer paso, se me escapa una última ojeada a la carpeta que Clarence me dio y todavía no abrí.
Y decidiendo no traerlo conmigo y cerrando mi puerta, me encamino a la casa.
Es pasada la tarde y abriendo la puerta de entrada y notando que nadie está en la sala principal como a las escaleras y su segundo piso, me dirijo a la cocina, ya que tampoco siento algún tipo de ruido arriba.
Y acierto.
No está el nana Marcello con sus siempre visitas y la abuela.
Sonrío.
Pero sí, mi abuelo.
Y creo que no me escuchó llegar, ya que como si nada y frente al refri abierto, husmea su interior con un resoplido aburrido, haciendo que vuele un rulito de que cubre su frente y distraídamente mientras, rasca su vientre por sobre la camisa que lleva.
- ¿No hay menta granizada? - Mi modo de saludo al ver que mira con una ceja elevada la etiqueta de un pote de helado de color naranja con rosa chillón.
- No y este... - Me muestra el frasco, seguido de acomodar mejor sus lentes en el puente de su nariz. - ...sus colores son sospechosos... - Me dice, mientras llego a él y lo abrazo.
Río.
- Sabor naranja y cereza, abuelo. - Le digo sin soltar su abrazo y se sonríe. - ¿Hambre?
- De dulce.
- ¿Compartimos el pote?
- Hecho. - Remueve mi pelo con cariño, mientras agrega una segunda cuchara a la suya que saca de un cajón.
Tomamos asiento de cada lado del desayunador y abriendo su tapa, directamente atacamos el helado.
- ¿ La abuela? - Pregunto al no verla aparecer por ningun lado, ni escucharla desde el jardín trasero.
Me mira triste, pero llenando su cuchara de la crema helada.
- Me abandonó. - Dramático come esa cucharada.
Y lo miro con cara haciendo que sonría.
Ya que con tantos años juntos y ya es leyenda en la familia, que mi abuelito, aún no supere que lo dejen solito por unos minutos y ese abandono sea ir por algunas compras.