23. Discusiones con desconocidos

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EADLYN

La noche es fría y las calles están desiertas a pesar de ser tan solo las nueve de la noche. En casa, —si es que se le puede llamar así a una habitación de universidad con un baño, y compartida con tu hermano mayor—, me espera todavía un comentario que debo hacer para fundamentos del arte, por suerte, he estado aprovechando mis horas libres entre clase y clase llendo a la biblioteca para adelantar trabajos y estudiar.

Una vez que la verja toca el suelo, acomodo el candado y guardo la llave en mi bolsillo. Palmeo por encima los otros bolsillos en busca de mis cascos y maldigo cuando finalmente no los encuentro.

Los tacones de mis botines son lo único que se escucha por las calles parisinas una fría noche a principios de diciembre. Las pocas hojas que quedan en los árboles que no son de hoja caduca de mecen con el viento produciendo una bonita melodía.

Melodía, que se ve alterada por un par de voces masculinas que parecen discutir. En principio no le di importancia, pero a medida que me dirigía al callejón que los estudiantes solemos frecuentar bastante, y dónde Rayan y yo tuvimos nuestro primer encontronazo, las voces eran cada vez más altas.

—¡No quiero que te vuelvas ha acercar a ella! ¡¿Entendido?!

Esa voz... La conozco de algún lado.

—Ese no es tu puñetero problema —respondió la otra persona, quien parecía estar cansado de la situación.

Mordí mi labio insegura. Ni yo les había visto ni ellos a mi. No era muy buen lugar, y que estuvieran justicia en esa zona tan estrecha no ayuda en absoluto. Cansada, me dispuse a tomar el camino largo.

—!Claro que es mi jodido problema! —habló por vez consecutiva esa voz que tanto me suena—. ¡Es de Amber de quién estamos hablando joder! ¡Es mi puta hermana!

¿Amber? ¿Su hermana?

Nathaniel...

Mis pies quedaron anclados al suelo. Mi corazón latía desbocado en mi pecho mientras el angelito que descansaba sobre mi hombro izquierdo me suplicaba que volviera a la facultad cuanto antes, pero como siempre; el diablillo ganó.

Había un alto porcentaje que se tratara de uno de sus superiores, y que ellos supan que mantengo algún tipo de relación con Nathaniel, incluso siendo una simple amistad, me convierte de una manera u otra en un punto débil.

—¿Nath?

La luz de las farolas a penas y los alumbraban, pero reconocería esos ojos mieles y ese pelo dorado en cualquier sitio. Su rostro se disfiguró y me pareció ver como su cuerpo se relajaba momentáneamente ante mi presencia, algo que llamó la atención de su acompañante.

El rubio parecía confuso de verme allí a estas horas, pero no tardó mucho en anclar nudos. Fue entonces cuando mi mirada se posó sobre el chico de pelo rojo brillante recogido —parte de el—, en una pequeña cola sujeta por una diminuta goma de pelo negra a juego con su vestuario bastante rockero.

Una camiseta gris y una chupa de cuero a juego con el llamativo color de su pelo. Su corbata con su nudo a la altura de su pecho como si se tratara de un collar. Dos cintas negras ajustadas a su cuello, y una de sus manos un guante negro de tela que dejaba al aire libre sus dedos.

Sin duda vestía muy rockero pero le sentaba bien.

—¿No es muy tarde para andar por la calle a estas horas? —se cruzó de brazos escrutandome con la mirada.

—De momento, es la misma hora para mí que para ti —me encogí de hombros, algo frustrada por su comportamiento sobre protector.

—¿No nos vas a presentar?

El pelirrojo hizo un amago de acercarse a mi, pero Nathaniel lo agarró por la camiseta y lo acorraló contra una de las grafiteadas y mugrosas paredes del callejón. El chaval, quien a pesar de no contar con el cuerpo que tiene el rubio, no se quedaba atrás y lo empujó con fuerza. Algo que lo enfureció, pero evitando que un puñetazo acabara en el rostro de aquel desconocido lo agarré por la manda de su chaqueta verde militar. La misma que me prestó el día que nos conocimos.

—Esta todo bien Nath, calmate —le hablé en un tono suave. Y a pesar de que su mirada se mantenía fija en aquel chaval, bajó su brazo y yo lo solté.

—No te vuelvas ha acercar a ella Castiel, si no te dejaré la cara que no te reconocerá ni tu madre —le amenaza con sus ojos llenos de odio y enfado.

Nunca lo había visto así, y realmente asustaba. Ese aire cruel, ese papel de altanero le sentaba muy bien, y debía admitir como mujer que se veía realmente atractivo, pero preferiría que no estuviera metido en este tipo de líos.

Ni él, ni mi hermano...

—Pues para tu mala suerte tengo cierto bolso color crema en mi piso, y... —Castiel —al parecer ese era su nombre, o al menos, Nath se había referido así a él—, chasqueó la lengua sacando una cajetilla de tabaco del bolsillo con cremallera de su chaqueta—. Su propietaria, es tu hermana.

Nathaniel soltó una carcajada que me tomó por sorpresa. ¿Qué clase de juego cruel mantienen estos dos? ¿Por qué tanto odio acumulado? ¿Qué los llevó a estar así? ¿Es solo por Amber? ¿Por que el chico tiene fama de pica flor, o está enemistad viene ya desde antes?

—Yo voy a ir a por el y mañana se lo daré a mi hermana —sentencia, observando como el rockero expulsa el humo de sus pulmones.

—¿Crees que aguantarás un trayecto conmigo hasta mi casa sin que ninguno empiece una pelea? —alzó una de sus cejas negras, el cuál seguramente es su tono de pelo natural.

—Iré yo —intervine, antes de que el rubio pudiera hablar—. Nath, es solo un puñetero bolso, —me encogí de hombros, queriendo restarle importancia. En realidad, las razones por las cuales quería ir yo a por dicho objeto iba mucho más haya que para evitar cualquier problema o percance que pudiera surgir entre ellos. Quería conocer más sobre su pasado. No sólo el Nathaniel del instituto, si no también de dónde venía está enemistad con el chico teñido—, yo estaré más tranquila, y por razones que ya sabemos —alcé mis cejas, recordándole mis sentimientos hacia Rayan y mi cita de hace pocos días—, no intentaré nada con él, ni él conmigo.

Nathaniel lo meditó por unos segundos, fulminando a su acompañante cuando esté mostró una sonrisa burlona.

—Vaya, gobernado por una mujer —le da una calada a su cigarrillo—. Porqué será que no me sorprende...

Nathaniel hizo sus manos puños pero no entró en su juego, algo que me hizo sentir orgullosa. Finalmente agachó la cabeza para verme y puso su mano en mi nuca, acercándome a su pecho envolviendome en un abrazo cálido. Su aliento hizo conquillas en mi oreja.

—No te dejes embaucar, es un baboso de primera —me advierte antes de separarse. Yo ruedo mis ojos, pensado que tal vez Nath esté exagerando.

—Bueno, dejas vuestra charla para otro momento. Todavía tengo que hacer un comentario sobre un manuscrito, así que no tengo toda la noche —les informo, cruzandome de brazos esperando a que alguno se mueva.

—Avísame si pasa cualquier cosa —me advierte Nath, con su mirada clavada en mi, tratando de ignorar los comentarios sarcásticos del pelirrojo.

Yo asiento, y empiezo a seguir a Castiel por las frías y vacías calles de París.

Rayan [en pausa] Donde viven las historias. Descúbrelo ahora