DANIEL
Respiré hondo para que no notase que me horrorizaba ver tanto arañazo, moretón y heridas en su cuerpo. Uno de sus muslos estaba totalmente negro. La espalda... ¡Dios! No sabía cómo podía apoyarse sobre ella.
—Ven, deja que te enjabone por detrás.
—Espera. Cierro el grifo, si no te empaparás.
—Tranquila. Acércate. Así, despacito. ¿Te duele?
—Me duele eso y un poco el orgullo. Supongo que no es tu mejor plan.
—Pues te equivocas —afirmé rotundamente mientras besaba su hombro. —Estoy exactamente dónde quiero estar, que es contigo. Te pido que por favor dejes de ponerme a prueba. No vas a hacer que me vaya cuando más lo necesitas.
—No seas tonto. Te estoy muy agradecida.
—Deja de agradecerme todo. Quieres demostrarte a ti misma que no voy a estar a la altura de tus expectativas sobre mí y ya te adelanto que no vas a lograrlo.
Se me quedó mirando fijamente unos segundo. Después sonrió y me pidió la toalla.
—Estate quieta. Yo te secaré. Tienes golpes por todas partes. Déjame a mí.
Leta se quedó dormida. Supongo que la ducha la relajó. A mí, tardó en pasárseme el ataque de excitación que había sufrido al ver su cuerpo desnudo después de tanto tiempo. Ayudó contarle a mi subconsciente, que ese cuerpo estaba tremendamente magullado. De madrugada intentó moverse hacia el lado izquierdo, pero el dolor la despertó. Se quejó bajito, pero mi sueño es muy superficial. Me levanté y besé su frente.
— ¿Quieres que pida un calmante?
—No. Puedo aguantarlo.
—Pero ¿te duele? ¿A qué sí?
—Sí.
—¿Dejamos que decida la enfermera si necesitas tomar algo?
—No.
Pero pregunté en el mostrador de enfermería y la responsable de noche le inyectó un calmante.
—¿Pretendes salirte siempre con la tuya?
—No. A veces te dejaré ganar —dije, besando su nariz.
—Tampoco te vengas arriba, Casanova.
Y los dos, volvimos a caer en un ligero sueño hasta que nos sorprende el comienzo del siguiente día. Ella se durmió presa del calmante y yo, del olor de su pelo.
Me encanta verla despertar. Me empeñé en ayudarla a desayunar y me despedí temprano para darme una ducha y preparar mi equipaje y algo de papeleo. Cuando estaba entrando, Míriam me avisó de que tenía una llamada del investigador privado. Esa llamada cambió mi humor para todo el día.
Se trataba de la historia más rocambolesca del mundo. Si me hubieran dicho que era parte de una de las novelas de Leta, lo hubiera creído con más seguridad. Esto era una puta locura. Carmen Cruz no había cumplido casi nada de condena y salió por buen comportamiento. Ya en la propia prisión, había cambiado de sexo, nunca lo hubiera adivinado. No era posible. Carmen se había integrado perfectamente en la sociedad. Trabaja en una editorial. Había cambiado su apellido paterno, Cruz por el materno Pérez y ya no se llama Carmen, sino Jaime.
ESTÁS LEYENDO
COSECHARÁS CORAZONES
ChickLit¿Y si la vida nos diera la oportunidad de recuperar a la persona que nos amó más sinceramente?
