VIII: "Peter Pan"

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Sabina Becker llegó a la dirección que el doctor Watson le envió por mensaje. Apenas lo recibió, le explicó al taxista a dónde quería ir y, en un santiamén, estaba bajando del transporte para dirigirse hacia el edificio de apartamentos que estaba frente a su vista. 

En cuanto se adentró y fue al número del apartamento, justo al entrar al pasillo, observó que John estaba saliendo del lugar acompañado del detective que tenía una expresión pensativa y parecía estar distraído en lo que sea que estuviera carburando en su cabeza. 

—Díganme que consiguieron algo —expresó ella. 

—No mucho. Bueno, a excepción de que el muchacho fue despedido de su trabajo y salió de la ciudad. Es muy nervioso —expresó John y entonces Sabina miró de reojo al detective consultor.

—¿No es sospechoso? —preguntó ella y John hizo una mueca. 

—Lo retomaremos en otra ocasión. 

—¿Se encuentra bien? —y lo señaló, ya que mantenía sus manos a los costados de su cabeza y presionaba sus ojos con fuerza. El canoso hombre abrió la boca y después respondió. 

—Lo hace a veces. Te vas a acostumbrar. 

—Esperemos —balbució y luego chasqueó los dedos frente al rizado hombre—. Oye, Holmer, necesitamos irnos de aquí. 

Pero el mencionado ni siquiera se inmutó. Se siguió concentrando a mitad del pasillo, hasta que a los segundos abrió los párpados y empezó a andar mientras decía algo entre dientes. 

—¿Qué dijo? —giró a ver a Watson, pero este sólo suspiró y la invitó a que siguieran andando detrás del detective.

—Sherlock —le llamó su compañero, pero no respondió—. ¡Sherlock, ¿a dónde vamos?!

—Vimos sólo encima de las cosas. Catherine —articuló y entonces Sabina dio varias zancadas hasta colocarse al lado del hombre. 

—¿Qué tiene qué ver Catherine Bramson en esto? 

—Tiene qué decirnos más sobre su hermana —respondió y entonces bajaron por las escaleras. Cuando lo hacían, Sabina estaba a punto de alzar la mano para llamar a un taxi al adelantarse de salir del edificio, pero la mano firme y enguantada de Holmes la detuvo. 

Ella giró a verlo con una mueca, pero después rodó los ojos y recordó el nuevo trabajo que tenía. Finalmente un taxi se detuvo y los tres se adentraron.

—Al Great Ormond Street Hospital —manifestó el rizado, por lo tanto, Watson y Becker se vieron de reojo, intentando adivinar el por qué se dirigían a ese lugar. 

—¿Por qué ahí?

—Es el único lugar más cercano que recibe donaciones actualmente.

—¿Es una clase de juego de lanzar la moneda o algo así? ¿Y para qué queremos donaciones? —Sherlock observó a la mujer y sólo volvió a ignorarla desviando la cabeza.

Fue entonces que en menos de cinco minutos llegaron a su destino. Salieron, ingresaron al edificio del hospital de niños más antiguo de la ciudad y no tardaron en ser atendidos por una joven que andaba cerca de la entrada. 

—Buenas tardes. ¿Los puedo ayudar en algo? 

—¿Dónde les llegan las cajas de donaciones? —preguntó de golpe el detective consultor.

—¿Vienen a donar algo para los niños? Suena muy considerado de su parte, señor Holmes —lo identificó la joven, viendo de reojo a los otros dos que venían con el detective. 

𝐒𝐢𝐧 𝐑𝐮𝐦𝐛𝐨 𝐲 𝐀 𝐂𝐢𝐞𝐠𝐚𝐬 [𝐒𝐡𝐞𝐫𝐥𝐨𝐜𝐤 𝐇𝐨𝐥𝐦𝐞𝐬]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora