El hospital
*
Muchas veces en la vida cometemos errores. Es normal cometerlos, los errores nos hacen humanos.
Caemos, una y otra vez, obteniendo de esas caídas la experiencia para un futuro -se supone- no volver a cometer el mismo error.
En mi caso, yo no era así.
Era lo que me sucedía con Devian. El segundo de los tres hermanos me traía loca, después de nuestra escena en su garaje había florecido otra vez ese sentimiento que no había sentido desde que salía con Jacob. Pero, como siempre, algo impedía que avanzara.
Ese sentimiento del pasado que me retenía, para no volver a cometer el mismo error.
Obviamente Devian no era nada parecido a Jacob. Mi vecino era educado, a veces gruñón, pero era inteligente y, sobre todo, demasiado guapo. Ese ser divino me hacía palpitar mi cuerpo entero, con solo mirarme o rozar su mano por mi cara.
Aun así, no quería abrir mi corazón y dejarlo entrar del todo.
Errores y más errores. Eso era lo único que había cometido en toda mi vida, de los que después me arrepentía grandemente. Como esa vez que le rompí un jarrón a Eris o no haberle dicho a Bea que su dona se había caído del plato. Eran pequeños, leves, simples errores que cometíamos.
Luego estaban las metidotas de pata. Esos enormes errores que no tenían vuelta atrás.
Un jarrón podía arreglarse y se podría comprar otra dona, sí. Pero ¿un corazón roto? Tal vez podría sanar, con el pasar de los años. Tal vez, no podría sanar. Después de estar con Jacob, creí que no volvería a sentir amor hacia alguien. De hecho, la barrera que había puesto en mi corazón no parecía querer derrumbarse en lo absoluto.
No podía cambiar nada de lo que sucedió, pero tampoco creí que el universo me restregaría en la cara mi pasado. Palpitando como una herida que creí había sanado, esa herida que creí haber cerrado a pesar del dolor, el trauma y pesadillas.
—¿Quieres la galleta o el muffin? —preguntó Bea en cuanto llegue a la caja del Café Sally.
Ni siquiera había decidido, estaba metida en mis profundos pensamientos.
Era viernes, habían pasado dos semanas desde mi episodio con Devian. Aún incluso de tantos días, podía sentir su cálida y abrumadora respiración golpear mi cara.
"Dejaré que te vayas, por la simple razón de que no puedo hacerte todo lo que quiero aquí en el garaje".
Escalofríos recorrieron en cuanto recordé sus muy precisas y directas palabras. ¿Cómo tan ardiente ser podía hacer flaquear mis piernas con solo decirme aquello?
A pesar de que no quería derrumbar esa barrera, existía otra razón.
No quería lastimarlo.
—El muffin está bien —contesté sacando mi dinero.
La verdad, no sé qué hubiera hecho sin mi mejor amiga todos estos años. A pesar de que Bea había sabido mi situación, nunca se había ido de mi lado. Estábamos ahí, las dos, batallando, a pesar de todo.
Cuando llegó mi orden a la mesa, me senté y seguí divagando.
Además de haber pasado dos semanas desde lo de Devian, también habían pasado dos semanas desde que recibí aquella nota en mi ventana.
Tú lo mataste.
Aún no sabía quién la había enviado, pero la letra era igual a la primera nota que me llegó hace meses. ¿Habría sido alguno de los Salvatore otra vez? Dante era mi amigo, Devian -no sé qué era en realidad- y a Dom nunca lo veía. Me quedaba Devora, pero ella ni siquiera salía de casa y apostaba que su letra era tan fina y bonita, que no se comparaban a los garabatos torpes de esas notas.
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Los Salvatore ✔
Horror¿Y si tus vecinos llegasen justo cuando los cadáveres comenzaron a aparecer? ¿Y si ya no puedes confiar ni en ti misma? * Los ojos de todo Barley están sobre los Salvatore, recién llegados de Roma y con aspecto muy normal al igual que cualquier otra...
