01. POSCRITTO: TI GUARDO

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Posdata: te veo

*

"Deja que el sol golpee".

Esto era lo que me solía decir la abuela cada vez que íbamos a la playa, decía que al dejar que los rayos del sol golpearan te renovaba y sentías libertad infinita, te sentirías poderosa y capaz de todo.

Al ir con las ventanas del auto abajo, el volumen de la radio al tope y el olor a agua salada era la mejor sensación que podía pedir en mi rápida y tranquila infancia.
Me gustaba pasar el verano en casa de la abuela, quien vivía cerca del mar cuando tenía nueve años.

—Ten mucho cuidado, Eve, un auto puede llevarte el brazo si lo sacas por la ventana.

Mi abuela, conocida como Eris Lam, era la mejor señora que puedes imaginar. Además de ser una excelente abuela, había criado a mi padre muy bien. Después de la muerte del abuelo, Eris había avanzado sola junto a su hijo.

—Está bien, Eris.

Nunca le había gustado que la llamara abuela, decía que al ser su única nieta tenía todo el derecho y confianza de llamarla por su nombre. Amaba a esa señora.

"Deja que el sol golpee".

Estábamos en el parque, mientras que yo probaba unos patines nuevos que me habían dado para mi cumpleaños. Ese día, obtuve doce puntos en mi rodilla. Tenía diez años y papá fue quien me llevó al hospital, al principio me dolía demasiado, pero el sol estaba radiante y el día no parecía prometer ser malo.

"Deja que el sol golpee".

Me encontraba con mi mejor amiga, Beatriz, escalando un árbol, cuando pisé mal una rama y fui a dar al suelo. Obtuve diez puntos en mis hombros, cinco en cada lado y un diente menos. Tenía doce cuando pasó eso.

"Deja que el sol golpee".

Estaba con mamá, en el columpio del mismo parque en el que obtuve doce puntos en mi rodilla. Al querer saltar del columpio en movimiento, me dobló el tobillo y obtuve tres puntos en mi mentón. Tenía catorce años en ese entonces.

Desde entonces, todos en la escuela me comenzaron a llamar Frankenstein, debido a todas las marcas que tenía en mi cuerpo.
Después de los quince obtuve más, por tonterías como cortar papas o pelar zanahorias. Así que sí, tenía muchas cicatrices y cada una tenía una historia divertida detrás de ella.

Ahora, tenía dieciocho años y todas mis cicatrices me hacían ser quién era. Mis padres me habían dado métodos para ocultarlas, Eris cremas o polvos; pero me gustaba llevarlas descubiertas.

Cada uno tenía su propia manera de ser bello, y lo mío eran mis cicatrices.

—Evelynn, es hora de ir a la escuela. —Avisó mamá desde las escaleras de nuestra casa en Barley, un pueblecito a las afueras de Quebec.

Hacía frío la mayoría de los meses, excepto en verano que podíamos disfrutar del sol. Para nuestra desgracia, estábamos a mitad del invierno; lo que significaba que faltaban algunos más meses para verano.

Me miré en el espejo de mi baño y salí tomando mi mochila y celular. Abajo, Eris hacía el desayuno mientras hablaba con papá; quien leía el periódico matutino como cualquier otro día.

—Buenos días —dije en cuanto entre a la cocina para poder tomar una tostada con mermelada. Eris me miró sonriendo mientras papá hablaba con mamá del trabajo.

Los veía solamente a finales de mes o algunos cuantos fines de semana si tenían suerte, ya que ambos trabajaban de gerentes en un hotel cerca de Ottawa, por lo que Eris me hacía compañía y vigilaba mientras ellos no estaban.
Quería que fuera verano otra vez para que todos estuviéramos juntos.

Los Salvatore ✔Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora