29. ATTO UNO

715 66 25
                                        

Primer acto

*

30 de diciembre de 2017

Elio miró por su ventana. Hacía un poco de calor, pero ya se estaba acostumbrado.

Nada lo impresionaba, la verdad. No había sucedido nada interesante en dos años, por lo que se le hacía aburrido todo.

Pero aquel día fue distinto. Ese día tenía vecinos nuevos.

Casi no dejaban que saliera, no después de lo que había hecho, poniendo a su familia histérica a pesar de que había mentido excelente. Ya, debía admitir que su bipolaridad y persuasión eran asombrosas. Sus palabras suaves y miradas inocentes
siempre funcionaban.

Adoraba cuando se salía con la suya. Siempre salía todo de la manera en que quería.

Un Mustang azul y un camión de mudanzas había sido estacionado frente a su casa, del otro lado de la calle. De ese auto, bajaron tres chicos y una mujer. Tenían el cabello negro, ojos verdes azulados y eran altos. Todos.

Obviamente no eran de por ahí. No hacía falta ser tan inteligente para notarlo.

—¿Vas a ir tú, Elio? —le preguntó, Egle, desde la esquina.

Lo pensó, por ser la más calmada sabían que era una buena decisión mandarla.

Le molestaba a veces que ella fuera la que elegían para casi todo.

—Si no vas ya, no podremos idear un plan —dijo esta vez Eiko, con ambos brazos cruzados sobre su pecho y lanzándole una mirada persuasiva.

Elio hizo una mueca y tomó su gorra, que estaba junto a la puerta, para así salir.

El sol estaba sobre su cabeza, sus rayos golpeando con fuerza y maldijo por no haberse puesto bloqueador solar. Aquel clima en definitiva iba a hacer que tuviese quemaduras.

Empleados comenzaron a bajar las pertenencias de los nuevos vecinos. Muebles, cuadros y muchas otras cosas, la mayoría parecieran inservibles.

No entendía como una persona pudiese guardar tantas cosas que no era tan valiosas. Le pareció realmente absurdo y estúpido.

Fue directo hacia la señora, la cual en definitiva era la madre de los chicos. Llevaba jeans ajustados, que le llegaban hasta la rodilla, una blusa bastante fresca y tenis azules.

La manera en que vestía le pareció bastante comprensible, puesto que ahí lo único que recibirían era calor.

—Ouh, hola. Soy Devora Salvatore.

Elio le dio la mano, a pesar de que no le gustaba el contacto físico con desconocidos.

Todo era para aparentar.

—Es un placer. ¿Salvatore? Suena muy italiano.

La señora se rió. —Sí, somos de Venecia.

Miró a sus hijos.

El mayor no podía pasar de los veintitrés o veintidós años. Una leve barba se dejaba ver, mirada decidida y a la vez cansada.

El menor llevaba audífonos, no podía pasar de los diecisiete, la misma edad que Elio. Se veía calmado, un poco triste y muy concentrado en lo que sea que estuviera escuchando de sus auriculares.

Y, por último, estaba el del medio. Este no podía pasar de los dieciocho. Tenía un piercing en su nariz, una mirada de odio todo y a todos y llevaba El Danubio en su mano.

Los Salvatore ✔Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora