‹‹El tiempo se agota, Oliver. ››
‹‹Tu padre y yo no tenemos ni idea de qué vas a hacer. ¿Ya decidiste si vas a la universidad? ››
‹‹ ¡Por favor, Lucrecia! ¡Por supuesto que va a ir a la universidad! ¡No voy a dejar que la reputación de nuestra familia se dañe por culpa de este desobligado! ››
‹‹ ¿Qué vas a estudiar? ››
‹‹Si no estudias algo de provecho, estás destinado al fracaso. Más en un país como el nuestro. La economía no va bien, y lo sabes. ››
‹‹ ¿No dijiste que te interesaba la abogacía? ››
‹‹ ¡Estudia contaduría! Así me ayudas a hacer las cuentas de la empresa. ››
Aquellos fragmentos de conversaciones me atacaron después de ir a descargar mis necesidades fecales en la madrugada. Entre la oscuridad y yo, había un juego predefinido de miradas, uno en el que siempre resultaba ser el vencedor.
¿Qué será de mi vida después del 7 de junio? Me cuestioné y traté de imaginar algo que me gustara, algo que realmente me llenara. Pero no hay nada. Solo un pasillo de paredes y lienzos en blanco. Soy del lóbrego porcentaje de personas que tienen la desdicha de no sentir fervor por nada. Ni por nadie.
Cuando fue hora de ir a dar mis últimas en el instituto, no podía levantarme. El día, de nuevo, estaba nublado, y se me antojaba quedarme en casa. Mi mente tuvo una idea, que podía funcionar.
Me levanté de la cama, e hice como que partí a la escuela. Cada mañana, mis padres salen a las ocho. Me quedé escondido en la esquina de la calle, y únicamente salí de mi escondite para cruzarla y comprar un paquete de cigarrillos y un encendedor en la tienda de autoservicios.
Para cuando vi que el coche cruzaba a toda velocidad la avenida, ya había consumido dos puros. Fumar no es mi actividad favorita, pero de vez en cuando la disfruto. Me levanté y retiré las piedras que se me habían quedado pegadas en el pantalón con una sacudida. Tiré la basura en el pasto del vecino, y por un momento, de nuevo, pude escuchar la palabra ‹‹malagradecido››. Esta vez, la pronunciaba la Tierra misma. No pude contradecirla.
Saqué las llaves del bolsillo de mi pantalón, inserté la correcta en la cerradura, y le di vuelta. La puerta cedió, y me dio permiso de entrar. Volví a cerrar con llave. Me sequé los pies en el tapete, pues traía un poco de lodo en los tenis. Y no porque fuera buena persona. Sino porque no quería dejar tantas marcas de mi estadía. Aunque, de cualquier manera, ellos no llegarían hasta bien entrada la tarde, pensé cuando ya estaba arrastrando los pies por las escaleras. Tal vez debí dejar mis marcas de lodo. Al menos de esa manera, habría llevado mi mal agradecimiento a un nivel más sublime, y mamá podría haberlo gritarlo a todo pulmón.
Llegué a mi habitación, y me tumbé en la cama. No pasó mucho tiempo y ya me había quedado dormido. No soñé nada. O al menos eso me habría gustado escribir con certeza. Pero tengo la impresión de que soñé que terminaba viviendo en la calle y mi único oficio y ocupación, era escribir en este diario, en esta libreta. Creo que ambos tenemos mucho en común. Estamos gastados, apenas tenemos expresiones, y la gente nos considera hediondos. Excepto que ahora ella tiene un propósito, y yo no. ¡Vaya que te envidio!
Algo me despertó, no sé qué fue, tal vez el presagio de algún acontecimiento importante. Estuve mirando el techo por al menos dos minutos, y pretendía seguir haciéndolo. Solo que el timbre de llamada de mi teléfono me interrumpió de mi infinita labor. La canción de mi serie favorita inundó la habitación. Haciendo rechinar los resortes, salí del lecho y busqué en mi mochila el dispositivo.
Me tomó desprevenido el nombre de quien aparecía en la pantalla. Sabrina. Contesté.
—¿Hola?
—¡Estoy aquí afuera de tu casa! ¡Ábreme! ¿O te da miedo que te vean tus papás conmigo? —su tono era el de un reclamo. Me molestó, pero no lo compartí.
—No están. —me limité a decir.
Silencio.
—Pues, ¿qué esperas para abrirme?
—Voy.
Corté la llamada, y bajé a toda prisa las escaleras. No había que ser un genio para imaginar lo que podría suceder. Y sucedió. Entró con la excusa de hablar conmigo. Pero al segundo en que la puerta se azotó, la besé. Quiso detenerse, pero puse un poco más de presión entre nuestros labios. No, ya no. Ya no quería escuchar más el ‹‹malagradecido››. No quería que hablara, no quería ser vulnerable ante ella. Terminó por ceder. Así que me esforcé por complacerla. Cuando vi en su expresión lo que solo la satisfacción sexual puede hacerle a un rostro, por fin pude terminar.
Sabía que después de eso, ella querría hablar. Abiertamente me había pedido que la abrazara. Nunca había cedido ante su deseo, y por un momento pensé en hacerlo. Pero no quería que lo tomara como una abierta invitación a la charla. Así que le di la espalda y me dormí.
Para cuando desperté, ella se estaba vistiendo. Me miró a los ojos, y yo le sostuve la mirada un instante. Durante ese breve periodo, tuve la conciencia de que, en menos de una semana, ya no volvería a verla. Debí sentirme, al menos, feliz por ella, feliz porque ya no tendría que lidiar con este patán, que tiene de apodo el "yo". Pero simplemente me sentí arrepentido por las cosas que había hecho mal.
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Junio |EN EDICIÓN
Short StoryOliver no puede decidirse por una carrera universitaria aún. No tiene ni idea de qué es lo que hará con su vida después del verano, después de junio. Hartos de su indecisión, sus padres deciden mandarlo lejos, a la granja de la rezongona tía soltero...
