Viernes, 11 de junio

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Hoy me levanté temprano, todavía era de madrugada. El sencillo acto de no poder dormir me llevó a escuchar ruidos en el granero. Sorprendido, arrimé las cobijas y traté de ver por la ventana quien hacía esos ruidos. Al principio pensé que algún cerdo había logrado salir de su lugar, pero luego escuché voces humanas. Entonces pensé que estaban hurtando los animales. Inmediatamente, pensé en mi propia seguridad. ¿Qué tal si después entraban a la casa y me hacían daño?

Bajé las escaleras con cuidado. Vi la luz del granero encendida. Una sombra se proyectaba a través de esta. Se movía de un lado a otro, acarreando cosas de un lado a otro. Debería decirle a Rosa, pensé. Me dirigí a su cuarto, pero al llamar a la puerta múltiples veces, nadie me abrió. Intenté entrar por iniciativa. Mas el cuarto estaba cerrado con llave.

Volví a escuchar ruidos en el granero, esta vez más fuertes. Compasivamente, pensé en los animales, y quizá un poco en la vieja. Así que tragué saliva, y me armé de valor. Fui hacia la cocina, y lo único que se me ocurrió llevar para defenderme, fue un cuchillo, y el palo de una escoba que reposaba junto a la puerta. Acto seguido, cogí un conjunto de llaves que había notado que Rosa guardaba en una de las alacenas. Una de ellas abría la puerta de la cocina. El que busca, encuentra. La puerta crujió. Di un paso hacia atrás, asustado. Noté como mi respiración se agitaba todavía más cuando una voz femenina (que no era la de Rosa), preguntó:

—¿Quién está ahí?

Pegué mi cuerpo lo más posible a uno de los muebles. Convenientemente, por los temblores de mi cuerpo, el cuchillo se me fue de las manos, azotando estruendosamente con el suelo.

—Tengo un arma. Voy a ir hacia allá y dispararé. —amenazó.

Maldije para mis adentros. De verdad estaban asaltando. Escuché pasos pesados acercarse a mi dirección. Todo esto es culpa de Rosa. Si no viviera en medio de la nada y hubiera señal, nada de esto estaría pasando, pensé.

—¿Hola? ¿Señora Rosa? —hizo una pausa. —Soy yo. Junio.

‹‹ ¿Junio? ››pensé, extrañado. ‹‹ ¿La hija de ese señor? ›› recordé de súbito.

Me atreví a asomarme.

Ella gritó, y dio un paso hacia atrás, lo que provocó que se cayera de sentón. Buscó en el suelo, desesperadamente, algo, lo que me imaginé que era su dichosa arma. Aterrado, pensando que me iba a disparar, me abalancé sobre ella, y amarré su cuerpo con el mío.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —gritó desgarradoramente, luchando por zafarse. —¡No me hagas daño, te lo ruego! —lloró, con el miedo ardiendo en sus ojos.

—¡No! ¡No! ¡No te voy a hacer nada!

Ella seguía sin escucharme, pidiendo a voces que la dejara irse. Entonces, con la voz más atronadora que pude imponer, bramé:

—¡JUNIO, ESCÚCHAME! ¡NO TE VOY A HACER DAÑO! —entonces se calló de súbito. Nos miramos a los ojos unos segundos, como si ambos pudiéramos ver un depredador en el otro. Noté que su rostro estaba demasiado cerca del mío cuando sentí su respiración golpeando mi boca. —Te voy a soltar. —dije. —Pero no me dispares, ¿De acuerdo?

Con los ojos abiertos de par en par, asintió con la cabeza. Primero la solté de los brazos, y luego retiré mis piernas de las suyas. Me levanté, y ella pudo hacerlo después. Empezó a buscar su arma con la mirada, y volví a advertir:

—¡No, no, no! ¡Tenemos un trato! ¡No quiero terminar este verano sin una pierna!

Di un paso hacia ella, amenazador. Dio un respingo, y retrocedió.

—¿Quién eres tú? —preguntó, temblorosa. La luz amarilla del granero le dio en la cara.

Entonces pude ver, por fin, sus facciones. Tenía los ojos cafés claro, penetrantes, hondos, y llenos de miedo; los labios, ligeramente carnosos, estaban abiertos, permitiéndome ver los dos dientes frontales. Me imaginé que su pelo estaba recogido, en un principio, en una coleta desarreglada, pero por la pelea, se había vuelto una confusa maraña, una interminable selva.

Junio |EN EDICIÓNHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora